Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 137
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CAPÍTULO 137

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(Punto de vista de Aria)

Apreté los labios y esperé a que hablara mi abuelo.

A Agnes le costaba cada vez más disimular la sonrisa. Parecía que ya me veía cruzando la puerta de Ravenshade para no volver.

Entonces mi abuelo dijo:

—Lila es mi nieta biológica. Pero Aria también es mi nieta.

La sonrisa de Agnes se congeló.

Lo vi pasar en tiempo real: cómo se le endureció la cara, cómo se le apagó la mirada.

Debía de haber pasado meses buscando a Lila, debía de haberla arrastrado hasta aquí y haber montado todo este número.

Todo con un único objetivo: apartarme del puesto de Alfa y poner en mi lugar a alguien a quien pudiera manejar.

Si yo no me iba, nada de eso había servido.

—Eso es imposible —dijo Agnes. Le salió la voz afilada—. Todo lo que hay en Ravenshade pertenece al linaje de verdad. No a una extraña. Y tú lo sabes.

Mi abuelo la miró.

—¿Quieres hablar de familia de verdad? —Su voz era glacial—. Victor y tú me envenenasteis. Llevas años intentando matarme. ¿Y te plantas aquí a decirme quién cuenta como familia?

Agnes abrió la boca.

—Lleve mi sangre o no —dijo él—, Aria vale mil veces más que tú. Me ha demostrado más lealtad que cualquiera de vosotros.

Se me cerró la garganta.

Había entrado en esa habitación preparada para lo peor. Lista para recoger mis cosas y marcharme de Ravenshade si hacía falta. No me había permitido albergar ninguna esperanza.

Pero mi abuelo seguía de mi lado.

Agnes no había terminado. Se volvió hacia Lila y cambió el tono.

—¿Y ella qué? Lleva tu sangre de verdad. ¿Se supone que tiene que irse con las manos vacías?

La expresión de Lila se tensó. No dijo nada, pero se le leía en la cara.

No había venido solo a conocer a un abuelo. Había venido por el dinero y por el puesto. Si se iba sin nada, nada de aquello significaba nada para ella.

Mi abuelo se quedó callado un momento.

—Le dejaré a Lila la mitad de los bienes de Ravenshade —dijo—. Pero no sabe cómo funciona esta manada. No está preparada para dirigirla. Por ahora, toda la autoridad operativa se queda con Aria.

Se volvió hacia mí. Había una especie de disculpa en su mirada.

—¿Puedes aceptarlo? —preguntó.

Asentí.

—Ya me has dado más que suficiente. Me criaste. Me lo diste todo. —Le sostuve la mirada—. Aunque se lo dieras todo a Lila, no te lo discutiría. Ni un segundo.

Su expresión se suavizó. Una suavidad que parecía dolerle.

Le dijo a Lila que volviera a la casa de la manada. Dijo que el ama de llaves la instalaría y que hablarían más al día siguiente.

Lila asintió y se puso de pie.

Agnes empezó a decir algo. Uno de los ejecutores se adelantó antes de que pudiera pronunciar dos palabras y la acompañó con firmeza hacia la puerta. Seguía hablando mientras se la llevaban al pasillo.

La habitación se quedó en silencio.

Mi abuelo parecía cansado. Se recostó en la almohada y soltó un suspiro lento.

—Ravenshade acaba de absorber Lanwater —dijo—. El patrimonio total es varias veces mayor que hace un año. Repartir la mitad de eso no es poca cosa. —Me estudió la cara—. ¿De verdad no estás enfadada?

—Siempre ha sido tuyo y tú decides qué hacer con ello —dije—. No tengo motivos para enfadarme.

Me senté en la silla junto a su cama.

Durante un momento, ninguno de los dos habló.

Hice la pregunta que me rondaba la cabeza desde el momento en que el informe se confirmó.

—Abuelo. —Mantuve la voz baja—. Si no soy tu nieta biológica, ¿quiénes son mis padres de verdad?

Suspiró. Un suspiro pesado.

—No lo sé —dijo—. Después de que se llevaran a Lila, la buscamos durante meses. Nunca la encontramos. —Hizo una pausa—. Y una mañana abrimos la puerta de casa y había una niña en el escalón de la entrada. De unos dos años. Abandonada allí sin más.

Se miró las manos.

—Tu abuela decía que te había enviado la Diosa Luna. Para llenar el hueco que había dejado Lila. —Se quedó callado un instante—. Intentamos averiguar quién te había dejado allí. Nunca llegamos a nada. Al cabo de un tiempo, dejamos de preguntar.

Me quedé quieta, escuchando.

Una cría abandonada en la puerta de un Alfa. Sin nombre. Sin rastro. Sin explicación.

Chloe se hizo un ovillo en algún rincón muy hondo de mí.

Pero el pecho se me mantuvo en calma. Fuera cual fuese la verdad, mi abuelo ya me había dicho lo que necesitaba saber. Con eso me bastaba.

Al día siguiente era fin de semana. Elena llamó por la mañana y me preguntó si quería ir con ella a ver pisos.

Me había pasado casi toda la noche despierta, con los pensamientos dando vueltas. Salir de casa era justo lo que necesitaba.

—Voy —dije.

Me recogió una hora más tarde. Me subí al coche y le pregunté qué mosca le había picado.

—Solo quiero un piso para mí —dijo. No apartó los ojos de la carretera—. Ya no soy tan joven. Debería estar trabajando. Tener mi propio espacio me facilitaría las cosas.

La miré de reojo.

—¿Esto tiene algo que ver con Wyatt?

Vaciló un instante.

—No. Es solo que… quiero mi propio espacio. Lo del trabajo puede esperar.

No insistí. Pero conocía a Elena. No hacía nada sin un motivo.

Se decidió por el primer piso que visitamos. Firmó los papeles allí mismo y luego le pidió al agente que la pusiera en contacto con una empresa de diseño para empezar la reforma cuanto antes.

El agente dijo que conocía una empresa bastante nueva, con buena reputación, y que podía llevarnos en ese mismo momento a conocer al diseñador.

Elena ya estaba asintiendo antes de que él terminara la frase. Me agarró del brazo y lo seguimos a la salida.

La reunión salió bien. Antes de marcharnos ya habían fijado el proyecto de diseño y la fecha de inicio.

(Punto de vista del autor)

Cuando salieron de la habitación del hospital, Lila esperó a estar lo bastante lejos en el pasillo antes de hablar.

—¿Cuánto vale la mitad de Ravenshade? —le preguntó a Agnes en voz baja—. ¿Hablamos de unos cuantos millones?

Agnes soltó una risa seca.

—El patrimonio conjunto vale decenas de miles de millones.

Lila se detuvo en seco.

Se quedó mirando a Agnes. No llegó a cerrar la boca.

Agnes bajó la voz.

—Con tanto dinero en juego… ¿de verdad quieres repartirlo con alguien que ni siquiera es de esta familia?

—Richard dijo que la mitad es para Aria —contestó Lila despacio.

—Ese dinero es tuyo —dijo Agnes—. Todo. Aria ha vivido a costa de esta familia durante años y no tiene ningún derecho a nada de eso. ¿No crees que debería devolverlo?

Lila no respondió de inmediato.

Luego dijo:

—Lo quiero todo.

Agnes sonrió.

—Bien. Déjamelo a mí. Yo me encargo de los preparativos. Tú solo espera.

Al día siguiente, el gerente de la empresa de reformas acompañó a Aria y a Elena hasta la salida, se despidió y dio media vuelta hacia su despacho.

Vivian estaba dentro, esperando.

El gerente se detuvo.

—Señorita Thorne.

Vivian no perdió el tiempo en cortesías.

—Esas dos mujeres que acaban de salir. ¿Qué querían?

—Han comprado un piso —dijo él—. Venían a hablar de la reforma.

Vivian se quedó callada un momento.

—Esa partida de madera que llegó la semana pasada —dijo—. La que no pasó la inspección, la que llevaba extracto de acónito en el tratamiento protector.

—Sí —respondió él con cautela.

—Úsala en su obra.

Al gerente le cambió la cara.

—Señorita Thorne, eso… si unos lobos viven en un espacio con ese material, con el tiempo empezarían a debilitarse. Una exposición prolongada podría causar daños graves.

—¿Te he pedido tu opinión? —dijo Vivian—. Hazlo o búscate otro sitio donde trabajar.

Desde que se había hecho pública la noticia de su ceremonia con Ronan, en la empresa nadie se atrevía a decirle no a la cara.

El gerente se quedó allí plantado un momento.

Asintió.

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