CAPÍTULO 44 LO QUE NYXARA CELEBRA
A cientos de kilómetros de distancia, en el templo tallado en la montaña más alta de Nyxara, la noticia de la victoria conjunta en las Tierras Quemadas llegó con un efecto muy distinto al escepticismo con el que se había recibido el anuncio del compromiso semanas atrás.
—Una guarnición entera de la Escritura Primera, contenida sin una sola baja mortal entre nuestras guerreras —leyó la Sacerdotisa Mayor ante el Consejo del Templo reunido, la satisfacción evidente en su voz—. Y según los informes, la unión de magia lunar e ígnea fue decisiva para lograrlo.
Elenya, que había liderado la oposición más feroz al compromiso, se encontró, por primera vez en semanas, sin una réplica inmediata preparada.
—Eso no cambia mis reservas sobre las implicaciones políticas de largo plazo —dijo finalmente, aunque con menos convicción que en discusiones anteriores.
—Quizás no —concedió la Sacerdotisa Mayor—, pero cambia, sin duda, la conversación que el pueblo de Nyxara está teniendo esta noche en cada plaza, en cada hogar, en cada rincón de nuestro reino.
Y tenía razón: mientras el Consejo debatía en la solemnidad del templo, las calles de Nyxara se llenaban de una celebración espontánea propia, guerreras jóvenes brindando por la hazaña de su Capitana, ancianas que recordaban generaciones de guerra contando a sus nietos que quizás, después de todo, las cosas podían ser distintas.
En una pequeña casa en las afueras de la ciudad templo, una mujer mayor —una prima lejana de Ires que apenas la había conocido en su infancia— colgó un pequeño farol plateado en su ventana, una tradición antigua reservada para celebrar victorias que cambiaban el destino del reino.
—Por la Capitana Nightveil —brindó, sola en su cocina, alzando una copa hacia la luna llena que se asomaba sobre las montañas—. Por que su valentía nos enseñe a todos algo que la guerra nunca pudo.
La Sacerdotisa Mayor, observando desde la ventana más alta del templo cómo pequeños faroles plateados empezaban a encenderse por toda la ciudad, sintió que algo fundamental había cambiado esa noche, algo que ningún debate del Consejo podría revertir del todo.
—Elenya —dijo, sin apartar la vista de las luces que se multiplicaban abajo—, creo que, para bien o para mal, nuestro pueblo ya ha tomado una decisión sobre lo que piensa de esta alianza. Quizás sea momento de que el Consejo empiece a escucharlo.