CAPÍTULO 157
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(Punto de vista de Aria)
Elena ya estaba en mi sofá antes de que acabara de lavarme la cara.
Tenía el móvil inclinado hacia la ventana y recorría la sección de comentarios de la publicación con las fotos de novia de la noche anterior. Movía los ojos a toda velocidad y saltaba de un comentario a otro entre cientos.
Salí del baño con el pelo todavía chorreando y una lata de zumo en la mano. Casi se me cayó.
Elena alargó el brazo y la atrapó sin levantar la vista.
—Gracias —dije, y me dejé caer en el sofá a su lado.
Por fin encontró lo que buscaba: unos cuantos comentarios que mencionaban expresamente su tienda de novias. Se le pusieron los ojos rojos.
—Mira esto —dijo con la voz tomada—. Hay gente preguntando de verdad dónde está la tienda.
Di un trago lento al zumo y no dije nada.
Se volvió a mirarme con la cabeza ladeada.
—No me extraña que en los comentarios te llamen reina. Tu cara es una injusticia, directamente.
La miré de reojo.
—¿Has venido tan temprano solo para decirme eso?
—No. —Dejó el móvil—. Necesito que vengas conmigo a mi apartamento nuevo. Han empezado la reforma y no tengo ni idea de lo que estoy viendo.
—¿Y crees que yo sí?
—Cuatro ojos ven más que dos. —Lo decía completamente en serio—. Y aunque ninguna de las dos entienda nada, me siento mejor si estás tú.
Dejé el zumo y fui a por la chaqueta.
Salimos juntas.
El apartamento nuevo de Elena estaba en un complejo de lujo del sur de Denver que acababa de terminarse. Vi el cartel de la promotora junto a la entrada y aflojé el paso un segundo.
Stormcrest.
Elena me vio la cara. Hizo una mueca.
—Lo sé —dijo—. Pero el contrato está firmado y ya han empezado. Echarse atrás ahora es demasiado lío.
Alargué la mano y le di un golpecito en la nuca.
—No estaba diciendo nada. Es tu casa. Mis problemas con Ronan no tienen nada que ver contigo.
Sonrió. Subimos.
El apartamento estaba en el duodécimo piso. En cuanto empujamos la puerta, nos golpeó un olor amargo.
Elena entró, dio dos pasos y se detuvo.
—Me siento mal —dijo. Se había quedado pálida. Se tapó la nariz con la mano y retrocedió hacia la puerta—. Me da vueltas la cabeza. Noto el pecho raro.
Pasé por delante de ella y entré.
Mi olfato no era tan fino como el de un lobo completo, pero me quedé quieta en cada habitación y respiré con cuidado. Bajo el olor a madera nueva y a pintura había algo más. Tenue. Amargo.
Ya había visto algo así antes. Cuando envenenaron al abuelo, el curandero describió los primeros síntomas: mareos, opresión en el pecho, palidez. Exposición al acónito.
Arranqué un trocito de moldura de madera, lo envolví en un pañuelo de papel y lo guardé en el bolso.
Busqué a uno de los operarios y le pregunté de dónde venían los materiales.
—Lo trae la empresa de reformas —dijo—. Nosotros solo instalamos. Del suministro no nos encargamos.
Me dio el nombre de la empresa.
Lo reconocí. La familia Thorne tenía participación en ella.
No dije nada más. Me llevé a Elena abajo y cogimos un taxi directo a las oficinas de la empresa.
La recepcionista nos acompañó al despacho del gerente. Llamó, no obtuvo respuesta y abrió la puerta.
Dentro, un hombre estaba sentado en una silla. Una mujer estaba medio sentada en su regazo. Había dos copas de vino de lobo sobre el escritorio. Los dos levantaron la vista.
La mujer se puso de pie a toda prisa y se estiró la ropa de un tirón.
—¿No sabes llamar a la puerta? —soltó, y señaló a la recepcionista—. Una vez más y haré que mi padre te despida.
La recepcionista no dejaba de disculparse.
—Sí que he llamado. Nadie ha contestado.
La mujer dirigió su mirada furiosa hacia Elena y hacia mí.
La reconocí. Ivy Thorne. La hermana mayor de Vivian.
—¿Hace falta que llame a seguridad? —dijo con voz inexpresiva.
Entré.
—Mi amiga vive en el complejo nuevo que gestiona su empresa —dije—.
Firmó un contrato de reforma con ustedes.
La madera que hay en la obra lleva extracto de acónito en el barniz protector.
Estuvo dentro menos de un minuto y empezó a marearse y a quedarse sin aire.
—Miré a Ivy directamente—. ¿Ese lote pasó algún tipo de control de calidad?
Ivy agitó la mano como si espantara una mosca.
—Nuestros materiales están en perfecto estado. No hay ningún problema. No sé de qué me hablas. Tenéis que marcharos.
Se lo noté en la cara. No estaba del todo en la inopia. Simplemente no quería lidiar con el asunto. Si le llevaba la contraria a Vivian, Vivian se lo llevaría a Ronan. Era más fácil fingir que no había oído nada.
—Si no piensan ocuparse de esto —dije—, avisaré a los ejecutores de la manada.
El aire de la habitación cambió.
A Ivy se le quedó la cara rígida.
El hombre que estaba a su lado se levantó. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una navaja plegable. La hoja era de plata.
Un lobo que lleva plata encima no viene a hablar.
Nos apuntó a Elena y a mí. Su voz sonó áspera.
—Pensadlo bien antes de hacer esa llamada. Los ejecutores no van a llegar más rápido que esto.
Los dos habían bebido. Ya no les quedaba juicio.
Bajé la voz.
—Elena. Ve hacia la puerta.
Elena tenía carácter. Que la amenazaran a la cara solo empeoró las cosas. En lugar de moverse, sacó el móvil, lo levantó y marcó el número de emergencias de los guardianes de la manada allí mismo, en la habitación.
Se lo llevó a la oreja.
Ivy y el hombre palidecieron.
Al hombre se le descompuso la cara. El alcohol tiraba de él. Echó el brazo atrás y le lanzó el cuchillo a Elena.
Elena se quedó paralizada.
La agarré y la empujé de un tirón detrás de mí.
No fui lo bastante rápida.
La hoja le alcanzó el brazo. Le abrió un corte profundo. La piel de alrededor se puso gris negruzca casi al instante y la sangre le empapó la manga en segundos.
El olor me golpeó. Carne quemada.
Chloe se estremeció con violencia en lo más hondo de mí.
Plata.
El hombre se quedó mirando lo que había hecho. Se le fue de la cara la expresión de borracho. Empezó a retroceder.
No tenía tiempo para él. Rodeé a Elena con el brazo y la saqué de allí a toda prisa, escaleras abajo, y la metí en un taxi.
—Al hospital —dije—. Ya.
(Punto de vista del autor)
En cuanto se marcharon, Ivy se quedó inmóvil en su despacho.
Se volvió y le cruzó la cara al hombre de una bofetada. Después le empezaron a temblar las manos. Cogió el móvil y llamó a Vivian.
Vivian acababa de dejar la comida en el despacho de Ronan. Dejó los recipientes sobre el escritorio y estaba ordenando las carpetas de la estantería cuando le sonó el móvil.
Lo puso en altavoz y siguió a lo suyo.
La voz de Ivy llegó por la línea, tensa y quebrada.
Apenas había terminado la primera frase cuando las palabras empezaron a atropellarse unas con otras.
La amiga de Aria había resultado herida en su despacho.
Había pasado porque Vivian les había dicho que usaran esos materiales sin autorización.
Y ahora que la cosa había salido mal, Vivian tenía que dar la cara.
Vivian no respondió.
A su espalda, el aire cambió.
Se giró despacio.
Ronan estaba de pie en el umbral. No se había movido. Tenía los ojos clavados en ella, fríos e inmóviles.
Habló en voz baja.
—¿Qué has hecho?
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