CAPÍTULO 32 LA NOCHE ANTES DE PARTIR
Los preparativos para la expedición consumieron el resto del día, un torbellino de armaduras revisadas, provisiones calculadas y estrategias discutidas hasta que hasta el más veterano de los oficiales presentes empezó a mostrar signos de agotamiento.
Ires encontró un momento, ya entrada la noche, para escribir una carta que no estaba segura de si algún día enviaría: una carta para Rhoswen, algo que no había hecho desde el funeral de su hermana, escribiéndole como si todavía pudiera leerla, contándole sobre Ashkar, sobre Kaelen, sobre la extraña certeza de que quizás, después de todo, había una forma de honrar su memoria que no fuera solo venganza.
*No sé si esto es lo que hubieras querido para mí*, escribió, la pluma temblando ligeramente en su mano.
*Pero creo que es lo que tú hubieras hecho, si los papeles se hubieran invertido.
Nunca dejaste que el odio decidiera por ti, ni siquiera cuando tenías todas las razones del mundo.
Voy a intentar hacer lo mismo, hermana. Mañana, y todos los días después de mañana. *
Guardó la carta en el fondo de su morral, sin saber todavía que la releería, meses después, en un momento mucho más oscuro de lo que podía anticipar esa noche.
En otro extremo del palacio, Kaelen tenía su propia despedida pendiente: la Reina Madre lo esperaba en sus aposentos, con la misma mirada calculadora que Ires había enfrentado apenas semanas antes.
—Vas a la guerra contra algo que ni siquiera sabemos nombrar del todo —dijo Yssandra, sin preámbulos—. Y llevas contigo a la mujer con la que planeas casarte.
—Es la Capitana de la Guardia de la Luna, madre. No hay nadie mejor preparado para esto.
—No estoy cuestionando su habilidad, Kaelen. Estoy cuestionando si estás preparado para lo que sentirías si algo le pasara, ahí afuera, sabiendo que la llevaste tú mismo hacia el peligro.
Kaelen no tuvo una respuesta inmediata para eso, porque la pregunta tocaba un miedo que llevaba días evitando examinar con demasiada atención.
—No puedo protegerla evitando que pelee, madre. Eso no es quién es ella. Y no sería quién soy yo, si se lo pidiera.
Yssandra lo observó un largo momento, y algo en su expresión se suavizó con el mismo orgullo cauteloso que había mostrado toda su vida hacia un hijo que había crecido demasiado rápido, bajo un peso que ningún príncipe debería cargar tan joven.
—Entonces ve —dijo finalmente—. Pero vuelve, Kaelen. Los dos. Esta familia ya ha enterrado a suficientes reyes.