CAPÍTULO 11 LLEGADA A LAS CENIZAS
Los aposentos que le asignaron en el ala oeste del palacio eran, para sorpresa de Ires, más sobrios de lo que había imaginado.
Sin el oro ostentoso ni las llamas decorativas del salón del trono; solo piedra oscura, tapices de un rojo profundo, y una ventana que daba a las Montañas Quemadas, cuyas cumbres humeaban perpetuamente en el horizonte.
—Su Majestad pidió que se instalara aquí —dijo la sirvienta que la había guiado, una mujer joven de ojos cautelosos que no dejaba de mirar el broche lunar de Ires como si esperara que este prendiera fuego a algo—.
Son los aposentos más alejados de las forjas.
Pensó que… el calor podría resultarle incómodo.
Ires no supo qué hacer con ese dato. Era un gesto pequeño, casi insignificante, y sin embargo no encajaba con la imagen que se había formado del Rey de Cenizas la noche anterior.
Esa noche, mientras la corte de Ashkar cenaba abajo celebrando —o fingiendo celebrar— el anuncio del compromiso, Ires salió a los jardines exteriores, los únicos lugares del palacio donde el aire no olía a metal fundido.
Encontró a Kaelen ahí, sin corona, con las mangas de la camisa remangadas y la mirada perdida en las montañas humeantes.
—No pensé que lo encontraría aquí —dijo ella, deteniéndose a una distancia prudente.
—Nadie lo espera —respondió él, sin sorpresa por su presencia—. Es la única ventaja de este lugar.
Se quedaron un momento en silencio, dos enemigos vestidos de futuros prometidos, observando la misma línea de montañas que probablemente ambos habían aprendido a odiar desde la cuna, cada uno por razones distintas.
—Mañana firmamos el compromiso frente a las dos cortes —dijo Kaelen finalmente—. Después de eso, no hay vuelta atrás. Al menos no una que no cueste la tregua entera.
—Lo sé.
—¿Por qué acepta, entonces? —Se giró a mirarla por primera vez desde que ella había llegado al jardín—. Podría haber vuelto a Nyxara. Dejar que Ashkar y su reino se destruyeran solos.
Ires pensó en su hermana. En el templo en llamas que aún visitaba en sueños. En la facilidad con la que podría haber dicho que no, y en lo mucho que, en el fondo, no había querido hacerlo.
—Porque perdí una guerra una vez —dijo, en cambio— y no pienso perder otra por no intentar detenerla a tiempo.
Kaelen la observó con algo que no era ni desconfianza ni cortesía política. Era, se dio cuenta Ires con una incomodidad que no supo nombrar del todo, curiosidad genuina.
—Entonces mañana —dijo él— dejamos de ser enemigos frente a dos cortes que no nos creerán ni por un segundo.
—Que no nos crean —respondió Ires— no significa que tengamos que darles razón.
Fue la primera vez que lo vio sonreír sin filo alguno detrás.