CAPÍTULO 138
— ◆ —
(Punto de vista de Aria)
Me despertó una avalancha de notificaciones.
La noticia había corrido como la pólvora. La nieta biológica de Richard Ravenshade, desaparecida desde hacía años, había vuelto. Al llegar la mañana ya era el tema más candente de los foros de la comunidad licántropa.
Ojeé las primeras publicaciones y dejé de molestarme.
A algunos les había caído como un jarro de agua fría. Otros se preguntaban si yo lo había sabido desde siempre y me lo había callado. Unos pocos me defendían: decían que me había dejado la piel por esta manada, con linaje o sin él.
Y había quien ya dudaba por completo de Lila. Decían que Richard me había tratado siempre demasiado bien como para que no hubiera un vínculo real.
Los mensajes privados eran peores. Dejé de leerlos después del tercero.
Desinstalé la aplicación y me vestí.
No tenía sentido gastar energía en el ruido.
Cuando llegué al edificio de oficinas, los vi de inmediato.
Derek le estaba enseñando a Lila la planta principal y señalaba aquí y allá como si el sitio fuera suyo. Mi abuelo le había dado a Lila el cargo provisional de vicepresidenta y Derek tenía que ponerla al día.
Nos cruzamos en el pasillo.
La sonrisa de Derek se ensanchó en cuanto me vio.
—¿Mala mañana, Aria?
Seguí caminando al mismo ritmo.
—Dímelo tú.
—La mitad de los bienes familiares, volatilizados. —Chasqueó la lengua—. Con todo lo que has trabajado. Tiene que escocer.
Le sonreí.
—Hablas como si esa mitad hubiera ido a tu cuenta.
Su sonrisa vaciló.
—Y no ha sido así —dije—. ¿Entonces de qué te alegras tanto, exactamente?
—Da igual que sea mía o no —respondió—. Con verte perderla me basta.
—Hablando de familia… tu padre sigue en una celda, ¿verdad?
A Derek se le tensó la mandíbula.
—Aquí estás, riéndote de mí —dije—, mientras Victor está encerrado. Qué hijo tan devoto.
Algo se le removió en la garganta. Empezó a formarse un sonido grave.
Cerró los puños a los lados del cuerpo.
Lila dio un paso adelante y le puso una mano en el brazo.
—Derek. —Su voz era tranquila. Baja—. Aún nos queda el ala este por ver.
Él se detuvo.
Miré a Lila con más atención.
No era como Derek. Derek lo llevaba todo escrito en la cara: la rabia, los celos, la satisfacción. Con él siempre sabías a qué atenerte.
Lila era distinta. Se había criado en sitios duros. Sabía esperar.
Eso la hacía más peligrosa.
Derek se tragó el gruñido. Me lanzó una última mirada, dura y sin expresión.
—No vas a estar sentada en ese sillón de dirección eternamente.
—Claro —dije.
Eso lo sacaba de quicio. Cuanto más calmada hablaba yo, más le hervía la sangre. Se puso colorado.
Lila le tiró suavemente del brazo y se lo llevó.
—Deberíamos continuar.
Se marcharon por el pasillo.
Volví a mi despacho.
Había un ramo sobre mi escritorio. Lirios blancos, abiertos y frescos, colocados con esmero en un jarrón de cristal.
Hice entrar a Oliver.
—¿Quién ha mandado esto?
—La nueva vicepresidenta —dijo—. La señorita Lila. Hoy ha traído algo para todo el mundo en la oficina. Quería causar buena impresión.
Me acerqué y observé el ramo.
Los pétalos blancos estaban impecables. Los tallos iban envueltos en hojas de un verde oscuro.
Me agaché un poco y miré más de cerca.
Allí, avanzando despacio entre las hojas de abajo, había varias orugas bien gordas.
Me incorporé.
—Oliver —dije—, baja esto a la cocina de los empleados. Pídele al cocinero que saque lo que haya entre las hojas y lo pique con el relleno de carne. Quiero que horneen una bandeja de rollitos de carne en hojaldre y me la suban.
Oliver se me quedó mirando.
—La verdad es que el relleno no necesita…
—La carne —dije—. Lo que hay entre las hojas. Eso es lo que quiero en el relleno.
Miró el ramo.
Luego me miró a mí.
—Sí, señora —dijo.
La bandeja llegó cuarenta minutos después. Los rollitos estaban dorados, el hojaldre crujiente y bien laminado, el olor intenso y cálido.
Llevé la bandeja yo misma al despacho de Lila y esperé.
Volvió sola unos veinte minutos más tarde. La visita guiada debía de haber terminado. Cuando entró y me vio allí sentada, se detuvo.
—Pensé que quizá no habías comido todavía —dije. Dejé la bandeja sobre su escritorio—. Le he pedido a la cocina una hornada recién hecha de rollitos de carne en hojaldre. Regalo de bienvenida.
Miró la bandeja.
Los ojos se le iluminaron un instante. Luego vio lo que eran —simples rollitos de hojaldre— y el calor de su expresión bajó unos grados.
Aun así sonrió.
—Qué detalle.
Cogió uno y le dio un mordisco.
El hojaldre se quebró limpiamente. El relleno parecía jugoso y bien sazonado.
Se terminó el primero enseguida. Alargó la mano hacia un segundo sin pensarlo.
—¿De dónde han salido estos? —preguntó ella.
—De la cocina del personal —dije—. Recién hechos.
Dio otro bocado. Masticó. Luego fue más despacio.
Frunció el ceño.
—¿Esto es… —Tragó saliva—. ¿El relleno es todo de carne?
—Casi todo —dije—. Lleva algo más ahí dentro.
Levantó la vista.
—¿Qué es ese algo más?
Sonreí.
—Solo el ingrediente especial del regalo que me enviaste esta mañana.
Se quedó inmóvil.
Bajó la vista al rollito a medio comer que tenía en la mano.
Entonces se le fue el color de la cara.
Llegó a la papelera en tres pasos. Le subió una arcada desde el estómago. Se agarró al borde y le vinieron unas arcadas violentas, con los hombros sacudiéndosele.
La observé.
—¿No te lo vas a terminar? —pregunté—. Con lo que me ha costado que me los prepararan.
Siguió con las arcadas. Lo que ya se había tragado no había manera de que subiera. Se sujetó al borde de la papelera con las dos manos, aguantándose a duras penas de pie.
Cuando por fin paró, se irguió despacio y se limpió la boca con el dorso de la mano.
Se dio la vuelta.
Se le había borrado toda la dulzura.
—¿Se puede saber qué te pasa? —Le salió la voz rasposa—. Te mandé flores. Nada más. ¿Y tú me haces esto?
—Me mandaste flores con orugas dentro —dije—. Te he devuelto el favor.
—Eso es repugnante.
—A mí me pareció creativo —dije—. Solo intentaba ponerme a tu altura.
Le temblaban las manos. Se había esfumado la versión cuidadosa y paciente. Esta era la auténtica: la que se había criado arañando cada cosa que tenía.
—¿Te crees que puedes tratarme así? —dijo—. Yo soy la nieta de verdad de Richard. Soy de su sangre. Tú no eres nadie. A ti te dejaron en la puerta de una casa. Si yo se lo pidiera, mañana estabas en la calle.
La miré.
Me salió la voz plana, sin inflexiones.
—Adelante, inténtalo.
❦ ❦ ❦