LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 41 LO QUE EL FUEGO Y LA LUNA COMPARTEN
55%

CAPÍTULO 41 LO QUE EL FUEGO Y LA LUNA COMPARTEN

Ires cayó de rodillas en cuanto la criatura desapareció, el agotamiento de la magia compartida drenándole hasta el último resto de fuerza. Kaelen la sostuvo antes de que llegara a tocar el suelo, su brazo firme alrededor de su cintura de un modo que no tenía nada de ceremonial.

—Ires. —Su voz tenía un filo de pánico genuino—. Ires, mírame.

—Estoy bien —logró decir ella, aunque el mundo aún le daba vueltas—. Solo... nunca había canalizado tanta energía de una vez.

—Ninguno de los dos lo había hecho —dijo Kaelen, y solo entonces Ires notó que él tampoco estaba del todo firme sobre sus pies, que el agotamiento le marcaba el rostro con la misma intensidad—. Nadie lo había hecho. En dos siglos.

A su alrededor, guerreros de la Guardia de la Luna y soldados de la Legión de Ashkar se miraban entre sí con una mezcla de asombro y algo que empezaba, lentamente, a parecerse al respeto mutuo.

Threll ayudaba a un guardia lunar herido a ponerse de pie.

Sorae, para sorpresa de Ires, le tendía su cantimplora a un soldado de Ashkar sin que nadie se lo pidiera.

—Lo hicimos juntos —dijo Ires, todavía sin aliento, todavía consciente del brazo de Kaelen sosteniéndola, de la cercanía que ninguno de los dos hacía ademán de romper.

—Sí —dijo él, y algo en su voz había cambiado de un modo irreversible—. Juntos.

Se miraron entonces, con la adrenalina de la batalla todavía corriéndoles por las venas y la revelación de lo que acababan de descubrir —que su magia, unida, era algo que ninguno de los dos reinos había logrado solo en dos siglos de guerra— asentándose entre ambos como una verdad demasiado grande para nombrar del todo.

—Kaelen —dijo Ires, la distancia entre sus rostros reduciéndose sin que ninguno de los dos pareciera decidir hacerlo conscientemente.

—Dime que esto no es solo el alivio de seguir con vida hablando —murmuró él, su frente casi rozando la de ella.

—No lo es —susurró Ires, y fue verdad.

El beso que siguió no tuvo nada de la cautela política que había definido cada interacción entre ambos hasta entonces.

Fue tan inevitable como el fuego encontrando la sombra, dos fuerzas que llevaban dos siglos entendidas como opuestas descubriendo, en medio de las cenizas de una batalla que casi los destruye a ambos, que quizás nunca lo habían sido del todo.

Alrededor de ellos, ninguno de los soldados presentes dijo una palabra. Pero más de uno, guardia lunar y legionario de Ashkar por igual, intercambió una mirada que llevaba la misma pregunta silenciosa:

Si el rey y la capitana podían encontrar algo así en medio de las cenizas, ¿qué excusa quedaba para que sus reinos siguieran odiándose?