CAPÍTULO 4 TÉRMINOS Y CONDICIONES
La negociación duró tres horas y no avanzó ni un centímetro.
Ires había esperado gritos. Amenazas veladas, quizás alguna mano cerrándose sobre la empuñadura de una espada ceremonial.
En cambio, se encontró con algo peor: Kaelen Ashgrave discutía las fronteras del paso de Ceniza Gris con la misma frialdad con la que se discute el precio del grano, como si doscientos años de muertos a ambos lados de esa línea no pesaran nada en la balanza.
—El paso queda bajo jurisdicción compartida —dijo él, por tercera vez, trazando una línea imaginaria sobre el mapa con un dedo que dejaba, juraría Ires, un rastro de calor visible en el pergamino—. Es la única propuesta que mi consejo aceptará.
—Su consejo puede aceptar lo que quiera. El paso de Ceniza Gris fue territorio de Nyxara antes de que Ashkar supiera forjar una espada.
—Y sigue siéndolo en los mapas que ustedes dibujan. En los que dibujamos nosotros, la historia es distinta.
—La historia no es una cuestión de opinión, Majestad.
—No —concedió él, y por primera vez en toda la noche algo parecido al cansancio genuino le cruzó el rostro—. Pero la paz sí lo es. Y usted y yo no estamos aquí para escribir historia, Capitana. Estamos aquí para que nuestra gente deje de morir por ella.
Ires no tuvo respuesta inmediata para eso. Había algo incómodamente honesto en la forma en que lo dijo, sin la floritura de un discurso, como quien constata un hecho del que está cansado de hablar.
Se permitió observarlo con más atención de la que había querido admitir hasta entonces.
No era lo que ella esperaba de un rey de Ashkar.
No había joyas ostentosas, ni la crueldad teatral que las canciones de guerra de Nyxara le atribuían.
Solo un hombre de hombros tensos y ojeras mal disimuladas, gobernando un reino que, sospechaba Ires, no terminaba de creer que fuera suyo.
—Media jurisdicción —dijo finalmente ella—. Y una guarnición de Nyxara permanente en el lado norte del paso.
—Una guarnición de Ashkar en el lado sur, entonces.
—Eso es lo que acabo de proponer.
—No —dijo Kaelen, con la sombra de aquella sonrisa afilada regresando—. Usted propuso que mi gente vigilara desde su territorio. Yo propongo que ambos vigilemos desde el mismo punto medio. Juntos.
El silencio que siguió no fue hostil. Fue, para sorpresa e incomodidad de Ires, algo parecido a un reconocimiento mutuo: dos personas que llevaban toda la noche jugando el mismo juego y acababan de notar, casi al mismo tiempo, que el otro también sabía jugarlo bien.
—Su padre —dijo ella, con más cautela que antes— nunca hubiera propuesto algo así.
—Mi padre —respondió Kaelen, y la temperatura del salón pareció bajar un grado, aunque las antorchas seguían ardiendo igual— tampoco está aquí para hacerlo.
Ires archivó ese comentario en algún lugar de su memoria, junto a los rumores que había oído sobre la muerte repentina del anterior Rey de Cenizas. Rumores que, hasta esa noche, había descartado como propaganda de guerra.
Ya no estaba tan segura.