LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 37 HISTORIAS JUNTO AL FUEGO
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CAPÍTULO 37 HISTORIAS JUNTO AL FUEGO

Esa misma noche, mientras Ires y Sorae hablaban en el límite del campamento, un grupo mixto de soldados —legionarios de Ashkar y guardias de la Luna, sentados alrededor de la misma hoguera por primera vez sin la tensión rígida de los primeros días— habían empezado, casi sin darse cuenta, a intercambiar historias.

—En Ashkar contamos que la primera Ruptura ocurrió cuando dos amantes, uno de fuego y una de sombra, intentaron unirse contra la voluntad de los dioses antiguos —dijo un joven legionario, con el entusiasmo de quien lleva toda la vida esperando una audiencia dispuesta a escuchar el folclore de su tierra—.

Los dioses, furiosos, partieron el continente en dos para separarlos para siempre.

—En Nyxara la historia es distinta —dijo una guardia lunar de cabello plateado, mayor que la mayoría de los presentes, con la autoridad de quien había memorizado las leyendas del templo desde niña—.

No fueron los dioses quienes causaron la Ruptura.

Fue algo mucho más antiguo que despertó cuando el fuego y la sombra, efectivamente, se unieron.

Los dioses solo sellaron lo que los amantes despertaron sin querer.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo, varios de los presentes intercambiando miradas que no necesitaban palabras: la leyenda, contada de cualquiera de las dos formas, se parecía demasiado a la situación de sus propios líderes como para resultar simplemente entretenida.

—¿Creen que es verdad? —preguntó el joven legionario, bajando la voz—. ¿Qué la Capitana y el rey podrían despertar lo mismo que aquellos amantes antiguos?

—Creo —dijo la guardia lunar, con una sabiduría que solo los años de servicio al templo podían otorgar— que las leyendas rara vez son literalmente ciertas. Pero casi siempre contienen una advertencia que vale la pena escuchar.

—¿Y cuál sería la advertencia, en este caso?

La guardia lunar contempló el fuego un largo momento antes de responder, las llamas reflejándose en sus ojos con una intensidad que hizo que los soldados más jóvenes se inclinaran, instintivamente, para escuchar mejor.

—Que el amor entre opuestos verdaderos nunca es simple —dijo finalmente—. Y que cuando se le pide al mundo que elija entre el equilibrio y la pasión, el mundo rara vez elige con la delicadeza que uno esperaría.

Nadie durmió del todo tranquilo esa noche, aunque ninguno de los presentes hubiera sabido explicar del todo por qué.