CAPÍTULO 8 LA VOZ EN LA OSCURIDAD
Lo que nadie en el palacio sabía —ni Kaelen, ni Threll, ni siquiera el propio Vaelis del todo, hasta esa noche— era que el anciano consejero llevaba meses escuchando algo que no debía.
Había empezado como un susurro, apenas perceptible, la primera vez que Vaelis se había aventurado demasiado cerca del límite de las Tierras Quemadas dos años atrás, inspeccionando personalmente las guarniciones fronterizas tras la muerte del rey anterior.
Un murmullo bajo la tierra, como si algo antiguo respirara justo debajo de la superficie del mundo.
Esa noche, solo en sus aposentos, con el tratado de la tregua todavía pesándole en la conciencia como una traición a todo lo que Ashkar había sido, el susurro regresó con más fuerza que nunca.
*Tu rey entrega lo que tu reino sangró por defender.*
Vaelis se levantó de golpe, el corazón martilleándole el pecho con un pánico que no sentía desde la batalla en la que había perdido a su propio hijo, décadas atrás, en una escaramuza fronteriza contra Nyxara que nadie recordaba ya salvo él.
—¿Quién anda ahí? —preguntó a la habitación vacía, sintiéndose ridículo incluso mientras lo decía.
*Nadie que puedas ver. Todavía. Pero puedo ver lo que tú ves, Lord Vaelis. La debilidad de un rey joven, cegado por una mujer de Nyxara. La misma mujer cuyo reino ayudó a arrebatarte a tu hijo.*
Vaelis sintió que las piernas le fallaban, y se sentó pesadamente en el borde de su cama, la respiración entrecortada.
—No eres real.
*Soy tan real como el fuego que corre por tus venas, Lord Vaelis. Y te ofrezco lo mismo que le ofrecí a Ashkar cuando se forjó por primera vez: fuerza para proteger lo que amas, a cambio de escuchar lo que tengo que decir.*
—¿Qué quieres?
*Solo que observes. Que escuches. Que recuerdes, cada vez que veas a tu rey mirar a esa mujer con algo más que desconfianza política, que Ashkar merece continuar siendo Ashkar. Nada más te pido, por ahora.*
La voz se desvaneció tan repentinamente como había llegado, dejando a Vaelis solo en la oscuridad de sus aposentos, con el corazón acelerado y una certeza que se negaba a examinar con demasiado detenimiento: que fuera lo que fuese aquella voz, no pensaba ignorarla.
No esa noche. Y, aunque todavía no lo supiera del todo, tampoco ninguna de las noches que seguirían.