LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 18 FRENTE A DOS CORTES
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CAPÍTULO 18 FRENTE A DOS CORTES

La ceremonia de compromiso no se pareció en nada a lo que Ires había imaginado en las escasas ocasiones de su vida en que se había permitido imaginar algo así.

No hubo alegría. Hubo, en cambio, dos cortes enteras —la de Ashkar vestida de rojos y dorados, la delegación de Nyxara llegada apresuradamente en plata y azul— observándose mutuamente con la misma hostilidad contenida que llevaban generaciones cultivando, mientras Ires y Kaelen intercambiaban los anillos ceremoniales frente a un sacerdote de ninguno de los dos reinos, elegido específicamente por su neutralidad.

—Con esto —entonó el sacerdote, con la voz amplificada por la magia del salón—, la Luna y las Cenizas se comprometen a caminar un mismo sendero.

Ires sintió el anillo —forjado, le habían explicado, con metal de ambos reinos fundido en partes iguales— deslizarse en su dedo con un peso que no tenía nada que ver con su tamaño.

A su lado, Kaelen mantenía una expresión perfectamente compuesta, la máscara pública de un rey que sabe que cada gesto será diseccionado durante generaciones.

Solo ella, de pie tan cerca, notó cómo se le tensaba la mandíbula cuando el sacerdote pronunció el nombre de su padre en la bendición ritual.

Después vino el banquete, y con él, la parte que Ires había temido más que la propia ceremonia: dos horas fingiendo una cordialidad que ninguno de los presentes creía, mientras nobles de ambas cortes los observaban buscando la primera grieta.

La encontraron antes de lo que Ires hubiera querido.

—Dígame, Capitana —dijo una mujer de la corte de Ashkar, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—, ¿es cierto que en Nyxara entrenan a las niñas para la guerra antes de que aprendan a leer?

—Es cierto que en Nyxara enseñamos a nuestras hijas a defenderse —respondió Ires, sin perder el ritmo— antes de que algún reino vecino decida que quemar templos es una forma aceptable de diplomacia.

El silencio que siguió fue denso, cargado de miradas cruzadas entre los nobles de Ashkar. Kaelen, a su lado, no dijo nada durante un instante que se sintió eterno.

Después, para sorpresa de Ires, se rió. Una risa breve, genuina, que cortó la tensión del salón de un modo que ninguna disculpa diplomática hubiera logrado.

—Mi prometida —dijo, alzando su copa hacia la corte entera— tiene la lengua tan afilada como su espada. Sugiero a todos los presentes que lo recuerden antes de intentar probarla de nuevo.

Hubo risas nerviosas, algunas genuinas. La mujer que había hecho la pregunta se retiró con las mejillas encendidas. Y bajo la mesa, donde nadie podía verlo, Ires sintió la mano de Kaelen rozar la suya por una fracción de segundo, un gesto tan breve que después se preguntaría si lo había imaginado.

No lo había imaginado.