CAPÍTULO 5 LA PRIMERA CENA
El protocolo exigía que, tras la primera sesión de negociaciones, ambas delegaciones compartieran una cena formal, un gesto de cortesía que ni Ires ni Kaelen habían anticipado con particular entusiasmo.
—En Nyxara —le explicó Sorae en voz baja, mientras se preparaban para bajar al salón—, comemos en silencio durante el primer curso, como señal de respeto hacia quien preparó los alimentos.
—Aquí probablemente comen con las manos y brindan por cada bocado —murmuró Ires, sin verdadera malicia, solo el nerviosismo de quien se enfrenta a un protocolo completamente ajeno.
La realidad, como tantas otras cosas en Ashkar, resultó ser más compleja que el estereotipo.
La cena comenzó con un brindis formal, seguido de un silencio respetuoso casi idéntico al que Sorae había descrito, y platos que combinaban especias que Ires no reconocía con una presentación tan cuidada como cualquier banquete del templo.
—¿Sorprendida? —preguntó Kaelen, sentado a su lado en la mesa principal, notando la expresión que Ires no había logrado disimular del todo.
—Esperaba menos ceremonia —admitió ella—. Las canciones de guerra de Nyxara no incluyen detalles sobre la etiqueta de mesa de Ashkar.
—Las canciones de guerra rara vez incluyen detalles que humanicen al enemigo —dijo Kaelen, con la misma cortesía calculada que había mostrado durante toda la negociación, sin que ningún filo se suavizara del todo—.
Sospecho que las nuestras tampoco mencionan que en Nyxara existe algo tan simple como el respeto por quien cocina.
Durante el segundo curso, un noble de Ashkar, envalentonado por el vino, se dirigió a Ires con una pregunta que claramente pretendía ser una prueba.
—Dígame, Capitana, ¿es cierto que la Guardia de la Luna puede hacer invisible a un ejército entero?
—Es cierto que podemos hacer que un ejército parezca estar en un lugar donde no está —corrigió Ires, con la paciencia de quien ha respondido variaciones de esa misma pregunta toda su vida—.
La invisibilidad total requeriría un gasto de magia que ningún reino, ni siquiera el nuestro, podría sostener por más de unos minutos.
—Entonces todas esas historias sobre batallas ganadas por ejércitos fantasma...
—Son exageraciones de generaciones de bardos con más imaginación que precisión histórica —dijo Ires, arrancando una risa incómoda de varios comensales, que se apagó rápido bajo las miradas cautelosas que el resto de la mesa seguía intercambiando entre ambas delegaciones.
La cena terminó sin ningún incidente mayor, lo cual, para dos cortes que llevaban dos siglos sin compartir una mesa, ya se sentía como un logro modesto. Ni Ires ni Kaelen se hicieron ilusiones de que una comida protocolar hubiera cambiado nada sustancial entre ellos.