CAPÍTULO 34 UNA SOLA TIENDA
Esa misma noche, un error logístico —o lo que Ires sospecharía después, con cierta incomodidad, que quizás no había sido del todo un error— dejó claro que solo se había levantado una tienda de mando para los líderes de la expedición.
—Con el debido respeto, Majestad —dijo el encargado de suministros, visiblemente nervioso ante la mirada que Kaelen le dirigía—, calculamos las tiendas para oficiales de Ashkar y de la Guardia por separado, pero la orden que recibimos especificaba una sola tienda de mando conjunta, para... simbolizar la unidad de la expedición.
—¿De quién fue esa orden? —preguntó Ires, con una sospecha que no tardó en confirmarse.
—Del Consejo, Capitana. Lord Vaelis insistió específicamente en el detalle.
Kaelen y Ires intercambiaron una mirada que combinaba exasperación con una tensión mucho menos diplomática.
—Puedo dormir con mi Guardia —dijo Ires, rápidamente—. No es necesario…
—Va a llover esta noche —interrumpió Threll, señalando las nubes cargadas que se acumulaban sobre las Tierras Quemadas con una oportuna, sospechosa precisión—. Y las tiendas de la tropa ya están completas. No hay espacio adicional, Capitana.
Ires sospechó, no sin razón, que tanto Threll como Sorae disfrutaban un poco más de lo necesario de la situación.
Así fue como, esa noche, Ires se encontró compartiendo una tienda con el Rey de Cenizas, ambos manteniendo una distancia cuidadosamente calculada en lados opuestos del espacio, con una cortina improvisada —insistencia de Ires— dividiendo el catre único en dos secciones apenas dignas del nombre.
—Esto es ridículo —dijo ella, después de veinte minutos de silencio incómodo, ambos fingiendo estar profundamente interesados en mapas que ya se sabían de memoria.
—Completamente —coincidió Kaelen, sin apartar la vista del mapa que sostenía—. ¿Debería ofenderme que asumas que voy a comportarme de manera indecorosa, Capitana, o debería ofenderme que no lo asumas?
A pesar de sí misma, Ires sintió que una risa genuina se le escapaba, la primera en varios días de tensión política acumulada.
—Ninguna de las dos cosas —dijo—. Debería ofenderte que Vaelis piense que puede manipularnos con algo tan obvio como una tienda compartida.
—Oh, no me ofende en absoluto —dijo Kaelen, y algo en su tono hizo que Ires levantara la vista de su propio mapa—. Solo me sorprende que le haya funcionado tan bien.
—¿Funcionado?
—Estamos hablando, Ires. De verdad, sin la mesa de negociaciones de por medio, sin la corte observando cada gesto.
—Dejó el mapa a un lado, mirándola con una honestidad que la cortina improvisada, de algún modo, parecía autorizar—.
Si esto es manipulación de Vaelis, hasta ahora es la única de sus manipulaciones que no me molesta en absoluto.
El silencio que siguió tuvo una calidad distinta a cualquier otro que hubieran compartido, cargado de una cercanía que ninguna cortina de tela podía disminuir del todo.
Afuera, la lluvia que Threll había predicho empezó a caer sobre las Tierras Quemadas, un redoble constante contra la lona que se sintió, de algún modo, como una banda sonora perfecta para todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir todavía en voz alta.