CAPÍTULO 36 LO QUE LAS TROPAS SUSURRAN
No todos en el campamento compartían la tregua incómoda que empezaba a formarse entre sus líderes.
Ires lo notó en los pequeños gestos: los guardias de la Luna que se apartaban un paso de más cuando un legionario de Ashkar pasaba cerca; los soldados de Ashkar que bajaban la voz, pero no lo suficiente, cuando hablaban de "la bruja de hielo" que su rey había traído a su propia guerra.
Dos siglos de propaganda mutua no se disolvían en unos días de cabalgata compartida, sin importar cuánto lo desearan quienes estaban al mando.
—Ignóralos —le dijo Sorae, encontrándola despierta junto al límite del campamento, observando las dos hogueras separadas que, a pesar de las órdenes de proximidad, los soldados de ambos bandos habían erigido instintivamente—.
Llevan generaciones enteras aprendiendo a odiarse. No va a cambiar en una semana.
—No los culpo —dijo Ires—. Yo también llevo generaciones aprendiendo lo mismo, Sorae. La diferencia es que ahora tengo razones para cuestionarlo que ellos no tienen.
—¿El Rey de Cenizas?
—La misión —corrigió Ires, aunque sin la convicción total que hubiera querido transmitir—.
Lo que sea que esté despertando ahí adelante no distingue entre soldados de la Luna y legionarios de Ashkar.
Si no aprendemos a pelear juntos, de verdad, no solo tácticamente, no vamos a sobrevivir a lo que nos espera.
Sorae guardó silencio un momento, estudiando a su Capitana con la atención de alguien que la conocía desde antes de que ninguna de las dos llevara rango alguno.
—Hablas como alguien que ya decidió confiar en él —dijo finalmente—. No solo en la misión. En él.
Ires no tuvo una respuesta inmediata, y ese silencio, para Sorae, dijo más que cualquier confesión.
—Ten cuidado, Ires —dijo su Teniente, con una suavidad que rara vez mostraba fuera de los momentos más privados entre ambas—. No con él, necesariamente. Con lo rápido que el corazón puede correr por delante de todo lo demás cuando lleva tanto tiempo sin permitirse sentir nada.
—Lo sé.
—¿Lo sabes, o solo lo dices porque sabes que es lo que yo esperaría oír?
La pregunta se quedó sin respuesta, flotando entre ambas mujeres bajo un cielo que, por primera vez en semanas, no mostraba ni una sola nube cubriendo la luna llena de Nyxara.