LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 50 LO QUE UN REY NO LLORA
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CAPÍTULO 50 LO QUE UN REY NO LLORA

Esa noche, Kaelen no fue a la biblioteca. Ires lo encontró, en cambio, en la cripta real, un espacio que ella no sabía que existía hasta que una sirvienta, con cierta reticencia, le indicó el camino al ver la preocupación en su rostro cuando Kaelen no apareció para la cena.

La cripta era el único lugar de Ashkar donde el fuego no ardía.

Las estatuas de los reyes anteriores, talladas en la misma piedra oscura que el resto del palacio, custodiaban un silencio que se sentía casi sagrado, tan distinto del resto del reino que Ires entendió, de inmediato, por qué Kaelen había elegido ese lugar para procesar lo que Threll había descubierto.

Lo encontró sentado frente a la estatua más reciente, la de su padre, con la cabeza entre las manos.

—No tienes que estar solo con esto —dijo ella, sentándose a su lado sin pedir permiso.

—Mi padre murió pensando que había fracasado como rey —dijo Kaelen, sin levantar la vista—.

Nunca logró detener del todo el conflicto con Nyxara.

Nunca supo que algo mucho peor se estaba gestando bajo sus propios pies.

Y ahora descubro que ni siquiera tuvo la oportunidad de morir por causas naturales, con la dignidad mínima que cualquier hombre merece.

—Kaelen…

—Nunca lloré por él —dijo, y la confesión pareció costarle más que cualquier decisión política que Ires lo hubiera visto tomar—.

El día que murió, heredé la corona antes de que su cuerpo se enfriara del todo.

No hubo tiempo. Un rey no tiene tiempo para llorar a otro rey, ni siquiera cuando es su padre.

Ires sintió el peso de esa confesión asentarse en su propio pecho, reconociendo en las palabras de Kaelen un eco doloroso de su propia experiencia con Rhoswen: la disciplina que exige el rango, la ausencia forzada del duelo cuando el deber llama antes de que el corazón haya terminado de romperse.

—Yo tampoco lloré por mi hermana —dijo, sorprendida de compartirlo, aunque en algún momento de las últimas semanas había dejado de sorprenderle lo fácil que resultaba ser honesta con él—.

No de verdad. La enterré, dirigí el rito, y al día siguiente volví al entrenamiento porque la Guardia no podía permitirse una Capitana rota.

—¿Alguna vez lo hiciste? ¿Llorarla, quiero decir?

Ires consideró mentir, como había hecho tantas veces frente a esa pregunta. Pero algo en la cripta silenciosa, en la vulnerabilidad cruda de Kaelen frente a la estatua de su padre, la empujó hacia la verdad.

—No hasta esta noche —admitió, sintiendo las lágrimas acumularse de un modo que no se permitía desde hacía tres años—. Creo que necesitaba verte a ti hacerlo primero, para saber que todavía era capaz.

Kaelen la miró entonces, con una expresión que no tenía nada de la máscara real que solía llevar frente a la corte, y por primera vez desde que se conocían, ninguno de los dos fingió estar bien.

Lloraron juntos, en el silencio de la cripta, por un padre y una hermana que nunca se habían conocido pero que, de algún modo, los habían llevado a ambos hasta ese mismo instante.