CAPÍTULO 22 COSTUMBRES DISTINTAS
Los días que siguieron a la ceremonia establecieron un ritmo extraño, incómodo, que ninguno de los dos parecía saber cómo nombrar del todo.
Ires descubrió que Kaelen se levantaba antes del amanecer, no por obligación real sino porque, según le confesó una mañana que se cruzaron por casualidad en los jardines, era la única hora en que el palacio estaba lo bastante silencioso como para pensar.
Descubrió también que odiaba las reuniones de consejo casi tanto como ella odiaba la corte de Ashkar, y que tenía una risa distinta cuando algo le hacía gracia de verdad —más baja, menos calculada— que cuando reía por diplomacia.
Y él, sospechaba ella, estaba aprendiendo cosas similares sobre Ires que ella no había planeado revelar.
—Usted no duerme —le dijo una noche, encontrándola en la biblioteca de Ashkar mucho después de que el resto del palacio se hubiera retirado.
—Duermo lo suficiente.
—Eso no es lo que le pregunté.
Ires cerró el libro que fingía leer —un tratado sobre la historia de la Ruptura que, sospechaba, tenía más agujeros que respuestas— y lo miró con la guardia que llevaba semanas manteniendo empezando, muy a su pesar, a resquebrajarse.
—Desde la batalla del Paso Norte —dijo finalmente, sorprendida de su propia honestidad— no duermo bien cuando cierro los ojos y hay silencio de más. Me recuerda a…
No terminó la frase. No hacía falta.
—Su hermana —dijo Kaelen, en voz baja, y no fue una pregunta.
—¿Cómo…?
—Los rumores viajan en ambas direcciones, Capitana. Incluso los que a usted no le gustaría que llegaran hasta aquí.
Ires sintió el impulso familiar de cerrarse, de devolver la conversación a terreno seguro, político, distante. Pero algo en la manera en que Kaelen la miraba —sin lástima, sin la curiosidad morbosa con la que la corte solía tratar el tema— la detuvo.
—¿Y usted? —preguntó en cambio—. ¿Por qué no duerme usted, Majestad?
Kaelen guardó silencio un momento demasiado largo.
—Porque mi padre murió en esta misma biblioteca —dijo al fin— y nadie, ni siquiera yo, sabe con certeza si fue de muerte natural.
El fuego de las antorchas pareció, por un instante, arder un poco más bajo.