CAPÍTULO 42 EL REGRESO
La noticia de lo ocurrido en las Tierras Quemadas llegó a ambas cortes antes que ellos mismos.
Para cuando la expedición cruzó las puertas de Ashkar, una multitud se había reunido a ambos lados del camino —soldados de la Legión, guardias de la Luna que habían quedado atrás, nobles de las dos cortes— todos con la misma pregunta silenciosa en el rostro.
Ires cabalgaba junto a Kaelen, consciente del modo en que él ocasionalmente buscaba su mirada, como si necesitara confirmar que lo ocurrido la noche anterior no había sido solo el delirio del agotamiento. No lo había sido. Ella también lo buscaba.
—Esto va a complicar las cosas —murmuró Ires, mientras las puertas del palacio se abrían ante ellos.
—Ya estaban complicadas —respondió Kaelen—. Al menos ahora la complicación me gusta.
Pero la política, como Ires bien sabía, rara vez se preocupaba por lo que a las personas les gustaba.
Esa misma tarde, Lord Vaelis solicitó audiencia con una urgencia que no presagiaba nada bueno.
—Los rumores de las Tierras Quemadas —dijo el anciano, sin molestarse en disimular su desaprobación— hablan de un… vínculo entre Su Majestad y la Capitana que va más allá del compromiso político acordado.
—¿Y eso le preocupa por qué exactamente? —preguntó Kaelen, con un filo en la voz que Ires empezaba a reconocer como genuina irritación.
—Porque un rey gobernado por el corazón, Majestad, es un rey vulnerable. Y un reino con un rey vulnerable es un reino que otros buscarán explotar.
Ires sintió el peso de esa advertencia asentarse en su estómago mucho después de que Vaelis se hubiera retirado. No porque dudara de Kaelen, sino porque sabía, con la certeza fría de quien ha visto caer reinos por menos, que los enemigos de una alianza exitosa no siempre atacaban de frente.