CAPÍTULO 43 LO QUE EL PUEBLO CELEBRA
Mientras Vaelis sembraba sus primeras semillas de duda en privado, el pueblo de Ashkar —y, para sorpresa de muchos en la corte, también los ciudadanos de Nyxara que habían viajado hasta la frontera para recibir a la comitiva— celebraba con una efusión que ningún tratado político había logrado inspirar jamás.
—Nunca había visto algo así —admitió Ires, observando desde el balcón real cómo las calles de Ashkar se llenaban de antorchas y, entremezclados, pequeños globos de luz lunar que algunos ciudadanos de Nyxara habían traído consigo, ambas luces bailando juntas en una celebración espontánea que ningún protocolo había planeado.
—Yo tampoco —dijo Kaelen, a su lado, con una expresión que mezclaba asombro genuino con algo más profundo, casi doloroso en su esperanza—. Llevo toda mi vida viendo a mi pueblo celebrar victorias militares. Nunca los había visto celebrar... esto. Una posibilidad, en vez de una conquista.
Abajo, en las calles, Ires distinguió al herrero Nial, el mismo que le había hablado sobre las forjas semanas atrás, bailando torpemente con una guardia lunar que reía sin ningún rastro de la desconfianza que había definido cada interacción entre ambos reinos hasta entonces.
—¿Crees que esto dure? —preguntó Ires, la pregunta escapándosele antes de que pudiera contenerla—. Después de que la novedad se desvanezca. Después de que recuerden todas las razones que tenían para odiarse.
—No lo sé —admitió Kaelen, con una honestidad que Ires había aprendido a valorar por encima de cualquier promesa vacía—. Pero esta noche, al menos, eligen creer que es posible. Y creo que eso, en sí mismo, ya vale algo.
Un grupo de niños, algunos de Ashkar y otros claramente hijos de la delegación de Nyxara que había viajado con la comitiva, corrían juntos entre los puestos de comida improvisados, jugando a un juego que combinaba, de manera torpe pero genuina, las reglas de ambos reinos.
—Mira eso —dijo Ires, señalando hacia los niños con algo que se parecía sospechosamente a las lágrimas acumulándose en sus ojos—. Ellos no cargan con doscientos años de historia. Solo ven... otros niños.
—Quizás —dijo Kaelen, tomando su mano con una naturalidad que ya no necesitaba justificación política alguna— esa es exactamente la generación para la que estamos construyendo todo esto.
Se quedaron en el balcón mucho después de que la mayoría de la corte se hubiera retirado, observando la ciudad celebrar bajo una luna llena que, por primera vez en la memoria viva de ambos reinos, brillaba sobre antorchas encendidas en genuina fraternidad en vez de en preparación para la guerra.