LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 26 LUZ PRESTADA
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CAPÍTULO 26 LUZ PRESTADA

—Enséñame —dijo Kaelen, una noche en los jardines, señalando el broche lunar que Ires llevaba siempre prendido al hombro—. Cómo se siente. La magia lunar.

—No puedes canalizarla. Tu sangre arde con fuego, no con luz.

—No pido canalizarla. Pido entenderla. —Se sentó en el borde de la fuente central del jardín, la luna llena reflejándose en el agua quieta—. Llevas semanas intentando entender el fuego de Ashkar, probando cada plato de la corte, escuchando cada leyenda de Nial. Es justo que yo intente lo mismo.

Ires consideró la petición un momento, sorprendida de lo mucho que deseaba compartir aquello con él.

—Siéntate aquí —dijo finalmente, indicando el espacio junto a ella en el borde de la fuente—. Cierra los ojos.

Kaelen obedeció, y Ires extendió una mano sobre la superficie del agua, canalizando un hilo delgado de luz plateada que danzó sobre la superficie como si fuera algo vivo.

—La magia lunar no crea —explicó, en voz baja, casi un susurro—.

No como el fuego, que forja y destruye. La luna revela.

Ilumina lo que ya está ahí, pero oculto.

Cuando entrenamos, no aprendemos a hacer aparecer cosas de la nada.

Aprendemos a ver con más claridad de lo que los ojos comunes permiten.

—¿Y qué ves tú, cuando la usas?

—Depende. —Ires dejó que la luz se extendiera, envolviendo suavemente la mano de Kaelen sin que él lo hubiera pedido—. A veces veo el miedo genuino detrás de la bravuconería de un soldado joven. A veces veo la mentira detrás de una sonrisa cortesana.

—¿Y ahora? —preguntó él, abriendo los ojos, la luz plateada todavía bailando alrededor de sus dedos entrelazados con los de ella sin que ninguno de los dos recordara exactamente cuándo se habían tomado de la mano—. ¿Qué ves ahora?

Ires lo miró, sintiendo el peso de la pregunta mucho más allá de su significado literal.

—Veo a alguien que lleva una corona que nunca pidió, cargando con un peso que nadie debería cargar solo —dijo, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella misma—.

Y veo, debajo de eso, a alguien que sigue eligiendo hacer lo correcto, incluso cuando lo correcto es mucho más difícil que lo conveniente.

La luz plateada entre ambos pareció intensificarse por un instante, respondiendo, quizás, a algo que ni la propia Ires podía nombrar del todo.

—Gracias —dijo Kaelen, en voz baja—. Por mostrarme esto.

—Gracias a ti —respondió ella— por querer verlo.

Se quedaron así un largo momento, la luna llena y el reflejo de luz plateada entre sus manos entrelazadas el único testigo de un momento que ninguno de los dos, todavía, se atrevía a nombrar con la palabra que ambos empezaban a sospechar que merecía.