LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 17 LA MAÑANA DE LA CEREMONIA
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CAPÍTULO 17 LA MAÑANA DE LA CEREMONIA

Sorae encontró a Ires de pie frente al espejo de sus aposentos horas antes de la ceremonia, vestida ya con la túnica ceremonial de plata que el templo había enviado apresuradamente desde Nyxara, las manos de la Capitana temblando de un modo que Sorae no le había visto ni antes de su primera batalla.

—Nunca te había visto nerviosa —dijo Sorae, cerrando la puerta tras de sí.

—No estoy nerviosa. Estoy... —Ires buscó la palabra correcta, sin encontrarla del todo—. Consciente. De que después de hoy, no hay vuelta atrás posible.

—Nunca la hubo, Ires. Desde el momento en que aceptaste esta misión. La única diferencia es que hoy, por fin, lo estás sintiendo de verdad.

Sorae se acercó, ajustando con manos expertas un pliegue de la túnica que se había torcido, un gesto tan familiar de sus años compartidos en la Guardia que ninguna de las dos necesitó comentarlo.

—¿Y si me equivoco? —preguntó Ires, la pregunta escapándose antes de que pudiera contenerla—. ¿Y si esto no es la elección correcta para Nyxara?

—Entonces será un error honesto, cometido por la persona más honesta que conozco —dijo Sorae, sin dudar—. Pero no creo que sea un error, Ires. Creo que es la primera vez en tres años que te veo elegir algo por ti misma, en vez de solo por la promesa que le hiciste a Rhoswen.

El nombre de su hermana, pronunciado con tanta naturalidad, hizo que a Ires se le cerrara la garganta por un instante.

—¿Crees que ella lo aprobaría?

—Creo —dijo Sorae, con una certeza que solo una amistad de una década podía sostener— que Rhoswen siempre quiso verte feliz más de lo que quiso verte vengada. Y creo que hoy, por primera vez desde que la perdimos, tienes la oportunidad genuina de elegir lo primero.

Ires se permitió, por un instante, dejar que las palabras de Sorae se asentaran del todo, sintiendo algo parecido a la paz reemplazar, aunque fuera brevemente, el peso constante de la culpa que cargaba desde el Paso Norte.

En otro extremo del palacio, Kaelen enfrentaba sus propios nervios, vistiendo la armadura ceremonial que había pertenecido a su padre, ajustada apresuradamente para adaptarse a su propio cuerpo por los sastres reales.

—Se ve bien en ti —dijo Threll, ayudándolo con las últimas hebillas—. Su padre estaría orgulloso, Majestad. No solo de la armadura. De la decisión.

—¿Estás seguro de eso, Threll? Hace apenas semanas me advertías sobre los peligros de un rey gobernado por el corazón.

—Y ahora veo a un rey que ha aprendido a gobernar con el corazón sin dejar que este lo ciegue del todo —dijo el general, con una honestidad poco común en él—. Hay una diferencia, Majestad. Y usted la ha encontrado mejor que la mayoría de los reyes que he servido.

Kaelen se miró en el espejo de sus aposentos, viendo no solo la armadura de su padre, sino, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la certeza de que estaba a punto de tomar la decisión correcta, no solo para Ashkar, sino para sí mismo.