CAPÍTULO 24 TEXTOS ANTIGUOS
Las semanas que siguieron establecieron una rutina que ninguno de los dos había planeado, pero que ambos, en la privacidad de sus propios pensamientos, custodiaban con un cuidado sospechoso.
Cada noche, después de que la corte de Ashkar se retirara, Ires y Kaelen se encontraban en la biblioteca real —la única sala del palacio, descubrió ella, que combinaba estanterías traídas de Nyxara siglos atrás, adquiridas en tiempos de paz olvidados, con los archivos propios de Ashkar.
Comenzaron investigando la Ruptura por necesidad práctica, buscando cualquier pista que explicara los movimientos bajo las Tierras Quemadas.
Terminaron, sin que ninguno lo admitiera del todo, buscando excusas para prolongar esas horas juntos.
—Aquí —dijo Ires una noche, señalando un pasaje en un texto tan antiguo que las páginas crujían como hojas secas al tocarlas—.
"Cuando la Luna y el Fuego se nieguen a tocarse, la Escritura Primera dormirá.
Cuando se unan por necesidad, dormitará inquieta.
Solo cuando se unan por elección propia, despertará por completo, para bien o para ruina. "
—Eso no suena a advertencia —dijo Kaelen, inclinándose sobre su hombro para leer el texto él mismo, lo bastante cerca como para que Ires sintiera el calor que siempre parecía envolverlo, incluso lejos de cualquier forja—. Suena a profecía.
—Las profecías de Nyxara rara vez distinguen entre advertencia y promesa. Nuestros textos más antiguos asumen que ambas cosas suelen ser lo mismo, solo que contadas desde ángulos distintos.
—Entonces según esto —dijo Kaelen, con una media sonrisa que no lograba disimular la seriedad detrás—, nuestro compromiso fingido podría estar dormitando algo que un compromiso real despertaría por completo.
—Según esto —corrigió Ires, aunque el corazón le latía con una fuerza que no tenía nada que ver con la investigación académica— cualquier cosa que sintamos el uno por el otro, fingida o no, ya está teniendo consecuencias que ninguno de los dos anticipó del todo.
Se quedaron en silencio un momento, la implicación de sus propias palabras asentándose entre ambos con un peso que ninguno se sintió del todo preparado para nombrar.
—Ires —dijo Kaelen finalmente, su voz más baja de lo habitual—, ¿te arrepientes? De haber aceptado esto.
Ella lo pensó de verdad, sorprendida de encontrar que la respuesta no era tan simple como hubiera sido apenas unas semanas antes.
—No —dijo—. Y eso, Majestad, es lo que más me inquieta de todo esto.
Fuera de la biblioteca, en los pasillos que ambos habían aprendido a recorrer con la familiaridad de quien empieza a considerar un lugar, contra toda lógica, un poco como un hogar, las antorchas seguían ardiendo, indiferentes a la tormenta silenciosa que se gestaba entre la Capitana de la Luna y el Rey de Cenizas.