LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 33 TERRITORIO COMPARTIDO
44%

CAPÍTULO 33 TERRITORIO COMPARTIDO

Cabalgar junto a la Legión de Ashkar era, para Ires, un ejercicio constante de desconfianza contenida.

Cada crujido de armadura a su espalda, cada mirada de reojo de los soldados que llevaban toda su vida entrenados para verla como enemiga, le recordaba que la tregua era, todavía, más frágil que el pergamino en el que estaba escrita.

Kaelen cabalgaba a su lado, en un silencio que Ires había aprendido a distinguir de otros silencios suyos: este no era hostilidad, era cálculo. Estaba, sospechaba ella, tan tenso como su propia Guardia.

—Su Teniente Sorae —dijo él, rompiendo el silencio cuando el paisaje empezó a tornarse más árido, la hierba dando paso a tierra agrietada y gris— no confía en mí.

—Su Teniente Sorae no confía en nadie que no haya sangrado a su lado. Es una de las razones por las que es buena en su trabajo.

—¿Y usted? —Kaelen la miró de reojo—. ¿Confía en mí, Capitana?

La pregunta la tomó desprevenida, no por su contenido sino por la sinceridad cruda con la que fue formulada, sin el filo diplomático que solía envolver sus intercambios.

—Confío —dijo finalmente Ires, eligiendo cada palabra con cuidado— en que quiere detener lo que sea que está despertando ahí adelante tanto como yo. Eso, por ahora, va a tener que ser suficiente.

—Es más de lo que esperaba.

—No se acostumbre.

Pero había algo en el modo en que lo dijo, algo que ya no llevaba la hostilidad genuina de la primera noche en el salón del trono, y ambos lo notaron.

Kaelen no respondió, pero Ires vio la sombra de una sonrisa —esta vez sin ningún filo— cruzarle el rostro antes de que él volviera la vista al camino.

Acamparon esa noche en el límite de las Tierras Quemadas, donde el aire ya empezaba a llevar un olor extraño, metálico, que no era ni el humo de las forjas de Ashkar ni nada que Ires hubiera encontrado en sus años de servicio.

—Mañana llegamos al epicentro —dijo Threll, uniéndose a ellos junto al fuego con la Teniente Sorae a su lado, una tregua incómoda pero real formándose lentamente entre los dos oficiales—. Deberíamos descansar mientras podamos.

Nadie se movió de inmediato. El fuego chisporroteaba entre ellos, y por primera vez desde que había llegado a Ashkar, Ires sintió que estaba sentada entre aliados, no entre enemigos disfrazados de tales.