CAPÍTULO 40 LA ESCRITURA PRIMERA
Lo que emergió de las Tierras Quemadas no tenía forma que ninguno de los presentes pudiera nombrar del todo.
No era fuego, aunque ardía. No era sombra, aunque la luz parecía morir a su alrededor. Era algo más antiguo, una masa de oscuridad veteada de runas que brillaban con una luz enferma, moviéndose con una intención que helaba la sangre de un modo que ningún enemigo humano había logrado jamás con Ires.
—¡Formación de luna creciente! —gritó Ires a su Guardia, cayendo de inmediato en el entrenamiento de toda una vida—. ¡Sorae, flanco izquierdo!
—¡Legión, escudos de fuego! —rugió Kaelen a su lado, su voz cargada de una autoridad que Ires no le había escuchado hasta entonces—. ¡Threll, con la Capitana!
Por primera vez en la historia registrada, la magia lunar y la magia ígnea se entrelazaron en batalla no como fuerzas opuestas sino como aliadas: los escudos de fuego de la Legión conteniendo el avance de la criatura mientras las ilusiones lunares de la Guardia confundían su avance, fracturando su atención entre blancos que no existían.
Ires sintió la energía de su magia drenándose más rápido de lo que había anticipado.
La criatura —si es que esa palabra alcanzaba para describirla— parecía alimentarse de algo más que fuerza física.
Se alimentaba, comprendió con un escalofrío, del odio, de siglos de conflicto entre ambos reinos concentrados en un solo punto.
—¡No podemos vencerla con fuerza! —gritó a Kaelen, esquivando un zarpazo de oscuridad que dejó el suelo bajo sus pies convertido en ceniza—. ¡Se alimenta del conflicto!
—¡Entonces démosle algo que no pueda digerir! —respondió él, y sin previo aviso, cruzó el espacio entre ambos y tomó su mano.
El contacto envió una descarga de calor y luz entrelazados a través de Ires, una sensación que no tenía precedente en ningún texto de magia que hubiera estudiado jamás.
La criatura se detuvo, como si algo en aquella unión —fuego y luna, tocándose sin destruirse— la desconcertara de un modo que ninguna espada había logrado.
—¡La Escritura Primera! —gritó Ires, comprendiendo de golpe—. ¡Se equilibra con opuestos unidos, no con fuerza contra fuerza!
Kaelen no necesitó más explicación. Entrelazó sus dedos con los de ella con firmeza, y juntos canalizaron algo que ninguno de los dos podría haber logrado solo: una luz que no era ni plateada ni dorada, sino ambas cosas fundidas en una sola, que envolvió a la criatura y la obligó, con un aullido que pareció desgarrar el mismo aire, a retroceder hacia las profundidades de donde había emergido.
El silencio que siguió fue absoluto.