CAPÍTULO 56 LO QUE VAELIS YA NO PODÍA DETENER
Para cuando el informe falsificado llegó a manos de Threll, Vaelis ya no reconocía del todo al hombre en que se había convertido.
Las conversaciones con la voz bajo la Ruptura, que habían empezado como susurros ocasionales en la soledad de la noche, se habían vuelto constantes, una presencia que lo acompañaba incluso en las reuniones del Consejo, murmurando interpretaciones venenosas de cada gesto entre Ires y Kaelen que Vaelis observaba.
*Mira cómo la mira. Mira cómo Ashkar se disuelve un poco más cada día que él elige a esa mujer sobre su propio reino.*
—No es tan simple —había murmurado Vaelis para sí mismo, más de una vez, en la privacidad de sus aposentos—. El rey busca lo mejor para Ashkar.
*El rey busca lo que siente por ella. Y tú lo sabes, porque tú también sentiste algo así una vez, ¿no es cierto? Antes de que Nyxara te lo arrebatara.*
Ese argumento, más que cualquier otro, era el que Vaelis no lograba refutar del todo.
El recuerdo de su hijo, caído en una escaramuza fronteriza que nadie más en la corte recordaba ya, ardía con una intensidad que los años deberían haber apagado y que, en cambio, la voz bajo la Ruptura parecía avivar con cada susurro.
La noche que decidió falsificar el informe que implicaría a Ires en un reconocimiento previo de las defensas de Ashkar, Vaelis se convenció a sí mismo de que lo hacía por el bien del reino, no por la voz que llevaba meses guiándolo hacia esa misma conclusión con una paciencia que, en retrospectiva, debería haberle resultado más sospechosa.
*Bien hecho, Lord Vaelis*, susurró la voz cuando el documento falsificado quedó completo, la caligrafía imitando la firma de Ires con una precisión que ni el propio Vaelis podía explicar del todo cómo había logrado—. *Ashkar te lo agradecerá, aunque nunca sepa tu nombre.*
Vaelis durmió esa noche por primera vez en semanas, sin saber que cada palabra susurrada por aquella voz lo alejaba un poco más de la lealtad genuina que alguna vez había sentido por la corona, y un poco más cerca de convertirse en el instrumento de algo mucho más antiguo y peligroso de lo que su propio orgullo herido jamás podría haber imaginado.