Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 152
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CAPÍTULO 152

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(Punto de vista de Aria)

Lila sacó las garras.

Se me echó encima con las dos manos en alto, directa a la cara.

Me hice a un lado y le enganché el tobillo con el pie.

Cayó con fuerza. De camino al suelo se dio con la frente en la esquina de la mesilla. Se le abrió la piel. La sangre empezó a manar al instante.

—¡Lo has hecho a propósito! —chilló, con las dos manos apretadas contra la frente—. ¡Quieres destrozarme la cara!

El abuelo siguió con los ojos cerrados.

—Sacadla de aquí —les dijo a los ejecutores que había junto a la puerta.

Agnes reaccionó rápido. Se plantó delante de los ejecutores y extendió los brazos en cruz.

—No os atreváis a tocarla —espetó Agnes—. Lila es la legítima heredera de Ravenshade. Cuando ocupe su lugar como Alpha, todos y cada uno de vosotros responderéis por esto.

Los ejecutores dudaron. Se miraron entre sí y luego a mí.

El abuelo abrió los ojos.

El peso que emanó de él en ese instante era algo que no le notaba desde hacía mucho tiempo. Viejo y cansado como estaba, el Alpha que llevaba dentro seguía ahí.

—La única heredera de Ravenshade es Aria —dijo—. Vuestra lealtad le pertenece a ella. Eso es todo.

Algo cambió en la habitación.

Incluso los ejecutores que Agnes había traído consigo se detuvieron. Uno a uno, se apartaron de ella y se acercaron a Lila.

A Lila se le descompuso el rostro.

—No puedes hacer esto —dijo—. Soy tu verdadera nieta. Tu sangre. ¿Cómo puedes entregarle la manada a una desconocida? Mis padres están muertos. Murieron creyendo que tú cuidarías de mí. ¿Cómo puedes hacerles esto?

Se le rompió la voz en sollozos mientras los ejecutores se cerraban a su alrededor.

La arrastraron hacia la puerta. No dejó de gritar en todo el camino; su voz rebotaba contra las paredes y se fue apagando a medida que la llevaban a rastras por el pasillo.

Después se hizo el silencio.

La habitación parecía más grande sin todos ellos allí.

Me quedé junto a la cama del abuelo y por un momento no dije nada.

—No soy tu verdadera familia —dije—. ¿Seguro que está bien dejarme la manada?

Se quedó callado unos segundos.

—Eres mi nieta —dijo—. Eso no ha cambiado. —Tomó aire despacio—. Ravenshade necesita un futuro. Tú eres la única que puede dárselo.

No contesté enseguida.

Al final dije:

—Lo entiendo.

Se removió sobre la almohada.

—Lila ha obrado mal. Lo sé. Pero sigue siendo la hija de mi hijo. —Hizo una pausa—. No la destruyas del todo. Sigue las normas. Enciérrala en el centro de detención de la manada. Deja que piense en lo que ha hecho.

—Lo haré —dije.

No me quedé mucho más después de eso. Llamé a Maggie, de la casa de la manada, y le pedí que viniera a hacerle compañía. Les dije a los ejecutores de fuera que reforzaran la seguridad alrededor de la habitación. Luego me marché.

Los días siguientes fueron un torbellino.

Recuperar el control de la gestión de la manada suponía limpiar todo lo que Lila había tocado. Había contratos que revisar, decisiones que revertir y disputas legales que se habían acumulado mientras ella jugaba a ser Alpha. Apenas me daba tiempo a respirar.

En medio de todo aquello conseguí visitar a Kai dos veces. Visitas cortas. Cada vez tenía mejor aspecto. Cuando supe que le habían dado el alta, por fin me permití respirar tranquila.

Al llegar el fin de semana, tenía un día libre.

Elena me mandó un mensaje por la mañana. Se había hecho cargo de una tienda de vestidos de novia y la inauguraba ese mismo día. Quería que fuera a probarme vestidos. Sus palabras: «Tienda entera para ti, pruébate lo que quieras».

Me puse una capa ligera de maquillaje, cogí un bolso y salí por la puerta.

Los arces de la calle ya habían perdido todas las hojas. Las ramas estaban desnudas. Pero hacía sol, algo raro a finales de otoño. La tienda no estaba lejos de mi apartamento, así que fui andando.

A mitad de camino me sonó el teléfono.

Era Kai.

—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó.

—Supongo que la pasaré con Elena —dije.

—¿Estás con ella ahora?

—No, voy de camino. Hoy ha abierto una tienda de novias. Quiere que vaya a verla.

Una breve pausa.

—¿Vas a probarte algo?

—Probablemente.

—¿Quieres compañía?

Estuve a punto de decir que no. La palabra ya la tenía en la boca.

Pero me la tragué.

—Creo que sí —dije en voz baja.

Me salió más suave de lo que pretendía. En algún lugar muy dentro de mí, Chloe se removió.

Kai se quedó callado unos segundos.

Me pidió la dirección.

Se la di y colgué.

Me quedé un instante allí, en la acera, repasando lo que acababa de decir. Notaba la cara caliente. Pensé: «¿Eso cuenta como dar el primer paso?».

La imagen de él con traje, de pie a mi lado, se me metió en la cabeza antes de que pudiera impedirlo.

Eché a andar de nuevo. El sol parecía un poco más cálido de lo habitual.

La tienda de novias ya era un hervidero cuando llegué. Era el día de la inauguración, así que entraba y salía gente solo para curiosear.

Elena me esperaba en la puerta. En cuanto me vio, me agarró del brazo y me arrastró adentro.

—He metido en este sitio todo lo que tenía —dijo, con un orgullo que no le cabía en el cuerpo—. Me licencié en diseño. Así por fin puedo vender mis propios diseños.

Sonrió de oreja a oreja.

—Y, sinceramente, todas las chicas hemos soñado con esto alguna vez.

Así era Elena. Hacía las cosas porque le apetecía, no porque cuadraran sobre el papel. A mí me daba miedo que perdiera dinero. Pero una vez que se le metía algo en la cabeza, no había forma de sacárselo.

La tienda estaba dividida en dos. En un lado, vestidos de novia. En el otro, vestidos de gala para ceremonias de apareamiento.

Me enseñó unos cuantos vestidos y me preguntó cuáles quería probarme.

—Dentro de un rato —dije—. Estoy esperando a alguien.

Se quedó quieta. Luego se le fue dibujando una sonrisa despacio.

—¿Es Kai?

No contesté. Con eso ya tenía respuesta de sobra.

—¿Cuándo ha pasado esto? —preguntó.

—Todavía nada —dije.

—Pues está a punto de pasar. —Me dio un codazo en el brazo—. Lánzate más. Que no tenga que adivinarlo.

Antes de que pudiera responder, una voz se abrió paso entre el ruido, desde algún punto cercano.

Daisy.

A las dos se nos borró la sonrisa al mismo tiempo.

Daisy era la sombra de Vivian. Y donde estaba Vivian, Ronan no andaba lejos.

Nos dimos la vuelta.

Los tres estaban allí, a unos pasos de nosotras. Ronan, Vivian y Daisy.

Daisy nos miró como si nos hubiéramos equivocado de sitio.

—¿Qué hacéis vosotras dos aquí? —dijo, con la voz cargada de veneno.

No me molesté en responder.

Elena contestó sin pestañear.

—Probándonos vestidos, está claro. —Miró a Daisy de arriba abajo—. ¿Y tú? ¿Lo de siempre? ¿Has venido solo por las copas gratis?

A Daisy se le encendió la cara.

Pero Ronan habló antes que ella.

Tenía los ojos clavados en mí. Fríos y directos.

—¿Con quién has venido? —preguntó.

—Eso no es asunto tuyo —dije.

Miré por encima de su hombro, hacia Vivian. Tenía el gesto tenso. Se esforzaba por aparentar que todo iba bien.

—¿Habéis venido a mirar vestidos? —dije—. Vivian, no parece que te haga mucha ilusión.

Vivian forzó una sonrisa.

—Estoy bien.

Dejé que se me curvara apenas la comisura de la boca.

—Lo estés o no, eso lo sabrás tú mejor que yo. —Mantuve el tono tranquilo—. Ya lo dije en su momento: Ronan no es alguien con quien merezca la pena construir un futuro. No quisiste oírlo. No puedo impedirte que te tires de cabeza.

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