CAPÍTULO 143
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(Punto de vista de Aria)
Tecleeé deprisa en el ascensor.
Ven al hospital. Trae gente. Ya.
La respuesta de Elena llegó en menos de un minuto.
Voy para allá.
La necesitaba. Los ejecutores del hospital ya no eran míos; no esa noche, no después de que ese documento hubiera salido adelante. Los pasillos ya estaban llenos de la gente de Lila. Si entraba sola en urgencias, me pararían en la puerta.
Elena esperaba en la entrada cuando llegué. Venía con cuatro personas.
No aflojé el paso.
—Seguidme.
Avanzamos rápido hacia urgencias.
Elena trotaba para seguirme el ritmo.
—He visto las noticias. Las Vegas. ¿Has conseguido hablar con Kai?
El paso me falló solo un instante.
—Su teléfono no da señal.
—Aria…
—Ahora no puedo pensar en eso. —Seguí caminando—. Me prometió que se mantendría lejos de ese hotel. Él cumple sus promesas.
Lo dije en voz alta para creérmelo.
Seguí caminando.
Lila y Agnes ya estaban en el pasillo, frente a la sala de urgencias.
Lila me vio llegar y no se molestó en disimular. Su cara era puro desprecio.
—La antigua heredera de la manada Ravenshade —dijo—. ¿Qué haces aquí?
Pasé de largo y me detuve frente al ejecutor apostado junto a la puerta de urgencias.
—¿Cómo está mi abuelo?
—Los sanadores han dicho que la intervención ha ido bien —respondió—. Sabremos más cuando lo saquen.
—Eso es todo lo que vas a saber —dijo Lila a mi espalda—. Aquí ya no tienes autoridad.
Me giré.
Dio un paso al frente, me agarró del brazo y apretó.
—Yo soy la heredera de verdad. Esta manada es mía ahora. Tienes que…
Me moví antes de que terminara.
La agarré por el hombro, la hice girar y la empujé de espaldas contra la pared. Le puse el antebrazo en la garganta. No lo bastante fuerte para hacerle daño. Lo bastante fuerte para pararla.
Le salieron las garras. No podía alcanzarme.
—¡Suéltame! ¡Estás loca!
La miré y no me moví.
—¿Qué le habéis hecho Agnes y tú a mi abuelo esta noche?
Se le fueron los ojos hacia un lado.
—También es mi abuelo. ¿Por qué iba a hacerle daño?
Apreté un centímetro más.
El gruñido de Chloe me subió por el pecho y me salió por la garganta, grave y quedo.
—Más te vale que esté bien —dije—. Porque si no lo está… me da igual la sangre que lleves. Me encargaré personalmente de que lo pagues.
Agnes se metió entre nosotras de un empujón y tiró de Lila hacia atrás.
Se colocó delante de ella y compuso una expresión que pretendía parecer preocupada.
—Estamos tan preocupadas por Richard como tú —dijo—. ¿Por qué nos atacas? ¿Qué hemos hecho?
Luego su voz se endureció.
—Sigue así y haré que te echen de este hospital. No lo vas a ver en absoluto.
—Adelante —dije.
Se quedó mirándome.
—Inténtalo —dije.
Agnes se volvió hacia los ejecutores del pasillo.
—Echadla. Ahora.
Nadie se movió.
Los ejecutores se miraron entre sí. Ni uno dio un paso adelante.
A Agnes se le puso la cara roja.
—Sois unos inútiles. Todos y cada uno de vosotros.
Entonces fue ella misma la que echó a andar hacia mí.
Elena se movió primero.
Se colocó detrás de mí y su gente se desplegó a ambos lados. Tenía las garras fuera, apenas visibles en las puntas de los dedos.
—Yo me lo pensaría dos veces —dijo Elena—. A no ser que quieras perder una mano.
Agnes se detuvo.
Se quedó allí, con la mandíbula apretada y la respiración agitada.
No se movió.
Dos horas después eran las dos de la madrugada.
Por fin, las puertas de urgencias se abrieron de golpe.
Sacaron al abuelo en la camilla.
Lo llevaron directo a la UCI.
Me quedé en el pasillo y los vi atravesar esas puertas con él. Era la segunda vez que acababa ahí dentro. Las dos veces, el rastro llevaba a la familia de Victor.
Encerrar a Victor no había bastado. Ni de lejos.
Necesitaba meter a Agnes en esa celda también.
Encontré un banco frente a la UCI y me senté. Elena se dejó caer en el asiento de al lado.
Lila pasó por delante unos minutos después.
Me miró desde arriba y soltó un ruidito seco y cortante.
—Ni siquiera eres su nieta de verdad. Aquí sentada toda la noche… ¿por quién lo haces?
Levanté la vista hacia ella.
—Di una palabra más —dije en voz baja—, y la siguiente en entrar en urgencias serás tú.
Abrió la boca.
Entonces pareció recordar algo. El reservado del hotel. Preston. Lo que había hecho allí.
Cerró la boca y se marchó.
Elena se quedó toda la noche.
Cuando salió el sol, Wyatt llegó al hospital. Se acercó a Elena y le dijo algo en voz baja al oído. Ella asintió, me apretó la mano una vez y se puso de pie.
—Te dejo a unos cuantos de los míos —dijo.
—Vete. Estoy bien.
No estaba bien. Pero no servía de nada decirlo.
La junta me había enviado un mensaje mientras estaba allí sentada. Me querían en la oficina. Que Lila se hubiera hecho cargo de la dirección de la empresa exigía una explicación y, por lo visto, eso significaba que yo tenía que plantarme en una sala y darla.
Fui.
La reunión ya estaba tensa cuando entré. Lila presidía la mesa. Hizo dos comentarios mientras yo exponía el informe: afilados, pensados para dejarme en evidencia.
Ninguna de las dos veces la miré.
Terminé el informe, dejé la carpeta sobre la mesa y me fui.
De camino a la salida pasé por el baño.
Cuando volví al pasillo y doblé la esquina, oí voces.
Me detuve.
Agnes y Lila. Voces bajas, rápidas.
—Las acciones a nombre de Richard ya son tuyas —decía Agnes—. Ella no tiene ni la quinta parte de lo que tienes tú. Eres la mayor accionista.
—Los demás accionistas no van a plegarse sin más —dijo Lila—. Y Richard ni siquiera ha despertado todavía. Si forzamos la ceremonia ahora, la gente va a hablar.
—Que hablen. Tú consigue primero el título. A partir de ahí, lo demás llega solo.
Una pausa.
—Pasado mañana —dijo Agnes—. Celebramos la ceremonia y la dejamos fuera de la dirección para siempre.
Otra pausa. Más larga esta vez.
—Vale —dijo Lila—. Está bien.
Sus pasos se alejaron por el pasillo.
Salí de detrás de la esquina.
Las seguí con la mirada hasta que desaparecieron al fondo del pasillo.
Esas dos habían ido a por el abuelo para conseguir lo que querían. Volverían a hacerlo si se lo permitía.
Y no se lo iba a permitir.
Repasé las cifras mentalmente. Las acciones. La junta. Los plazos.
Pasado mañana.
Iba a estar en esa ceremonia.
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