LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 38 LA EMBOSCADA DE CRISTAL
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CAPÍTULO 38 LA EMBOSCADA DE CRISTAL

El ataque llegó al amanecer del tercer día de viaje, cuando la expedición conjunta cruzaba un paso rocoso conocido, según los mapas de Ashkar, como el Desfiladero de Cristal por los depósitos de cuarzo negro que brotaban de sus paredes.

—¡Formación! —gritó Threll, el primero en notar el movimiento entre las rocas, un instante antes de que las primeras criaturas emergieran: no la amenaza mayor que esperaban encontrar en el epicentro mismo, sino algo menor, quizás un presagio de lo que estaba por venir, criaturas de sombra y cristal negro que se movían con una velocidad antinatural entre las rocas del desfiladero.

Ires desenvainó su espada al mismo tiempo que canalizaba una ilusión defensiva, dividiendo la atención de las criaturas entre blancos reales y proyecciones de luz que danzaban entre las rocas con una precisión nacida de años de entrenamiento.

—¡Son más rápidas que cualquier cosa que hayamos enfrentado! —gritó Sorae, esquivando por poco una zarpa de cristal afilado que dejó una marca profunda en la roca donde había estado su cabeza un instante antes.

Kaelen luchaba a pocos metros de Ires, su espada envuelta en llamas que chisporroteaban contra el cristal negro con un siseo que se sentía casi vivo, cada golpe certero desintegrando una porción de las criaturas en una nube de ceniza gris que se dispersaba con el viento.

—¡Ires, a tu izquierda!

La advertencia de Kaelen llegó justo a tiempo: Ires giró, su espada interceptando una criatura que se había acercado peligrosamente desde un ángulo ciego, la fuerza del impacto arrancándole un grito de esfuerzo mientras la fragmentaba contra la roca del desfiladero.

El combate, breve pero intenso, terminó tan repentinamente como había comenzado, las criaturas restantes retirándose hacia las profundidades del desfiladero con un siseo que sonaba, de manera inquietante, casi a decepción.

—¿Todos bien? —preguntó Kaelen, revisando rápidamente las filas de soldados de ambos reinos, un alivio genuino cruzándole el rostro al confirmar que no había bajas graves, solo algunos cortes y magulladuras.

—Esto no era la amenaza principal —dijo Ires, examinando un fragmento de cristal negro que había quedado tras la desintegración de una de las criaturas, runas idénticas a las que habían encontrado en el fragmento original grabadas en su superficie—.

Eran solo... exploradoras. Enviadas para medir nuestra fuerza.

—¿O para advertirnos? —sugirió Threll, uniéndose a ellos con una expresión sombría—. Un mensaje de que lo que sea que nos espera en el epicentro ya sabe que vamos hacia allá.

Kaelen tomó la mano de Ires, revisando personalmente un corte superficial en su antebrazo con una preocupación que ya no se molestaba en disimular frente a la tropa reunida.

—Entonces vamos a asegurarnos de llegar preparados para lo que sea que nos espere —dijo, la determinación en su voz reflejando la de todos los presentes—. Ninguno de nosotros retrocede ahora.

La expedición continuó su marcha esa misma tarde, más cautelosa, más unida tras haber enfrentado juntos su primer peligro real, cada soldado de ambos reinos consciente, quizás por primera vez de manera visceral, de que su supervivencia ya no dependía de las viejas lealtades separadas, sino de la fuerza combinada que habían empezado a forjar entre todos ellos.