CAPÍTULO 145
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(Punto de vista de Aria)
Habían pasado dos días y dos noches.
De más de cien personas sepultadas entre los escombros, habían sacado con vida a menos de diez.
No sabía si Kai era uno de ellos.
Dejé a Barnaby en el suelo y me abracé las rodillas contra el pecho, sentada contra el borde del sofá. Hablé en voz baja.
—Puede que, ahora mismo, no tener noticias sea la mejor noticia.
Los que había enviado seguían allí, sin moverse del terreno.
Si llegaba algo, si había alguna noticia, solo podía significar una cosa.
Prefería no saber nada antes que escuchar eso.
Barnaby se acercó trotando y pegó el cuerpo caliente contra mi pierna. No me moví.
Elena debió de notar algo en mi voz, porque cambió de tema enseguida.
—¿Vas a contarle a tu abuelo lo de Lila?
—Todavía no —dije—. No se ha recuperado físicamente. No necesita esto ahora.
—Pero cuando hagas caer a Lila —dijo Elena con cautela—, se va a enterar de que se lo ocultaste. ¿Crees que se enfadará?
Me quedé callada un momento.
—Puede —dije—. Pero tengo que hacerlo de todas formas.
Apoyé la cabeza en el cojín.
—Dejé que Lila campara a sus anchas en la empresa porque es de su sangre. Pensé que eso significaba algo. Pensé que no cruzaría esa línea.
Hice una pausa.
—Me equivoqué. La cruzó. Y ahora no puedo dejarla cerca de él; sería como alimentar algo que acabará mordiéndole.
—¿Aunque después te culpe por ello?
—Aunque sea así.
Elena se quedó callada un segundo. Luego, más suave:
—Si se te hace demasiado cuesta arriba, ven a buscarme. A cualquier hora.
Algo se me aflojó en el pecho, solo un poco.
—Lo sé —dije—. Gracias.
(Punto de vista del autor)
Al día siguiente era la ceremonia de investidura de Lila.
Había reservado el salón de baile del hotel más caro de la ciudad. La decoración era excesiva: flores en cada superficie, detalles dorados en la vajilla, personal con uniforme de gala formando fila en la entrada.
Lila había elegido el lugar ella misma.
Desde que la familia Ravenshade la había acogido de nuevo, todo lo que tocaba tenía que ser la opción más cara disponible. En apenas unos días se había fundido una cantidad considerable de los fondos de la manada.
Hoy llevaba un traje de chaqueta hecho a medida. Se había esmerado en dar la imagen del cargo.
Agnes había invitado a los alfas de las principales manadas locales y a figuras clave del mundo empresarial, con la esperanza de darle a Lila una ventaja inicial para empezar a tejer contactos.
Casi la mitad no apareció.
Lila lo notó de inmediato. Se le borró la expresión de la cara. Se llevó a Agnes a un aparte y bajó la voz.
—¿Por qué hay tan poca gente? ¿Es porque antes era camarera? ¿Creen que estoy por debajo de ellos?
Para sí, Agnes le daba la razón. Lila le daba vergüenza: tosca, sin el menor instinto para este mundo.
Pero Lila seguía siendo útil. Así que Agnes mantuvo el gesto impasible.
—Son personas ocupadas —dijo—. No tiene nada que ver contigo. No le des más vueltas.
(Punto de vista de Aria)
Cuando llegué, el salón de baile ya se estaba llenando.
Llevaba un jersey de cachemira blanco de cuello alto bajo un abrigo negro largo, pantalones oscuros de corte ajustado y botas de cuero negras. Tenía el pelo recogido, con unos mechones sueltos a la altura de la mandíbula.
Lila me localizó en el momento en que entré.
Su sonrisa se congeló apenas un segundo, como si no hubiera esperado que apareciera y, desde luego, no con ese aspecto.
Se recompuso y vino hacia mí, forzando otra vez la sonrisa.
—No estaba segura de que vinieras hoy.
La miré sin alterarme.
—¿Esperabas que no lo hiciera?
La expresión de Lila se tensó.
—Solo quería decir que hoy es mi ceremonia —dijo, sobreponiéndose—. Pensé que podría resultarte incómodo. Siendo tú la que se va.
Dejé que se me curvara un poco la comisura de la boca.
—La ceremonia no ha terminado. El traspaso no se ha producido. Y ya me estás llamando «la que se va».
Incliné la cabeza.
—¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?
A Lila se le tensó la mandíbula. No contestó.
Antes de que pudiera recomponerse, su mirada se desvió por encima de mi hombro. Algo se le encendió en los ojos: un destello de satisfacción, rápido y mezquino.
—¡Alfa Ronan! —exclamó, con la voz de pronto cálida y alta.
No me giré.
No hacía falta. En todo Denver solo había una persona a la que quisiera ver menos que a Lila en ese momento, y ella lo sabía de sobra.
Se oyeron unos pasos acercándose.
Vivian apareció primero al borde de mi campo de visión, del brazo de Ronan. Luego Ronan se detuvo delante de nosotras.
Sus ojos se posaron en mí.
Y ya no se movieron.
Lila ya estaba hablando, con voz alegre y entusiasta: que qué espléndidos estaban los dos, que qué pareja perfecta hacían allí juntos.
Hice un ruido quedo con la garganta.
—Te estás esmerando mucho con los halagos.
Lila titubeó. Era evidente que nunca había asistido a un evento social de ese tipo. No sabía leer el ambiente. Se había limitado a soltar todos los cumplidos que se le ocurrieron, con la esperanza de que alguno diera en el blanco.
Ronan seguía sin escucharla.
No había apartado los ojos de mí.
Vivian se dio cuenta. Cualquiera que estuviera atento se habría dado cuenta. Pero mantuvo la expresión perfectamente serena. Sonrió y retomó el hilo de la conversación con soltura.
—Lila es encantadora —dijo Vivian. Luego, con ligereza, añadió—: ¿Deberíamos llamarte ya señorita Ravenshade? Al fin y al cabo, el linaje auténtico eres tú.
El énfasis fue sutil. Pero estaba ahí.
Lila lo captó al instante.
Se volvió hacia mí con una expresión que pretendía parecer reflexiva, pero que en realidad solo delataba lo satisfecha que estaba consigo misma.
—El abuelo todavía no me ha cambiado el nombre oficialmente, así que por ahora Lila está bien —dijo—. Cuando salgan los papeles, ya lo cambiaremos.
Hizo una pausa y ladeó la cabeza hacia mí.
—Pero cuando sea oficialmente Lila Ravenshade…, ¿en qué lugar te deja eso a ti? Las cosas podrían complicarse un poco, ¿no crees?
La miré.
—No te preocupes por mí —dije—. He llevado este nombre más de veinte años. Y lo seguiré llevando.
Le sostuve la mirada.
—Que tú estés a la altura de llevarlo…, eso aún está por ver.
La expresión amable se le resquebrajó por los bordes.
Volvió a forzar una sonrisa, pero no le llegó a los ojos.
—Yo soy la nieta de verdad del abuelo —dijo—. Si hablas así, la gente va a pensar que quieres disputarme la manada.
Dejé que la mirada se le quedara encima, tranquila y firme.
—Es exactamente lo que pienso hacer.
Dentro de mi pecho, Chloe levantó la cabeza.
En el salón de baile, nadie se movió.
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