CAPÍTULO 16 MANOS QUE CURAN
Un accidente en las forjas menores —una explosión de metal fundido que dejó a tres aprendices con quemaduras graves— llevó a Ires, por primera vez, a la enfermería real de Ashkar, donde los sanadores locales luchaban por controlar el dolor de los heridos con ungüentos que, notó de inmediato, carecían de cualquier componente mágico.
—¿No tienen sanadores con magia? —preguntó, observando a un aprendiz apenas mayor que un niño retorcerse de dolor mientras un médico aplicaba vendajes con manos temblorosas.
—El fuego no cura, Capitana —dijo el médico jefe, sin apartar la vista de su trabajo—. Forja, destruye, ilumina. Pero curar no está entre sus dones. Hacemos lo que podemos con hierbas y paciencia.
Ires sintió el impulso, casi instintivo, de actuar antes de que la razón terminara de justificarlo.
—Yo puedo ayudar.
El médico levantó la vista, escéptico. —¿Con magia lunar? Nunca hemos permitido ese tipo de intervención extranjera en la enfermería real.
—Entonces permítanmela ahora —dijo Ires, ya arrodillándose junto al aprendiz más gravemente herido—, porque este niño no debería tener que esperar a que la política decida si puede sanar más rápido.
Sin esperar aprobación formal, extendió las manos sobre las quemaduras del joven, canalizando un hilo de luz plateada que se sintió, incluso para ella, distinto a cualquier sanación que hubiera realizado antes: más cálido, extrañamente, como si algo en el ambiente de Ashkar hubiera empezado a influir en la calidad de su propia magia.
El aprendiz dejó de gritar casi de inmediato, su respiración estabilizándose mientras la luz lunar cerraba lo peor del daño, dejando una piel enrojecida pero ya no supurante, ya no mortalmente vulnerable a la infección.
—Por la Luna y el Fuego juntos —murmuró el médico jefe, observando el resultado con un asombro que no se molestó en disimular—. Nunca había visto algo así.
Ires trabajó durante horas, pasando de paciente en paciente, hasta que el agotamiento de canalizar tanta magia seguida la dejó temblando, apoyada contra una pared de la enfermería mientras el médico jefe le ofrecía, con una deferencia completamente nueva, una taza de té caliente.
Cuando Kaelen la encontró ahí, horas después, agotada pero con una sonrisa satisfecha que no necesitaba palabras, no pudo evitar sentir que estaba presenciando algo que iba mucho más allá de una simple demostración de habilidad médica.
—Corre la voz de lo que hiciste hoy —dijo él, sentándose a su lado—. Los sanadores de la corte ya están pidiendo que les enseñes técnicas básicas de canalización lunar.
—¿Y el Consejo lo permitirá?
—El Consejo —dijo Kaelen, con una sonrisa que dejaba claro cuánto disfrutaba la ironía de la situación— no va a tener más remedio que permitirlo, después de que media corte haya visto a tres aprendices salvados de una infección mortal gracias a la "intervención extranjera" de su Capitana.
Ires rió, el cansancio de la magia gastada aligerándose un poco ante la calidez genuina de su comentario, y por primera vez desde su llegada a Ashkar, sintió que no solo estaba tolerada en aquel reino.
Estaba, poco a poco, empezando a ser necesitada.