CAPÍTULO 155
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(Punto de vista de Aria)
Salí del probador.
El escote era palabra de honor y el aire fresco me dio de lleno en la clavícula y el cuello. Los rizos, largos, me caían hasta la cintura y no dejaban de rozarme la espalda.
Kai no se movió. No dijo nada. Clavó los ojos en mí y, por un segundo, me pareció ver algo destellar en ellos, como una esquirla de luz al rozar un espejo.
Chloe se removió en silencio en algún lugar muy dentro de mí.
Sentí que se me encogía el estómago.
Tenía la cara demasiado inmóvil. Demasiado serena. No conseguía leerle nada, y eso me ponía más nerviosa que si hubiera reaccionado.
—¿Y bien? —pregunté—. ¿Me queda bien?
Parpadeó, como si acabara de volver de muy lejos. Giró un poco la cabeza hacia un lado y dijo en voz baja:
—Es preciosa.
Pero no me estaba mirando cuando lo dijo.
Había apartado la vista.
Fruncí el ceño. Me estaba halagando, pero no me miraba mientras lo hacía. No sabía si lo decía en serio.
Dejó la revista y se levantó. Cruzó la sala, me cogió de la mano y me llevó hasta un espejo grande de cuerpo entero que había junto a la pared del fondo: el recargado, el del marco dorado.
Me soltó la mano y se quedó a mi lado, mirando mi reflejo.
—Preciosa —repitió. Esta vez le salió la voz más firme.
Todavía notaba el calor en la palma, donde habían estado sus dedos.
Me miré en el espejo. El vestido me quedaba perfecto. La cola se extendía por el suelo detrás de mí. Parecía… de verdad parecía una novia.
No estaba mintiendo.
Busqué sus ojos en el reflejo.
—¿Por qué no me mirabas hace un momento? —pregunté.
Se quedó callado un instante.
—No quería quedarme mirándote fijamente —dijo—. No quería incomodarte.
Me relajé.
No me molestaba que me mirara. Me di cuenta en cuanto lo dijo.
—Para que quede claro —dije—, tú también estás guapo.
Bajó la vista hacia el traje blanco que se había puesto mientras me esperaba.
—Lo dices por decir —contestó, con una sonrisilla en la comisura de los labios.
—No lo digo por decir. —Me giré un poco para quedar frente a él—. Ya eras… bueno, ya sabes. Y encima te pones un traje blanco. Funciona.
Se rio bajito. No me lo discutió.
Elena apareció de la nada, se plantó entre nosotros y nos pasó un brazo por los hombros a cada uno.
—Vale, tengo que decirlo —anunció—. Que vosotros dos estéis el uno al lado del otro debería ser ilegal. Es una injusticia para todos los demás de esta sala.
Soltó el hombro de Kai y se volvió hacia mí con su mejor cara de conspiradora.
—Bueno. Tengo una propuesta.
Estaba de buen humor, así que le seguí el juego.
—Adelante.
—La tienda quiere fotos promocionales —dijo—. De las de verdad. No esas poses corporativas de catálogo. Ya les he dicho que puede que conozca a alguien. —Nos señaló a los dos—. Vosotros dos, con esa ropa, en esta tienda… sería un desperdicio no hacerlo.
Miré a Kai.
Me sostuvo la mirada.
—Si tú quieres, a mí no me importa.
Elena ya había localizado al fotógrafo al otro lado de la sala y le estaba haciendo señas para que se acercara antes de que yo abriera siquiera la boca.
Pasamos toda la tarde en esa tienda.
El fotógrafo nos fue moviendo de un lado a otro: junto al espejo, cerca del ventanal, en lo alto de la escalerita del fondo. La luz fue cambiando conforme avanzaba la tarde. Para cuando el sol empezó a hundirse detrás de los edificios de la calle, la tienda se había vuelto cálida y dorada.
Cuando terminamos, volvimos a ponernos nuestra ropa.
Elena nos llevó a cenar a un restaurante cercano. En cuanto nos sentamos, sacó el móvil y empezó a teclear con esa cara suya: la que significaba que estaba haciendo algo que no me iba a contar hasta que ya estuviera hecho.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
Levantó la vista.
—Publicar las fotos en los foros de la comunidad lobuna. Contenido promocional para la tienda.
Me quedé mirándola.
—¿Vas a usar las que salimos Kai y yo?
—Obviamente. —Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, como si la conversación estuviera zanjada—. No te importa, ¿verdad?
Abrí la boca.
—A mí no me importa —dijo Kai antes que yo.
Lo miré. Ya estaba cogiendo la carta.
Lo dejé pasar y bajé la vista a la mía.
Después de cenar, nos despedimos los tres en la puerta del restaurante. Elena me abrazó, le dijo adiós a Kai con la mano y desapareció al girar la esquina.
Kai me llevó en coche hacia mi apartamento. Estábamos a unos diez minutos cuando le sonó el teléfono.
Connor.
No lo puso en altavoz, pero el volumen estaba lo bastante alto para que pillara retazos desde el asiento del copiloto.
—… Agnes ha traído gente… esperando fuera del edificio… ¿Quiere que los eche?
Estábamos en un semáforo en rojo. Kai pisó el freno y se volvió para mirarme.
—¿Cómo quieres manejarlo?
Lo pensé unos dos segundos.—Que los atrapen. Que los retengan hasta que yo llegue.
Él volvió al teléfono.—Ya la has oído.
La voz de Connor le llegó, corta y clara.—Me pongo a ello.
El semáforo se puso en verde.
Volvimos a incorporarnos al tráfico y lo miré.
—Has tenido gente vigilando mi edificio todo este tiempo, ¿verdad?
No lo negó.—Después de lo que pasó con la familia de Victor, me preocupaba que intentaran algo. Puse a alguien a vigilar.
Hizo una pausa.—¿Estás enfadada?
Me quedé callada un momento.
—Antes —dije—, si alguien hubiera hecho eso sin decírmelo, sí. Probablemente me habría enfadado.
—¿Y ahora?
Miré por la ventanilla. Las farolas empezaban a encenderse.
—Ahora lo siento distinto —dije. Me salió la voz más baja de lo que pretendía—. Solo… dame un poco más de tiempo. Déjame seguir caminando hacia ti.
El coche se quedó en silencio durante un buen rato.
Después lo oí hacer un sonido grave. Uno solo.
—Vale.
Llegamos a mi edificio unos diez minutos después. Connor ya estaba allí, de pie en la acera con una barra de hierro apoyada en el hombro, unos cuantos tipos más detrás de él, y Agnes y tres hombres a los que no reconocí, inmovilizados contra el bordillo.
Salí del coche y miré a Connor.
—Cada vez que te veo pareces más un camorrista de barrio —le dije.
Connor sonrió de oreja a oreja, sin inmutarse lo más mínimo.—Antes de que el jefe me sacara del circuito de los rogue, eso era exactamente lo que era. No hago más que volver a mis raíces.
Lo miré —a ese hombre escandaloso y temerario— y después pensé en Kai, que nunca levantaba la voz, que lo guardaba todo tan hondo dentro de sí que jamás sospecharías que estaba ahí.
¿Cómo habían acabado tan unidas dos personas tan distintas?
Aunque, bueno. Me hacía una idea bastante clara de lo que Kai era capaz cuando algo lo empujaba de verdad más allá de esa calma. Lo de Damon. Lo de Harvey. Y otros.
Puede que, cuando Kai perdía los nervios de verdad, fuera peor de lo que Connor había sido nunca.
La voz de Agnes irrumpió en mis pensamientos.
—¡Quítame las manos de encima! —Estaba de rodillas, con uno de los hombres de Connor inmovilizándola. Giró la cabeza hacia mí y se rio con una risa afilada y fea—. ¿Crees que me da miedo pasar unos años en un centro de detención? Cuando salga, tú y el viejo os vais a arrepentir de esto.
Caminé hacia ella despacio.
—Agnes —dije.
—¿De verdad crees que vas a tener la oportunidad de salir?
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