CAPÍTULO 154
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(Punto de vista de Aria)
Ronan alargó la mano y arrancó el anillo de un tirón de la correa de mi bolso.
Lo sostuvo entre dos dedos y lo miró como si acabara de descubrir la carta ganadora.
—Mucho hablar de cortar lazos —dijo con la voz rebosante de satisfacción—, pero has llevado nuestro anillo de boda encima todo este tiempo.
Me miró con esa expresión de suficiencia que tan bien conocía.
—Eso no es precisamente pasar página, ¿no?
Ni siquiera me molesté en levantar la vista.
—Lo cogí al salir de Stormcrest —dije—. Lo colgué del bolso porque pensé que acabaría vendiéndolo.
Me quité una pelusa de la manga.
—Luego me lié con otras cosas y se me olvidó.
—Sí, claro —dijo él.
—Piénsalo —dije—. Si de verdad me importara ese anillo, ¿lo llevaría colgando de la correa de un bolso como un llavero cualquiera?
Por fin lo miré.
—Está ahí colgado precisamente porque no significa nada para mí. Ni siquiera lloraría si lo perdiera.
Era evidente que Ronan no se creía ni una palabra.
Apretó la mandíbula.
Me encogí de hombros.
—Lo que pasa por mi cabeza es asunto mío —dije—. Y de la gente que de verdad me importa.
Los ojos se me fueron hacia Kai solos.
Me estaba observando y, al oírme, se le curvó apenas la comisura de la boca.
Lo había entendido.
Ronan también.
Apretó las muelas con tanta fuerza que casi pude oírlo.
—Muy bien —soltó—. Entonces lo tiraré. Ahora mismo. A ver qué te parece.
—No lo hagas —dije.
Empezó a esbozar una sonrisa.
—Ese anillo lo pagué yo —dije antes de que pudiera disfrutarlo—. Más de un millón de dólares. ¿La reliquia familiar de los Stormcrest, el anillo que llevaron todas las Lunas antes de mí? No llegué ni a verlo. Me compré el mío.
Elena hizo un ruidito a mi lado. Estaba claro que intentaba no reírse.
—Así que no lo tires —dije—. Lo voy a llevar a subasta. Puede que recupere algo.
Elena dejó de intentar contenerse.
La expresión de Ronan se endureció.
Di un paso adelante y le quité el anillo de la mano.
—Y ya que estamos —dije—, ¿dónde está el tuyo?
Parpadeó.
—Ese también lo pagué yo —dije—. Me gustaría recuperarlo.
—Lo perdí —dijo con sequedad.
—Entonces transfiéreme el dinero.
—Vale. Cien mil.
—Un millón —dije—. Es lo que pagué.
—He dicho que te transferiría cien mil.
Hice un gesto con la mano.
—Déjalo —dije—. Quédatelo. O no.
Lo miré una última vez.
—No quiero absolutamente nada de los Stormcrest.
Me volví hacia Kai.
—Vámonos.
Kai asintió y echó a andar a mi lado.
Dimos dos pasos.
La mano de Ronan salió disparada hacia mi muñeca.
Kai fue más rápido.
Le cerró la mano en torno a la muñeca de Ronan: un movimiento limpio, firme, sin la menor vacilación.
—No —dijo Kai.
Una sola palabra. Serena. Rotunda.
Le soltó la muñeca y el impulso hizo que Ronan retrocediera dos pasos a trompicones.
Ronan recuperó el equilibrio, aunque por los pelos.
Los ojos se le pusieron de un ámbar oscuro durante apenas un segundo: el color que significaba que su lobo estaba a flor de piel.
Lo había hecho retroceder un humano.
No me permití reaccionar. Simplemente seguí caminando.
Kai iba a mi lado y no miró atrás ni una vez.
Detrás de nosotros, la voz de Elena resonó con claridad.
—Seguridad, acompañen a estos clientes a la salida. A los tres.
(Punto de vista del autor)
Fuera de la tienda, Ronan se quedó en la acera sin decir nada.
La imagen seguía reproduciéndose en su cabeza: la mano de Thane cerrándose en torno a su muñeca, Aria marchándose sin volver la vista, los dos juntos, uno al lado del otro, saliendo por la puerta de cristal.
Algo en el pecho no dejaba de tirar de él, como un anzuelo que no lograba alcanzar.
Sabía lo que era. Simplemente no estaba dispuesto a ponerle nombre.
Vivian miró a Daisy.
Daisy se aclaró la garganta.
—La fecha de la ceremonia se echa encima —dijo con cautela—. Hoy no hemos mirado nada. Lo del vestido no puede esperar mucho más.
Bajó la voz.
—Y, sinceramente, con el tira y afloja que has tenido con Aria delante de Vivian… no sé si te paras a pensar en cómo queda eso.
Aquello dio en el blanco.
Alargó el brazo y le cogió la mano a Vivian.
—Lo siento —dijo—. No debería haber dejado que llegara a ese punto.
Vivian alzó la vista hacia él.
—No pasa nada —dijo ella en voz baja.
Le apretó la mano y no dijo nada más.
Su expresión era serena. Paciente. Comprensiva.
Pero por debajo de todo aquello, algo le ardía dentro.
Vivian mantuvo el rostro inmóvil.
Podía esperar.
(Punto de vista de Aria)
Ya me había puesto un vestido de novia una vez.
Aquella mañana estaba tan contenta. Me lo abroché con cuidado, me miré en el espejo una docena de veces y después me quedé sola, sentada en Riverside Cottage, hasta que amaneció.
No vino nadie.
Después de aquel día me prometí que no volvería a ponerme uno por los motivos equivocados.
No esperaba encontrarme en una tienda de novias con otra persona.
Tampoco esperaba sentirme nerviosa por ello.
Había entrado repitiéndome que solo íbamos a echar un vistazo. Solo a mirar. Sin ningún compromiso.
Pero en algún momento, entre la entrada y el probador, algo cambió.
Le pedí a una de las maquilladoras que me retocara la cara antes de probarme nada.
No sabría explicar exactamente por qué.
Hoy solo quería parecerme a mí misma. A la mejor versión de mí misma.
El vestido que sacaron era de una elaboración minuciosa. El corpiño era entallado, con un bordado delicadísimo, y la cola se extendía por detrás en una caída larga y pesada.
Tres dependientas entraron en el probador para ayudarme a ponérmelo.
Tardamos un buen rato.
Cuando por fin alargué la mano y descorrí la cortina, me detuve un segundo en el umbral.
Kai se había puesto un traje blanco mientras esperaba.
Estaba sentado en una de las butacas tapizadas, junto a la pared de espejos, con una pierna cruzada sobre la otra, y hojeaba una revista sin mucho interés.
Había algunos clientes más en la tienda.
Dos de las dependientas rondaban más cerca de su asiento de lo que hacía falta.
Una mujer, junto al expositor de accesorios, no dejaba de mirarlo y apartaba la vista cada vez que él no le devolvía la mirada.
Había algo en su manera de sentarse: relajado, pero no accesible. Quieto, pero sin invitar a nada. La gente lo miraba y enseguida se frenaba, como si se hubiera plantado ante una puerta y hubiera decidido no llamar.
Las anillas de la cortina rasparon contra la barra cuando la descorrí.
Levantó la vista de la revista.
Sus ojos me encontraron.
Y se quedó completamente inmóvil.
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