CAPÍTULO 142
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(Punto de vista de Aria)
La expresión de Martha cambió.
—El conductor insistió en que el fallo fue suyo —dijo—. He buscado otra explicación, pero no la encuentro.
Hizo una pausa.
—Lo que sí sé es que tú le hiciste la transfusión a Ronan. Si hubieras provocado tú el accidente, no lo habrías salvado. Y después no dijiste nada de eso.
Apartó la mirada.
—Me equivoqué en eso. Lo admito.
No dije nada.
Vio que mi expresión no se alteraba e insistió con más fuerza.
—Siempre quisiste vivir en Riverside Cottage con Ronan —dijo—. Ahora te doy mi consentimiento. Vuelve y no me interpondré en nada.
—Riverside Cottage —dije—. La vendí.
Pestañeó.
—En cuanto a todo lo demás —dije—, no lo quiero. Lo único que pido es que tú y tu hijo dejéis de acercaros a mí. Nada más.
Martha se quedó allí de pie sin decir nada.
Abrí la puerta del coche de un tirón y me senté al volante.
Dio un paso adelante.
—¿De verdad no quieres volver a casarte con Ronan? —preguntó—. ¿En absoluto?
Arranqué el motor.
La miré a través de la ventanilla.
—Tiene un genio insoportable —dije—. Es descuidado con la gente, se le calienta la sangre enseguida y nunca escucha. La única mujer que lo querría es alguien como Vivian: alguien que va detrás del nombre Stormcrest y del dinero.
Negué con la cabeza.
—Debía de estar loca entonces. ¿Y ahora? No lo aceptaría ni regalado.
Salí de la plaza y conduje hasta la salida del aparcamiento.
(Punto de vista del autor)
Martha no se movió durante un buen rato.
Riverside Cottage había sido el regalo de boda de Richard a Aria y Ronan. Aria hablaba de aquella casa como si fuera el único lugar que les pertenecía de verdad: algo intacto, algo que todavía significaba algo.
Y la había vendido.
Martha se había repetido mil veces que Aria no había renunciado de verdad.
Que ninguna mujer se marcha de un matrimonio por el que ha luchado tanto.
Que los cinco mil millones que había puesto para salvar a la manada Stormcrest tenían que significar algo: nadie se juega tanto por un hombre al que no ame hasta la médula.
No esperaba esto. Aria había amado a lo grande. Y se había marchado sin mirar atrás.
Lo que Martha no vio fue a Ronan.
Estaba de pie junto a un coche, a menos de diez metros.
En el aparcamiento subterráneo el sonido viajaba sin esfuerzo. Lo había oído todo.
La herida ya le había dejado la cara pálida. Ahora lo estaba aún más.
Eso era lo que ella pensaba de él. Cada palabra que había dicho: su genio, su descuido, que no merecía la pena. Antes lo había amado. Él lo había visto. Lo había sentido.
La distancia entre aquel entonces y el ahora lo golpeó en algún lugar muy dentro del pecho, una presión sorda y pesada que no se le pasaba.
Su lobo se acurrucó en la oscuridad y soltó un gemido quedo y quebrado.
(Punto de vista de Aria)
No me di cuenta de que el móvil se me había quedado sin batería hasta que llegué a casa.
Lo puse a cargar y esperé a que se reiniciara. Cuando la pantalla volvió a encenderse, había una notificación.
Llamadas perdidas de Kai. Varias. Todas mientras tenía el teléfono apagado.
Sonreí un poco y busqué su nombre en los contactos.
El teléfono sonó.
Y siguió sonando.
Nadie lo cogió.
Lo intenté otra vez. Lo mismo.
Lo intenté una tercera vez. Una cuarta.
Nada.
Apreté los labios y llamé a Connor.
Allí tampoco contestó nadie.
Algo pequeño y frío se me instaló en el estómago.
Entonces el móvil vibró.
Una alerta de noticias.
Explosión de gran magnitud en el centro de Las Vegas, Nevada. El distrito central ha sufrido graves daños. Se informa de miles de víctimas.
Me tembló la mano. Casi se me cayó el teléfono.
Abrí el artículo. Las fotos se cargaron una a una: edificios derrumbados, humo negro que subía, calles que parecían arrasadas.
Debajo de las imágenes seguían llegando actualizaciones sobre las víctimas.
Lobos de manadas de todo el país daban señales de vida en los comentarios, publicaban su ubicación, preguntaban si alguien sabía algo de los suyos.
Me obligué a respirar.
Yo le había advertido a Kai de ese hotel. Le había dicho que se mantuviera lejos de esa parte de la ciudad. Me dijo que lo haría.
Cuando Kai decía que iba a hacer algo, lo hacía.
No estaba allí. No podía haber estado allí.
Eso me dije.
Y me lo seguí diciendo.
Pero Chloe no escuchaba. Se lanzaba contra las paredes, una y otra vez, con unos sonidos que no le oía desde hacía mucho tiempo.
Volví a llamar a Kai.
Tono de ocupado.
Otra vez.
Tono de ocupado.
Me quedé de pie en medio de la habitación y marqué hasta que se me entumeció el pulgar.
En algún momento dejé de moverme.
Me quedé allí plantada y pensé: si le pasara algo, no sabría cómo… Corté la idea antes de que se completara.
Pero no pude frenar lo que vino detrás.
Llevaba meses diciéndome que Kai era un amigo. Uno bueno. Alguien con quien me gustaba estar. Nada más complicado que eso.
Allí de pie, con la línea muerta al oído y Chloe gritando en algún rincón dentro de mí, por fin dejé de mentirme.
No era solo un amigo. No lo era desde hacía mucho tiempo.
No sabía exactamente cuándo había cambiado. Pero había cambiado.
Busqué el número de Oliver. Iba a pedirle que me reservara un vuelo a Las Vegas para esa misma noche.
El teléfono sonó antes de que pudiera marcar.
Era uno de los guardias apostados a la puerta de la habitación del abuelo en el hospital.
Contesté de inmediato.
—¿Qué ha pasado?
—Señorita Ravenshade. —Su voz era cautelosa—. Hace unos veinte minutos han tenido que ingresar a su abuelo en urgencias. Los sanadores están con él.
Apreté el teléfono con más fuerza.
—La enfermera de noche entró a verlo —dijo—. Estaba inconsciente. Avisó enseguida.
—Voy para allá…
—Hay algo más —dijo rápidamente—. Antes de perder el conocimiento, su abuelo firmó un documento.
Una transferencia de bienes. Todo lo que está a su nombre pasa a Lila Ravenshade.
Y con ello, la autoridad de alfa en funciones.
—Se detuvo—. Según las normas de la manada, ella tiene el mando desde esta noche.
Se quedó callado un momento.
—La llamo solo por cómo nos ha tratado —dijo—. Me ha parecido que debía saberlo.
Me quedé completamente inmóvil.
Lila. Agnes.
El mensaje de esta noche, el que había usado el nombre de Nathan para arrastrarme a aquella mesa, a aquella cena. Había pensado que iba de humillarme. De sentarme frente a ella y hacerme sentir que allí no encajaba.
No era eso.
Nunca había sido eso.
La cena era la distracción. Necesitaban sacarme del hospital, lejos del abuelo, el tiempo justo para conseguir su firma en un documento que jamás habría firmado si hubiera estado despierto y en sus cabales.
Esas dos mujeres lo habían planeado todo hasta el último detalle.
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