Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 140
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CAPÍTULO 140

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(Punto de vista de Aria)

—Ve a abrir la puerta.

Dejé de masticar.

—¿Qué?

—La de la entrada —dijo Kai—. Ve a abrirla.

Dejé la caja de comida para llevar y fui hacia la puerta. Por el camino, el corazón me hizo una tontería: se aceleró, se puso a hacer cosas que no venían a cuento.

Abrí la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Salvo por un pequeño tarro de caramelos, justo delante de mi puerta.

Lo cogí y me quedé mirándolo.

—No estás aquí —dije al teléfono.

—Sigo en Las Vegas.

Su voz sonaba tranquila. Relajada. Como si no acabara de hacerle al corazón algo vergonzoso.

—Idea de Connor. Él lo llama tira y afloja. Dice que así mantienes el interés de la gente.

—No te estaba esperando —dije.

—Vale.

—Lo digo en serio. Ni me había dado cuenta de que no estabas.

—Vale —repitió él.

Le oí la sonrisa en la voz. Me volví hacia el sofá, como si así no pudiera verme la cara a través del teléfono.

—Es un truco muy barato —dije.

—¿Ha funcionado?

No contesté a eso.

Hablamos unos minutos más de nada en concreto. La llamada terminó sin que ninguno de los dos le diera importancia.

Terminé de cenar. Vi una película que llevaba semanas aplazando. Barnaby se me subió al regazo a mitad de la película y se negó a moverse. Cuando salieron los créditos, ya estaba medio dormida y no me molesté en levantarme.

Esa noche dormí en el sofá, con un tarrito de caramelos en la mesa de centro y un perro sobre los pies.

Estaba de buen humor. Más que de buen humor.

No me puse a pensar demasiado en por qué.

Nathan me escribió a la mañana siguiente.

Cenamos esta noche. Solo nosotros. Hay un sitio que llevo tiempo queriendo probar.

Me quedé un rato con el mensaje delante antes de responder.

Desde que Lila había vuelto, me había ido alejando sin hacer ruido de la familia Vance. No lo había anunciado. Simplemente dejé de pasarme por allí. Dejé de dar yo el primer paso.

Porque si Lila era la auténtica nieta de Richard, entonces Nathan ya no era mi primo de verdad. No por sangre. Y todavía no había decidido qué hacer con eso.

Pero evitarlo no hacía que desapareciera.

Escribí: Allí estaré.

Ese mismo día llamé al investigador privado con el que ya había trabajado antes. Le di lo poco que tenía y le pedí que investigara a mis padres biológicos.

No esperaba gran cosa. Solo necesitaba sentir que estaba haciendo algo.

Esa tarde conduje hasta el hotel y subí en el ascensor.

Pulsé el botón justo cuando las puertas se estaban cerrando. Volvieron a abrirse.

Entré.

Ronan estaba al fondo. Vivian, a su lado. Daisy, a su izquierda. Martha, junto al panel.

Los cuatro. En un mismo ascensor.

La presencia de Ronan como alfa llenó el espacio al instante. Pesada y deliberada.

Chloe ni se molestó en reaccionar. Se quedó callada en el fondo de mi mente, completamente indiferente.

Miré los botones de las plantas.

El botón de la planta a la que iba ya estaba encendido.

La misma planta. Por supuesto.

Daisy murmuró algo entre dientes. Capté las palabras «nos está siguiendo» antes de que pareciera acordarse de algo y se callara a media frase.

Lista, la chica.

Martha habló primero.

—Aria.

Su tono era comedido. Casi cálido.

—Tenemos un reservado. ¿Por qué no nos acompañas?

La miré.

Martha no me había invitado a nada ni una sola vez. En todo el tiempo que estuve casada con su hijo, jamás. Siempre era cortés de esa manera que deja claro que, en realidad, no te quiere cerca.

Esto era distinto.

Los ojos de Vivian se desviaron. Algo se movió detrás de ellos: afilado, rápido. Observaba a Martha como se observa a alguien de quien no te fías del todo.

Ronan intervino antes de que yo pudiera responder.

—Seguro que se ha enterado de nuestra reserva —dijo con voz fría—. Nos está siguiendo.

Lo miré.

—He quedado con un amigo —dije—. Nada más. ¿Pero en tu cabeza eso se convierte, no sé cómo, en que te vigilo la agenda?

No dijo nada.

—Yo no podría hacer algo así —dije—. Eso es más tu estilo, ¿no?

Apretó la mandíbula.

No contestó.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron.

Salí yo primera.

En el umbral me detuve y me volví.

—Ronan —dije.

Me miró.

—Ten cuidado por ahí —dije—. Intenta no volver a salir herido. Si pierdes demasiada sangre, se complica todo. —Lo dije con tono despreocupado—. Porque esta vez no voy a darte ni una gota de la mía.

Se quedó mirándome.

Tenía la expresión vacía. Desconcertado de verdad. Como si le hubiera hablado en un idioma que no conocía.

La cara de Martha hizo otra cosa completamente distinta. El color le cambió. Solo un poco. Lo justo.

Vivian agarró a Ronan de la manga.

—Venga —dijo—. Tengo hambre. Vámonos.

Tiró de él hacia el pasillo antes de que pudiera recomponerse.

Me di la vuelta y fui en dirección contraria.

Busqué el número de sala que Nathan me había enviado y empujé la puerta.

La familia Vance ya estaba sentada alrededor de la mesa.

Nathan. Mary. Thomas.

Y Lila, justo en medio de todos.

Todos levantaron la vista cuando entré.

Nathan se puso de pie. Le cambió la expresión: sorpresa, y algo más debajo.

—¿Aria? —Rodeó la silla—. ¿Qué haces aquí?

—Me escribiste —dije—. Dijiste que cenábamos esta noche.

Negó despacio con la cabeza.

—Yo no te mandé eso.

Miré a Lila.

Me observaba con una expresión tranquila, suave. Fácil de confundir con inocencia.

—Entonces supongo que no fue Nathan quien lo mandó —dije.

Nathan se quedó callado un momento. Luego dijo:

—Esta mañana tenía el teléfono encima de la mesa. Lila estuvo un rato sentada al lado.

—Yo no he tocado su teléfono —se apresuró a decir Lila. Lo dijo con dulzura. Bajó los ojos—. Yo nunca haría eso.

Saqué el móvil. Abrí el mensaje y lo dejé sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba.

—¿Y esto de dónde ha salido, entonces? —pregunté.

Lila lo miró.

—No lo sé —dijo en voz baja.

Mary intervino.

—Seguro que ha sido un malentendido —dijo. Hablaba con cuidado y amabilidad—. Lila es una buena chica. No haría algo así a propósito. —Señaló el asiento vacío—. Ya que estás aquí, siéntate y come con nosotros.

—No hace falta —dije—. Disfrutad vosotros de la cena. No quiero interrumpir una cena de familia.

Lila levantó la vista.

—El tío Thomas y la tía Mary también te tratan como de la familia —dijo con suavidad—. Aunque la sobrina de verdad sea yo. No tendrías que sentirte una extraña. —Sonrió—. Por favor, siéntate.

Las palabras eran amables. En la superficie, perfectamente razonables.

Pero se había colocado en el centro de aquella mesa sin moverse ni un centímetro. Ella era la sobrina de verdad. Yo era la invitada a la que incluían por pura generosidad.

La miré un instante.

Sonreí.

—Está bien —dije—. Me siento.

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