CAPÍTULO 12 LO QUE LA GUARDIA PIENSA
La noticia del compromiso llegó al campamento de la Guardia de la Luna, instalado en las afueras de Ashkar, con una velocidad que sorprendió incluso a Sorae, quien se encontró respondiendo preguntas de sus propias soldados antes de que la propia Ires hubiera tenido tiempo de procesar del todo la decisión.
—¿Es cierto? —preguntó una guardia joven, apenas mayor que una recluta, con una mezcla de incredulidad y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza—. ¿La Capitana va a casarse con el Rey de Cenizas?
—Es cierto —confirmó Sorae, eligiendo sus palabras con el cuidado de quien sabe que cada una será repetida y diseccionada por toda la Guardia antes de que caiga la noche.
—¿Y qué se supone que sintamos nosotras al respecto? —preguntó otra soldado, mayor, con cicatrices que hablaban de años de servicio en la frontera—. Yo perdí a un hermano en el Paso Norte, la misma batalla donde cayó la hermana de la Capitana.
El campamento entero pareció contener el aliento, esperando la respuesta de Sorae con la misma intensidad con la que hubieran esperado órdenes antes de una batalla.
—Se supone que sintamos lo que sea que sintamos con honestidad —dijo Sorae finalmente, sin suavizar la verdad para hacerla más cómoda—.
Yo también perdí compañeras en esa guerra.
Y durante días, sentí la misma desconfianza que ustedes sienten ahora.
Pero he visto a la Capitana con el Rey de Cenizas, he visto cómo se trata a nuestra gente en Ashkar, y he empezado a preguntarme si quizás el odio que heredamos merece, al menos, ser cuestionado antes de aceptarlo sin más.
—Eso es fácil de decir para usted, Teniente. No perdió a un hermano.
—No —admitió Sorae—, pero perdí una década enseñándole a mi Capitana que la venganza y la justicia no siempre significan lo mismo.
Y ahora, viéndola aquí, en Ashkar, eligiendo la paz sobre la venganza que todas esperábamos que persiguiera, no puedo evitar sentir que quizás finalmente aprendió la lección que intenté enseñarle todos estos años.
Un silencio pensativo se extendió por el campamento, ninguna de las presentes lista todavía para abandonar del todo décadas de desconfianza heredada, pero varias, notó Sorae con cierto alivio, empezando a considerar la posibilidad de que tal vez, solo tal vez, aquella tregua improbable pudiera significar algo más que una simple estrategia política.
Esa misma noche, cuando Ires visitó el campamento de su propia Guardia por primera vez desde su llegada a Ashkar, encontró un recibimiento mucho más cauteloso del que hubiera esperado de sus propias soldados, pero no hostil, no del todo.
Solo la incertidumbre honesta de mujeres acostumbradas a que su Capitana tomara decisiones firmes, ahora observándola navegar algo mucho más complicado que cualquier estrategia de batalla.
—Denme tiempo —les dijo, de pie frente a su Guardia reunida, con la misma autoridad calmada que había definido cada orden que les había dado en años de servicio compartido—.
Para demostrarles que esta decisión, aunque distinta a todo lo que esperaban de mí, sigue siendo tomada por la misma Capitana que ha luchado a su lado durante años.
Solo les pido la misma confianza que siempre me han dado en batalla.
El silencio que siguió no fue de aprobación completa, pero tampoco de rechazo. Fue, comprendió Ires con cierto alivio, el silencio de mujeres dispuestas a observar, a esperar, a juzgar por acciones en vez de por rumores de corte.
Era, se dijo a sí misma esa noche, exactamente lo que necesitaba: no aceptación inmediata, sino la oportunidad de ganársela.