CAPÍTULO 51 LA SOMBRA DE LA DUDA
La acusación, cuando por fin se formuló abiertamente frente al Consejo, no vino de Kaelen ni de Ires, sino del propio Lord Vaelis, en un movimiento que ninguno de los dos había anticipado.
—Antes de que Su Majestad me acuse de algo que no puede probar —dijo el anciano, de pie frente al consejo reunido con una calma que a Ires le pareció, de inmediato, calculada—, permítame señalar lo evidente: la Capitana Nightveil llegó a esta corte con una misión de su templo.
Una misión que, según sus propias palabras, ya no está segura de estar cumpliendo con objetividad.
—Esto no tiene nada que ver con Ires —dijo Kaelen, con una tensión apenas contenida en la voz.
—¿No? —Vaelis se giró hacia el consejo entero—.
Una guarnición desaparece. El rey anterior muere en circunstancias que ahora se cuestionan.
Y en medio de todo esto, aparece una emisaria de Nyxara que, convenientemente, termina comprometida con nuestro rey y con acceso total a los secretos de la corona.
El murmullo que recorrió el salón hizo que Ires sintiera el suelo temblar bajo sus pies de un modo que ninguna batalla física había logrado.
—Está sugiriendo que yo tuve algo que ver con la muerte de su padre —dijo, incrédula, la voz más firme de lo que se sentía por dentro.
—Estoy sugiriendo —dijo Vaelis, con una sonrisa fina que no llegaba a los ojos— que sería prudente que el Consejo examinara todas las posibilidades antes de que Su Majestad entregue más de su confianza, y de su corona, a alguien cuya lealtad última sigue perteneciendo a otro reino.
Ires buscó los ojos de Kaelen, esperando encontrar la misma certeza inquebrantable que había definido cada momento entre ambos desde las Tierras Quemadas.
Lo que encontró, en cambio, fue la sombra más breve —pero innegable— de duda.
Y esa sombra, por pequeña que fuera, se sintió como el primer paso de una grieta que ninguno de los dos sabía todavía cómo cerrar.