CAPÍTULO 9 EL PRECIO DE LA TREGUA
El Consejo de Ashkar convocó a Ires al amanecer siguiente, y desde el primer instante quedó claro que la reunión no tenía nada que ver con fronteras.
—Un tratado en pergamino —dijo Lord Vaelis, el más anciano del consejo, con la voz seca de quien ha pasado décadas acostumbrado a que nadie le lleve la contraria— no ha detenido nunca una guerra entre Nyxara y Ashkar.
Se han firmado cuatro en dos siglos. Las cuatro se rompieron antes de que la tinta se secara del todo.
—¿Y su propuesta es? —preguntó Ires, aunque ya intuía, con una certeza gélida instalándosele en el estómago, hacia dónde iba aquello.
—Una alianza que la política no pueda deshacer con la misma facilidad que un pergamino. —Vaelis miró a Kaelen, sentado al otro extremo de la mesa con una expresión que Ires reconoció de inmediato: la de un hombre que ya había perdido esta discusión antes de que empezara—. Un matrimonio.
Ires se puso de pie tan rápido que la silla raspó contra el suelo de piedra.
—Absolutamente no.
—Capitana. —La voz de Kaelen, tranquila, casi aburrida, como si aquello no fuera una novedad para él tampoco—. Siéntese. Nadie va a obligarla a nada que usted no acepte primero.
—Con todo respeto, Majestad, su consejo acaba de sugerir que me case con usted como si estuviera proponiendo un intercambio de rehenes.
—No es tan distinto —dijo él, y por un instante Ires no supo si aquello era un intento de humor o una confesión genuina—. Pero tiene razón. Es una decisión que nos corresponde a nosotros, no a ellos.
Lord Vaelis carraspeó, visiblemente descontento de que su propuesta se estuviera discutiendo como una opción y no como un hecho consumado.
—Su Majestad. La estabilidad del reino…
—La estabilidad del reino —lo cortó Kaelen, con un filo repentino en la voz que Ires no le había escuchado hasta entonces— es asunto mío, Lord Vaelis, no suyo. Retírese.
El anciano obedeció, aunque no sin lanzar una mirada que dejaba claro que aquello no terminaba ahí. Cuando la puerta se cerró tras él, Kaelen se frotó los ojos con una mano, y por primera vez desde que Ires había cruzado las puertas de Ashkar, pareció simplemente cansado. Humano.
—No voy a fingir que la idea no tiene sentido político —dijo él—.
Un compromiso, no un matrimonio inmediato.
El tiempo suficiente para que ambos reinos vean que la tregua puede sostenerse en algo más que un pergamino.
Después, cuando la amenaza bajo la Ruptura esté controlada, cada uno puede seguir su camino.
Ires lo miró con atención, buscando la trampa, el ángulo oculto. No lo encontró, y eso la inquietó más que si lo hubiera hallado.
—Usted sabe de la Ruptura.
—Sé que algo se movió hace dos semanas bajo las Tierras Quemadas —dijo él, bajando la voz, como si las paredes mismas de Ashkar pudieran tener oídos—. Y sé que ni mi fuego ni su luna, solos, van a bastar cuando eso termine de despertar.
Ires sintió que el suelo bajo la conversación se movía, revelando algo mucho más grande que fronteras y tratados.
—¿Un compromiso, entonces? —dijo, casi sin poder creer las palabras saliendo de su propia boca—. ¿En vez de una guerra?
—En vez de dos —respondió Kaelen—. La de nuestros reinos, y la que viene de más abajo.