LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 49 LA PRIMERA CONFRONTACIÓN
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CAPÍTULO 49 LA PRIMERA CONFRONTACIÓN

Antes de llevar sus sospechas ante el Consejo completo, Kaelen decidió confrontar a Vaelis en privado, una decisión que Threll había desaconsejado enérgicamente pero que Kaelen sintió como una deuda personal hacia un hombre que lo había conocido desde niño.

—Necesito preguntarte algo —dijo Kaelen, cerrando la puerta de sus aposentos privados tras la entrada de Vaelis, quien llegó con la misma expresión serena de siempre, sin ningún indicio visible de la corrupción que Kaelen ahora sospechaba corría bajo la superficie.

—Lo que necesite, Majestad. Siempre he estado a su disposición.

—¿Sabes algo sobre la muerte de mi padre que no me hayas contado?

La pregunta cayó entre ambos con un peso que Kaelen observó cuidadosamente, buscando cualquier grieta en la compostura del anciano consejero.

Por un instante, apenas perceptible, algo cruzó el rostro de Vaelis: no culpa exactamente, sino algo más parecido a un dolor profundo, rápidamente enmascarado tras la serenidad habitual.

—Su padre murió de causas naturales, Majestad. Los sanadores reales lo confirmaron entonces.

—Los sanadores reales no examinaron runas que no reconocían —dijo Kaelen, extendiendo sobre la mesa el fragmento de piedra negra recuperado en las Tierras Quemadas—.

Runas idénticas a las que Threll encontró en los archivos de la guarnición desaparecida.

En documentos que tú solicitaste con una frecuencia que ningún otro miembro del Consejo se acerca a igualar.

Vaelis se quedó observando el fragmento un largo momento, y Kaelen pudo jurar, aunque no podría probarlo ante ningún tribunal, que vio algo parecido al terror cruzar los ojos del anciano antes de que la máscara de calma volviera a asentarse.

—No sé de qué me está hablando, Majestad.

—Espero que estés diciendo la verdad, Vaelis —dijo Kaelen, con una tristeza genuina mezclada en su tono—. Porque llevas décadas sirviendo a esta corona con una lealtad que siempre respeté. Odiaría descubrir que esa lealtad se ha corrompido en algo que ninguno de los dos puede reconocer del todo.

—Su Majestad me ofende con estas insinuaciones.

—Entonces demuéstrame que estoy equivocado —dijo Kaelen, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—.

Porque la investigación de Threll continúa, con o sin tu cooperación.

Y si encuentra lo que sospecho que va a encontrar, espero, por el bien de la memoria que tengo de ti, que tengas una explicación mejor que el silencio que me estás ofreciendo ahora.

Vaelis se retiró esa noche sin ofrecer ninguna explicación adicional, y Kaelen se quedó con la certeza incómoda de que acababa de confirmar sus peores sospechas sin obtener ni una sola respuesta clara, solo el silencio elocuente de un hombre que ya no sabía cómo defender lo indefendible.

Lo que Kaelen no supo hasta mucho después fue que esa misma noche, en la privacidad de sus propios aposentos, Vaelis había enfrentado su propia batalla silenciosa contra la voz que llevaba meses susurrándole, una batalla que, para su desgracia y la de todos los que terminarían pagando las consecuencias, perdería definitivamente antes del amanecer.