LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 15 FORJAS Y PLEGARIAS
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CAPÍTULO 15 FORJAS Y PLEGARIAS

Los días previos a la ceremonia de compromiso obligaron a Ires a algo que no había hecho en años: aprender.

No la política, que dominaba con la misma frialdad calculada que aplicaba a cualquier campo de batalla.

Sino las costumbres de Ashkar, ese reino que había odiado desde la distancia durante toda su vida y que ahora, de cerca, resultaba ser mucho más complejo que la caricatura de crueldad que las canciones de guerra de Nyxara le habían enseñado.

—Las forjas no son solo para armas —le explicó un anciano herrero, uno de los pocos habitantes de Ashkar que no parecía intimidado por el broche lunar en su hombro, cuando Ires se detuvo a observar el trabajo en el patio de forjas del palacio—.

Cada niño de Ashkar forja algo antes de cumplir diez años.

Un anillo, una hebilla, algo pequeño. Es la forma en que aprendemos que el fuego no es solo destrucción.

Es también creación, si uno sabe cómo sostenerlo.

Ires observó las manos del hombre moverse con una precisión que le recordó, incómodamente, a la disciplina de la Guardia de la Luna: diferente ritual, misma reverencia.

—En Nyxara —dijo ella, casi sin darse cuenta de que compartía algo tan personal—, cada guerrera aprende a canalizar la ilusión antes de aprender a sostener una espada. Se cree que quien no puede engañar el ojo no puede entender realmente cómo protegerlo.

—Interesante —dijo el herrero, sin dejar de trabajar—. Nosotros creemos que quien no puede crear no merece destruir. Quizás no seamos tan distintos como ambos reinos prefieren creer.

Esa tarde, cuando Ires se cruzó con Kaelen en uno de los pasillos del palacio, no pudo evitar compartir la reflexión, sorprendida de su propio deseo de hacerlo.

—El herrero de las forjas centrales —dijo, sin preámbulo— me dijo algo hoy que no he podido dejar de pensar.

—Nial —dijo Kaelen, con una sonrisa que Ires reconoció como genuina afecto—. Forjó mi primera espada quinta cuando cumplí diez años. Insistió en que la hiciera yo mismo, aunque el resultado fuera, en sus propias palabras, "una vergüenza digna de un príncipe malcriado".

—¿Y lo fue?

—Terriblemente. —La risa de Kaelen, esta vez sin ningún cálculo político detrás, resonó en el pasillo de un modo que hizo que dos guardias cercanos intercambiaran una mirada de sorpresa—. Todavía la conservo. Me recuerda que ni siquiera un rey nace sabiendo sostener el fuego correctamente.

Caminaron juntos un tramo del pasillo, sin rumbo particular, la conversación fluyendo con una facilidad que ninguno de los dos comentó en voz alta pero que ambos, silenciosamente, empezaban a atesorar.