CAPÍTULO 27 LA TORRE MÁS ALTA
—Hay un lugar que quiero mostrarte —dijo Kaelen, unas noches después del episodio en la fuente, encontrando a Ires en la biblioteca con la misma excusa de investigación que ambos habían dejado de necesitar del todo—. Antes de que la expedición nos consuma con preparativos.
La torre más alta de Ashkar, descubrió Ires al llegar tras una subida considerable de escaleras en espiral, ofrecía una vista que ningún punto del palacio, ni siquiera los jardines, podía igualar: el reino entero extendiéndose hacia las montañas humeantes en una dirección, y en la distancia, apenas visible, el resplandor plateado que marcaba el territorio de Nyxara en la otra.
—Desde aquí se ven ambos reinos al mismo tiempo —dijo Ires, sin poder disimular el asombro.
—Es la razón por la que mi padre construyó esta torre, según me contó una vez —dijo Kaelen, apoyándose en el parapeto de piedra junto a ella—. Decía que un rey que no podía ver más allá de sus propias fronteras no merecía gobernar ninguna.
—¿Y él las veía? Las dos, quiero decir. Realmente.
—No lo suficiente —admitió Kaelen, con una honestidad que solo la altura y la oscuridad parecían autorizar—. Construyó la torre, pero nunca encontró la forma de cruzar la distancia que representaba. Espero hacerlo mejor que él.
Se quedaron en silencio un momento, observando cómo las estrellas empezaban a asomarse sobre ambos reinos por igual, indiferentes a las fronteras que generaciones de hombres habían trazado bajo ellas.
—Mi madre solía decir que cada estrella es la mirada de un ancestro observando si merecemos lo que heredamos —dijo Ires, la nostalgia coloreando su voz de un modo que rara vez se permitía—. Rhoswen y yo solíamos escoger una estrella cada una y prometer que la haríamos sentir orgullosa.
—¿Cuál era la tuya?
Ires señaló un punto brillante cerca del horizonte, casi tocando la línea distante donde Nyxara y Ashkar parecían encontrarse en la oscuridad.
—Esa. La escogí porque era la más cercana a Ashkar. Rhoswen se burlaba de mí, decía que hasta de niña ya sentía curiosidad por el reino enemigo.
—Quizás tu hermana veía algo en ti que tú misma tardaste años en reconocer.
—Quizás —dijo Ires, sintiendo la verdad de esas palabras asentarse con una calidez que ya no dolía tanto como antes.
Kaelen tomó su mano, entrelazando sus dedos con la misma naturalidad que se había vuelto costumbre entre ambos, y juntos observaron cómo la misma estrella que Ires había elegido de niña brillaba ahora sobre los dos reinos que, contra toda expectativa histórica, empezaban a encontrar la forma de compartir el mismo cielo.