CAPÍTULO 139
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(Punto de vista de Aria)
No me preocupaba que Lila fuera a hablar con el abuelo.
Veinte años bajo el mismo techo significaban algo. La sangre no era lo que nos unía, y el abuelo lo sabía mejor que nadie.
Si hubiera querido desentenderse de mí cuando salió la verdad a la luz, no me habría entregado acto seguido la mitad de los bienes de Ravenshade.
Lila probablemente también lo entendía. El abuelo no iba a volverse contra mí por una palabra suya.
Y que ni me inmutara: eso era, probablemente, lo que más la enfurecía.
Se le notaba en las manos. En cómo abría y cerraba los dedos a los costados.
Me erguí.
No quedaba nada que mereciera la pena decir.
—No he venido a quitarte nada —dije—. Ravenshade es tuyo. Cuando llegue el momento, me retiraré.
Ella se me quedó mirando.
—Pero hasta entonces —añadí—, no te metas conmigo. Porque si me provocas, no te quedarás con nada.
Cogí el bolso, me di la vuelta y salí taconeando.
No miré atrás.
(Punto de vista del autor)
Lila agarró la botella de agua más cercana en cuanto la puerta se cerró con un clic.
Se enjuagó la boca una vez. Dos. Tres.
No sirvió de nada. El sabor seguía ahí, pegado al fondo de la garganta, y no había agua en el mundo que se lo quitara.
Lanzó la botella contra la pared.
Rebotó y rodó hasta debajo del escritorio.
Se quedó de pie en el centro del despacho, respirando agitada, con la mirada clavada en la bandeja de rollitos de hojaldre a medio comer que seguía sobre su escritorio.
Veinte años.
Esa mujer se había pasado veinte años viviendo una vida que no le pertenecía. La familia, la manada, el nombre: todo debería haber sido de Lila. ¿Y ahora tenía que conformarse con la mitad?
«Cuando llegue el momento, me retiraré».
Lila apretó la mandíbula.
Palabras vacías.
Le había robado veinte años. No iba a devolver nada por pura buena voluntad.
Lila se iba a asegurar de que pagara cada uno de esos días. Con intereses.
(Punto de vista de Aria)
Fui al hospital al salir del trabajo.
El pasillo frente a la habitación de Nora estaba silencioso. Lo vi antes incluso de llegar a la puerta.
Damon estaba apoyado en la pared junto a la habitación, con los brazos cruzados y la barbilla baja. Tenía la mandíbula cubierta por una barba que parecía llevar días sin ver una cuchilla. La camisa, arrugada. Los ojos, hundidos.
No se parecía en nada al Alfa que había mantenido a Nora encerrada en aquella casa.
En cuanto oyó mis pasos, se irguió.
—Aria. —Tenía la voz ronca—. Diles que abran la puerta. Necesito hablar con ella.
Me detuve frente a él.
—La has dejado en una cama de hospital —dije—. ¿Y ahora quieres que te abra la puerta?
Movió la mandíbula.
—No sabía que era ella. No sabía quién estaba en esa habitación.
—¿Esa es tu defensa?
—No estoy poniendo excusas. —Bajó la voz—. Lo que digo es que no pretendía que pasara. Merece oírlo de mí. Merece una explicación.
—¿Le diste tú una explicación aquella noche? —pregunté—. ¿Cuando tus hombres la golpeaban con nudilleras de plata?
Se quedó inmóvil.
—Si la gente de Kai no hubiera llegado cuando llegó —dije—, no habría llegado viva a la mañana. Lo sabes, ¿verdad?
No contestó.
—Nudilleras de plata —repetí—. Un golpe tras otro. Nadie sobrevive a una noche así. Casi la mataste a palos, Damon. ¿Y estás aquí plantado pidiendo una oportunidad?
Me había salido la voz más afilada de lo que pretendía.
—Nora ya ha pasado por suficiente —dije—. Más que suficiente.
Damon no replicó.
Se quedó allí un largo rato, con la cabeza gacha. Cuando por fin habló, lo hizo en un susurro apenas audible.
—Llevo días sin dormir —dijo—. Cada vez que cierro los ojos pienso en lo cerca que estuve de… —Se detuvo. Exhaló—. Es alguien que me importaba. Y estuve a punto de matarla.
Inclinó aún más la cabeza.
Por primera vez pude verle la nuca: expuesta, vulnerable. La sumisión de un Alfa.
—Si me da una sola oportunidad —dijo—, pasaré el resto de mi vida compensándola. Todo lo que tengo. Absolutamente todo.
—Prometer es fácil —dije con sequedad—. Cualquiera puede hacerlo.
Pasé por delante de él y llamé a la puerta.
El cuidador que estaba dentro abrió.
Damon se adelantó de inmediato.
Las dos personas que Kai había dejado apostadas fuera de la habitación se le interpusieron sin decir palabra. El hombro de Damon chocó contra el marco de la puerta y ahí se detuvo.
Entré.
La puerta se cerró a mi espalda.
Justo antes de que acabara de cerrarse, alcancé a verle la cara a Damon por la rendija: los ojos clavados en la puerta, sin pestañear. Obstinado y vacío a la vez.
Me di la vuelta y me acerqué a la cama.
Nora estaba apoyada contra las almohadas, con una manta ligera sobre las piernas. Estaba pálida, pero tenía la mirada despejada.
—¿Cómo te sientes hoy? —pregunté mientras acercaba la silla y me sentaba.
—Mejor. —Sonrió un poco—. La verdad es que me apetecía salir a dar una vuelta. Pero siempre hay alguien ahí fuera, así que me he quedado dentro.
—¿Damon ha estado ahí fuera todo el día?
—Llega temprano y se va tarde. —Se encogió de hombros—. No puede entrar. No se va. Y ahí seguimos, en punto muerto.
—¿Has pensado en dejarlo entrar? —pregunté.
—No. —Su voz era firme—. Esto me lo hizo él. No voy a ablandarme ahora. —Se miró las manos en el regazo—. Aunque se cayera muerto justo al otro lado de esa puerta, no me daría ninguna lástima.
—Bien —dije.
—La denuncia ya está puesta —añadió—. La presenté ante el Consejo de Alfas. Ahora solo queda esperar a que el proceso siga su curso. —Hizo una pausa—. He oído que Lucius anda haciendo llamadas. Intentando que todo se archive.
—Si está moviendo hilos, no tienes muchas posibilidades.
—Lo sé. —Asintió despacio—. Pero la ley de la manada aún cuenta para algo. Todavía hay margen para un fallo justo.
—Puedo ayudarte —dije.
Hizo un gesto con la mano.
—Ya me encargo yo. Debería poder con esto sola.
Se recostó en la almohada y me miró.
—¿Kai está de viaje? Lleva un tiempo desaparecido.
Dudé medio segundo.
—Sí —dije—. Está fuera.
Tres días. Ni una llamada. Ni un mensaje. Ese hombre se presentaba a todas horas sin que nadie lo llamara y ahora, después de decir lo que dijo, se había quedado completamente callado.
Empezaba a preguntarme si no me lo había imaginado todo.
—Te veo un poco apagada —dijo Nora, y esbozó media sonrisa—. ¿Lo echas de menos?
—¿Echarlo de menos para qué? —dije—. No está aquí y mi vida sigue igual. No ha cambiado nada.
Nora sonrió y dijo:
—Ya. Claro.
Me levanté.
—He venido a ver cómo estabas —dije—. Parece que bien. Te dejo tranquila.
Cogí el bolso y salí antes de que pudiera decir nada más.
La vuelta a casa fue silenciosa. Cuando aparqué frente a mi edificio, ya había anochecido del todo.
Había parado en un restaurante de camino a recoger la cena.
Barnaby me esperaba en la puerta. En cuanto puse un pie dentro, se me puso a dar vueltas entre los pies, con el rabo disparado en todas direcciones.
Le puse el cuenco junto al mueble bajo y le serví la comida. Luego me dejé caer en el sofá con la caja de comida para llevar y cogí el mando.
Encendí el proyector. Empecé a pasar títulos.
El móvil vibró sobre la mesa de centro.
Kai.
Hacía una hora estaba sentada en esa habitación de hospital, pensando en que había desaparecido sin decir ni una palabra. Y ahora aparecía.
Carraspeé bajito.
Cogí el móvil y descolgué.
—Hola.
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