LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 20 EL MERCADO DE LAS BRASAS
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CAPÍTULO 20 EL MERCADO DE LAS BRASAS

Una semana después de la ceremonia de compromiso, Kaelen sorprendió a Ires con una propuesta que no tenía nada de política.

—Hay un mercado —dijo, encontrándola en los jardines durante uno de sus paseos matutinos—. En las afueras de la ciudad. Se celebra una vez al mes, cuando las forjas menores sacan su producción excedente. Pensé que te gustaría verlo.

—¿Es seguro? —preguntó Ires, más por instinto de Capitana que por verdadera preocupación—. Para el rey y su prometida de Nyxara, caminando entre la gente sin escolta visible.

—Con dos guardias vestidos de civiles a diez pasos de distancia en todo momento, sí —dijo Kaelen, con una sonrisa que dejaba claro que ya había pensado en cada detalle—. Pero fuera de eso, sí, quiero mostrarte Ashkar como realmente es. No el palacio. La gente.

El mercado de las Brasas, descubrió Ires esa tarde, no se parecía en nada a la imagen que se había formado de Ashkar desde la distancia.

Puestos de artesanos exhibían joyería forjada con una delicadeza que contradecía cualquier noción de crueldad; niños corrían entre los puestos con pequeñas llamas mágicas atrapadas en frascos de cristal, jugando a capturarlas y liberarlas en una versión local de un juego que, en Nyxara, se jugaba con luz lunar en vez de fuego.

—Nunca imaginé que hubiera tanta... alegría —admitió Ires, observando a una anciana regatear con un vendedor de especias con una vehemencia que arrancaba risas de ambos.

—¿Qué esperabas? —preguntó Kaelen, genuinamente curioso.

—No sé. Cenizas, supongo. Un reino tan definido por el conflicto que olvidé que la gente aquí también... vive. Ríe. Compra especias que no necesita solo porque el vendedor le cae bien.

—Es fácil olvidar eso desde Nyxara —dijo Kaelen, sin acusación en la voz, solo comprensión—. Apuesto a que en tu templo también hay mercados, niños jugando, ancianas regateando.

—Los hay —admitió Ires, sintiendo una punzada de nostalgia inesperada—. Aunque con luz de luna en vez de fuego en los frascos de los niños.

Se detuvieron en un puesto de dulces forjados con azúcar fundida sobre pequeñas llamas controladas, una especialidad que, según el vendedor insistió con orgullo, solo Ashkar sabía preparar. Kaelen compró dos, entregándole uno a Ires con una ceremonia exagerada que la hizo reír.

—Un regalo del Rey de Cenizas para la Capitana de la Luna —dijo, con fingida solemnidad—. Que este acto de generosidad quede registrado en los anales de la historia.

—Vas a hacer que me atragante de la risa antes de que pueda probarlo —dijo Ires, aunque aceptó el dulce con una sonrisa que no se molestó en disimular.

El sabor, cuando finalmente lo probó, era una explosión de dulzura ahumada que no se parecía a nada que hubiera probado en Nyxara.

Como tantas otras cosas en Ashkar, descubrió, la primera impresión —la desconfianza, el miedo, la extrañeza— escondía algo mucho más rico de lo que jamás hubiera esperado encontrar.

Caminaron de regreso al palacio cuando el sol empezaba a ponerse, tiñendo las torres de Ashkar de un naranja que rivalizaba con cualquier atardecer que Ires hubiera visto en Nyxara, y por primera vez desde su llegada, no sintió la necesidad de contar los pasos que la separaban de casa.