CAPÍTULO 23 ESPADA CONTRA ESPADA
—Deberías entrenar con nosotros —dijo Threll una mañana, encontrando a Ires practicando formas de espada sola en el patio de entrenamiento vacío, antes de que el resto del palacio despertara—. En vez de agotarte contra el aire.
—¿Ofreciéndose como oponente, General?
—Ofreciéndome a no dejarla ganar solo por cortesía diplomática, Capitana. Sospecho que eso le molestaría más que perder de verdad.
Ires sonrió, la primera sonrisa genuina que le dedicaba al general desde su llegada, y aceptó el desafío con un gesto de cabeza.
El combate que siguió atrajo, sin que ninguno de los dos lo planeara, a una audiencia creciente: primero unos pocos soldados de la guardia matutina, después Sorae, y finalmente el propio Kaelen, que se detuvo en el balcón que daba al patio de entrenamiento con una taza de té olvidándose de enfriarse en sus manos mientras observaba.
Ires luchaba con la fluidez engañosa de la magia lunar entrelazada en cada movimiento, ilusiones breves que hacían que Threll dudara, por fracciones de segundo, de dónde estaba realmente su verdadero cuerpo.
Threll, por su parte, compensaba con una fuerza bruta calculada y una lectura del combate que solo veinte años de batallas reales podían enseñar.
Terminaron empatados, ambos sin aliento, ambos con una nueva capa de respeto mutuo que ninguna negociación política hubiera logrado con la misma velocidad.
—No está mal, para alguien entrenada en trucos de luz y sombra —dijo Threll, con una sonrisa que ya no llevaba ni rastro de la desconfianza inicial.
—No está mal, para alguien que confía demasiado en la fuerza —respondió Ires, aceptando la mano que él le ofrecía para ayudarla a levantarse del suelo.
Desde el balcón, Kaelen observaba con una expresión que Sorae, situada convenientemente cerca, no pudo evitar comentar.
—Su Majestad debería bajar a felicitarla en persona, en vez de mirar desde ahí arriba como un adolescente enamorado.
Kaelen, sorprendido de que Sorae se atreviera a decir en voz alta lo que él mismo apenas se permitía pensar, no encontró una respuesta inmediata.
Y para cuando la encontró, Sorae ya se había alejado, dejándolo solo con la taza de té frío y la certeza, cada vez más difícil de ignorar, de que lo que sentía por la Capitana de Nyxara había dejado de ser cualquier tipo de fingimiento hacía ya bastante tiempo.