CAPÍTULO 159
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(Punto de vista de Aria)
Ronan se aclaró la garganta.
—Las facturas médicas de Elena —dijo—. Yo me encargo. De todo.
Su tono era cauteloso. Como si me ofreciera una salida que nos convenía a todos.
—No —dije.
—Aria…
—He dicho que no. —Mantuve un tono neutro—. Esto no se arregla firmando un cheque y largándote.
Su expresión cambió. La cautela desapareció.
—¿De verdad crees que puedes ir a por Vivian? —dijo—. Yo sigo aquí. No la vas a tocar.
—¿Es una amenaza?
—Tómatelo como quieras. —Se cruzó de brazos—. Necesitas socios para mantener Ravenshade en marcha. Puedo hacer unas llamadas. Puedo cortarte esos canales antes de que acabe la semana.
Casi me echo a reír.
—Adelante —dije—. Haz esas llamadas. A ver qué pasa.
Se quedó mirándome.
—Los acuerdos de Ravenshade están cerrados —dije—. Cada canal, cada alianza… los montamos nosotros. Tú ya no pintas nada en eso. ¿Esa ventaja que crees que tienes? Se acabó. Y hace bastante tiempo.
Apretó la mandíbula.
—¿Crees que esto ha terminado? —dijo.
—Creo que has venido sin un plan —dije—. Y creo que ya lo sabes.
Sonó el timbre del ascensor, al fondo del pasillo.
Wyatt salió primero. Detrás de él aparecieron tres hombres de hombros anchos. Se desplegaron sin que nadie se lo indicara y ocuparon todo el ancho del corredor.
Volví a mirar a Ronan.
—Aquí hemos terminado —dije.
Ronan recorrió el pasillo con la mirada. Había venido rápido y solo: nadie con él salvo Vivian. Sabía echar cuentas. La mandíbula se le tensó un instante.
Luego alargó la mano y agarró a Vivian del brazo.
—Vamos —dijo.
Se dieron la vuelta y echaron a andar.
Los hombres de Wyatt se apartaron para dejarlos pasar. Uno de ellos se movió apenas: un hombro que salió en el ángulo equivocado. Le dio a Vivian de pleno en el brazo. Ella trastabilló. Ronan se fue de lado con ella y el hombro le golpeó la pared con un ruido sordo.
Ronan se giró en seco.
—¿No vas a disculparte por eso? —dijo.
El hombre de Wyatt ni se inmutó.
Wyatt dio un paso adelante.
—El pasillo es estrecho —dijo—. Los accidentes ocurren. —Inclinó la cabeza—. Aunque supongo que hay gente que ocupa más espacio del que merece.
Vivian se quedó inmóvil. Clavó los ojos en Wyatt.
—Nos estás insultando —dijo ella.
—No he nombrado a nadie —dijo Wyatt. Tenía la cara completamente serena.
Ronan dio un paso hacia él.
—Esto no se me va a olvidar —dijo Ronan. Bajo. Contenido.
Wyatt se encogió de hombros.
—Claro.
Se dio la vuelta y vino directo hacia mí.
—¿Cómo está Elena? —preguntó.
—Entró hace unos quince minutos —dije—. Debería salir pronto.
Tenía el rostro tenso.
—¿Se ha hecho mucho daño?
—Una herida de plata en el brazo. Le han dado puntos. —Negué con la cabeza antes de que pudiera decir nada más—. No. No es culpa tuya. Ya sabes cómo es; si yo no hubiera estado justo ahí, habría sido peor.
—Yo me encargo de Vivian —dijo él.
—Lo sé. Y si necesitas apoyo, solo tienes que decirlo.
Asintió una vez.
La puerta de la sala de curas se abrió de golpe.
(Punto de vista del autor)
Elena salió con el brazo envuelto en un grueso vendaje blanco desde la muñeca hasta el codo. El analgésico aún no había hecho efecto. Tenía los bordes de los ojos rosados.
—La sanadora de ahí dentro —le dijo a Aria— tiene las manos de alguien que odia a la gente. Te juro que lo estaba disfrutando…
Recorrió el pasillo con la mirada.
Wyatt estaba allí de pie, mirándola.
El cuerpo se le movió antes de que el cerebro lo procesara. Giró sobre los talones y caminó directa hacia la puerta de la sala de curas.
La frente se le estampó contra el metal con un golpe seco.
—Ay…
Se agarró al marco de la puerta, tambaleándose hacia atrás, y chocó de espaldas contra un pecho cálido que no se movió.
La mano de Wyatt subió y le presionó la frente con suavidad. Habló en voz baja.
—¿Puedes mirar por dónde vas? —dijo—. Por una vez.
Elena se quedó rígida.
Lo empujó con el brazo bueno. Él no se movió ni un milímetro. Ya le había pasado el otro brazo por detrás y la mantenía quieta sin aparentar el menor esfuerzo.
—Suéltame —dijo ella.
Lo había llamado Wyatt todos los días durante ocho años.
Antes le salía fácil: en voz alta, sin pensarlo, como se llama a alguien que siempre está ahí.
Pero después de aquella noche —la noche en que estaba borracha y medio dormida y no dejaba de repetir su nombre, y él la había atraído hacia sí y la había besado hasta dejarla sin aliento—, la palabra se le había quedado atascada en la garganta.
Cada vez que asomaba, le daban ganas de desaparecer.
Volvió a empujarlo.
Se agachó, le miró el brazo y luego levantó la vista hacia Aria.
—¿Qué habitación? —preguntó él.
—Ya está todo listo —dijo Aria—. Seguidme.
La cogió en brazos sin avisar. Con los dos, en volandas desde el suelo.
—Bájame —dijo Elena.
Él ya estaba caminando.
Aria los guio por el pasillo hasta la habitación que había reservado. Empujó la puerta y se hizo a un lado.
Wyatt entró con Elena en brazos y la dejó sobre la cama como si no pesara nada. Se agachó, le quitó los zapatos y los dejó bien colocados en el suelo.
Elena se apartó rodando en cuanto tocó el colchón. Agarró la manta y se la subió hasta la barbilla.
Wyatt se sentó en el borde de la cama.
—¿Estás enfadada? —preguntó él.
Ella no respondió. Se arrebujó más en la manta.
Lo dejó estar un momento. Luego miró a Aria por encima del hombro.
—Vete a casa —dijo—. Yo me ocupo de ella.
Elena se incorporó de inmediato.
—No, ella no tiene por qué…
Se movió demasiado rápido. El vendaje tiró. Tomó aire de golpe y se quedó inmóvil, con los dos hombros rígidos.
Wyatt se volvió. Se inclinó hacia ella, con los ojos fijos en el vendaje, en busca de sangre.
—No te muevas —dijo en voz baja—. Vas a abrirte la herida.
—Pues deja de darme motivos para moverme —dijo ella entre dientes.
Lo empujó con la mano buena. Él no se movió.
—¿Qué te pasa? —preguntó él. Bajó la voz. Inclinó la cabeza y le observó la cara.
A Elena se le encendieron las mejillas.
Sabía perfectamente lo que le pasaba. Desde aquella noche no podía mirarlo sin que se le fuera la cabeza. No podía disimular. No podía volver a lo de antes.
Subió las rodillas y escondió la cara en ellas.
—Échate para atrás —dijo con la voz ahogada—. Deja de hablarme a cinco centímetros de la cara.
Él no se echó atrás.
Le sujetó la cara entre las manos y se la levantó.
—Dime qué te pasa —dijo él. Había algo en su voz que ella no había oído nunca. Algo que no era exactamente paciencia.
A Elena le ardía la cara.
—¿Quieres saberlo? —dijo ella.
Él la miró fijamente, sin pestañear.
Ella cerró los ojos. Se inclinó hacia delante. Sus labios tocaron los de él: suaves, levísimos, apenas un roce.
Entonces él le deslizó la mano hasta la nuca y la atrajo hacia sí.
El beso se volvió duro y decidido. Nada parecido a la forma cuidadosa y medida con la que se movía siempre por el mundo. Su lobo llevaba ocho años esperando ese momento exacto y no tenía ninguna intención de ser delicado.
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