LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 3 EL PESO DE LA PLATA
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CAPÍTULO 3 EL PESO DE LA PLATA

Esa noche, en los aposentos temporales que le habían asignado en el ala de huéspedes —fríos, austeros, con una única ventana que daba a un patio interior lleno de estatuas de reyes muertos—, Ires no pudo dormir.

No era la primera vez. Llevaba tres años sin dormir de verdad, no desde el Paso Norte, no desde que había visto caer a Rhoswen entre el humo y las cenizas de una emboscada que ninguna de las dos había visto venir.

Cerró los ojos y, como cada noche desde entonces, la memoria la encontró de todos modos.

*Habían sido solo doce guerreras contra un destacamento de Ashkar que triplicaba su número, escondido tras la niebla artificial que la propia Guardia de la Luna había convocado para cubrir su avance.

Rhoswen, dos años menor, siempre más rápida con la espada que Ires pero más lenta para leer una emboscada, había cargado primero.

Ires todavía podía sentir el peso exacto del cuerpo de su hermana en sus brazos, la sangre plateada de la magia lunar mezclándose con la roja de la vida escapándose, el momento preciso en que había dejado de intentar sanarla con una magia que ya no tenía nada que curar. *

*—Prométeme —había dicho Rhoswen, con la voz ya quebrada— que no vas a dejar que esto siga pasando. A otras hermanas. A otras familias.*

*Ires lo había prometido. Y durante tres años, la promesa se había traducido en entrenar más duro, liderar mejor, ser la Capitana más disciplinada que la Guardia de la Luna hubiera visto en generaciones.

Nunca había imaginado que terminaría traducida en esto: sentada frente al hombre cuyo reino había arrebatado la vida de su hermana, fingiendo diplomacia mientras el fuego de mil antorchas le recordaba, en cada parpadeo, exactamente por qué había odiado Ashkar desde que tenía memoria. *

Un golpe suave en la puerta la sacó de la memoria. Era Sorae, su Teniente y la única persona en aquella comitiva que Ires consideraba, más allá del rango, una amiga.

—No duermes —dijo Sorae, sin preámbulo, entrando sin esperar permiso, como solo alguien que ha compartido una década de batallas se permite hacer.

—Nunca duermo la primera noche en territorio enemigo.

—Esto ya no es exactamente territorio enemigo, Capitana. Es territorio de tregua. Hay una diferencia, aunque a veces cueste sentirla.

Ires se incorporó, apoyando la espalda contra la cabecera fría de la cama, y le hizo un gesto a Sorae para que se sentara. Su Teniente lo hizo, quitándose el casco y dejando caer, por primera vez en el día, la máscara de disciplina militar que llevaba puesta frente a la tropa.

—¿Qué opinas de él? —preguntó Ires, sin necesidad de aclarar a quién se refería.

Sorae consideró la pregunta con la seriedad que la caracterizaba, la misma que la había llevado a ascender de soldado raso a Teniente en tiempo récord.

—Opino que no es lo que esperaba. Y eso me preocupa más de lo que me tranquiliza.

—¿Por qué te preocuparía que no fuera un monstruo?

—Porque es más fácil odiar a un monstruo, Ires. —Sorae usó su nombre, no su título, algo que solo se permitía cuando estaban a solas—. Los monstruos no te hacen dudar de por qué llevas tres años cargando con una promesa que empieza a pesarte más de lo que dejas ver.

Ires no tuvo una respuesta inmediata, en parte porque Sorae, como siempre, había visto algo que ella misma apenas empezaba a admitirse.

—La promesa sigue en pie —dijo finalmente—. Detener las muertes. Si esta tregua lo logra, no me importa que el Rey de Cenizas resulte no ser el monstruo que imaginaba.

—¿Y si detener las muertes significa aprender a convivir con él de un modo que Nyxara entero no está preparado para aceptar?

La pregunta se quedó flotando entre ambas, sin respuesta, mientras afuera, en el patio de las estatuas, el viento cálido de Ashkar hacía crujir hojas que Ires todavía no reconocía.