CAPÍTULO 14 LO QUE NYXARA NO PERDONA
La noticia del compromiso llegó al Templo de la Luna antes de que el sol se pusiera dos veces, llevada por un mensajero que había cabalgado sin descanso y que, según contaría después, casi había preferido enfrentar a la propia Escritura Primera antes que la expresión de la Sacerdotisa Mayor al leer el pergamino sellado por Ashkar.
En el templo, tallado en la ladera de la montaña más alta de Nyxara, donde la piedra azul absorbía la luz de la luna como si fuera sed, la Sacerdotisa Mayor convocó al Consejo del Templo esa misma noche.
—Un compromiso —dijo la anciana Elenya, la segunda al mando del Consejo, con una incredulidad que no se molestó en disimular—. Con el Rey de Cenizas. ¿La Capitana Nightveil aceptó esto por voluntad propia?
—Según el pergamino, sí. —La Sacerdotisa Mayor no apartó la vista de las llamas plateadas del brasero ceremonial, la única fuente de fuego permitida dentro de los muros del templo, alimentada por una magia lunar que ardía fría al tacto—.
Aunque conociendo a Ires, sospecho que "voluntad propia" y "necesidad estratégica" se parecen más de lo que a ella le gustaría admitir.
—Su hermana murió a manos de Ashkar.
—Lo sé mejor que nadie, Elenya. Yo misma oficié el rito funerario.
El Consejo del Templo, formado por las siete sacerdotisas más ancianas de Nyxara, guardó un silencio cargado de la misma tensión que Ires había sentido en el salón del trono de Ashkar apenas días antes.
Ningún reino, comprendió la Sacerdotisa Mayor en ese momento, estaba realmente preparado para lo que aquella tregua exigía de su gente.
—¿Qué hacemos? —preguntó finalmente una de las sacerdotisas más jóvenes del Consejo.
—Esperamos —dijo la Sacerdotisa Mayor—. Y observamos. Si esto es lo que Ires necesita para cumplir la misión que le encomendamos, entonces Nyxara le debe, al menos, la oportunidad de intentarlo antes de condenarla.
—¿Y si fracasa?
La Sacerdotisa Mayor pensó en la niña que había entrenado desde los ocho años, en la guerrera que había enterrado a su propia hermana sin derramar una lágrima frente a nadie, en la Capitana que había cargado con el peso de una promesa que ni siquiera el templo entero conocía en su totalidad.
—Entonces será porque el fracaso era inevitable —dijo—. No porque Ires no lo haya intentado con cada fibra de lo que es.
Pero incluso mientras lo decía, una parte de la Sacerdotisa Mayor —la parte que había visto caer templos, hermanas, generaciones enteras bajo el fuego de Ashkar— no podía evitar preguntarse si estaba a punto de perder a la mejor Capitana que Nyxara había producido en un siglo, no ante una espada enemiga, sino ante algo mucho más difícil de combatir: el corazón de la propia Ires, entregándose a algo que el templo nunca había anticipado.