Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 134
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CAPÍTULO 134

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(Punto de vista de Aria)

Connor ya tenía fama antes de que yo supiera quién era.

Decían que se había criado a base de peleas en los arrabales de renegados de las afueras de Las Vegas, un sitio donde aprendías rápido a plantarte o no sobrevivías. Sabía leer una pelea antes de que empezara y salir vencedor aunque lo tuviera todo en contra.

Estaba claro que Kai le había puesto freno con los años. Pero ahora, de pie a mi lado, Connor dejó asomar justo lo suficiente de aquel viejo filo. Desprendía una presión sorda y constante, como el calor. Algo se me asentó en el pecho.

Damon se había llevado dos patadas mías y una reprimenda pública de Connor delante de sus propios hombres.

Tenía el rostro completamente rígido.

Se había pasado la vida haciendo valer su poder a la fuerza en esta ciudad. Dudaba que alguien le hubiera hablado así y hubiera seguido en pie después.

Recorrió el patio con la mirada. Se detuvo un segundo en mí, luego pasó a Nora y se quedó ahí.

Bajó la voz y les dio a sus hombres una sola orden.

—Lleváosla. No toquéis a Aria.

Sus hombres se movieron.

Garras fuera, lanzándose a por Connor y los demás.

Tristan retrocedió a trompicones y sacó el móvil; ya estaba marcando un número, con cara de querer estar en cualquier otro sitio.

Hice el amago de avanzar. El brazo de Connor salió disparado a un lado sin que él siquiera se girara.

—No. —Su voz sonó relajada, casi aburrida—. Órdenes del jefe. Si pierdes un solo pelo, lo pagamos todos. Quédate quieta.

Me detuve.

Pensé en Kai en el campo de tiro: tranquilo, preciso, cada movimiento medido. De esos que no dan órdenes a la ligera.

De esos de cuya gente puedes fiarte.

Me quedé donde estaba.

No duró mucho.

Los de Connor eran más rápidos, más duros, y no dudaron un instante. Uno a uno, los hombres de Damon fueron cayendo. Al final, ninguno conseguía levantarse.

En medio de todo, mis ojos se cruzaron un segundo con los de Connor.

Había algo en ellos —un destello de instinto puro de lobo, afilado y dominante— que aplastaba a todos los que lo rodeaban.

Los hombres que tenía enfrente también lo habían sentido.

Se notaba en que habían dejado de defenderse antes incluso de tocar el suelo.

Damon acabó sobre una rodilla. Respiraba por la boca y le vi sangre en la comisura del labio.

No había apartado los ojos de Nora.

—Deja de esconderte detrás de los demás. —Hablaba bajo. Cada palabra salía lenta y medida—. Todavía tienes una madre adoptiva. Si sigues huyendo de mí, acabará igual que acabó tu padre adoptivo.

La mano de Nora, que seguía sujetando la mía sin fuerza, empezó a temblar.

Le apreté los dedos.

Se quedó inmóvil. Tomó una larga bocanada de aire. Y entonces le pasó algo en la cara que yo no había visto nunca.

El miedo se le borró del rostro.

Lo que ocupó su lugar era más duro. Más silencioso. Algo que llevaba mucho tiempo enterrado y que por fin había decidido dejar de agachar la cabeza.

Me soltó la mano.

Caminó hacia Damon.

Un paso. Luego otro. Firme.

Damon la vio acercarse. La seguía con los ojos como si fuera lo único que había en el patio.

No parecía ver las cicatrices que ella tenía en la cara ni las del cuello: las antiguas y las más recientes superpuestas encima.

En su expresión solo había esa fijación obsesiva y devoradora que me ponía la piel de gallina.

Ella caminaba hacia él. Debió de pensar que estaba cediendo.

La ira del rostro se le suavizó un poco. La comisura de la boca empezó a levantarse.

La mano de Nora se alzó y le cruzó la cara con tal fuerza que la cabeza se le fue de golpe hacia un lado. La sangre brotó en el labio, abierto por el impacto.

Le temblaba la voz. Pero cada palabra dio en el blanco.

—Llevaste a mi padre adoptivo a la muerte.

Destruiste mi vida. Y ahora quieres ir a por la gente que me rodea.

—No le apartó la mirada—. Antes fui una cobarde.

Tenía demasiado miedo para plantarme ante el Consejo Alpha y pronunciar tu nombre en voz alta.

Pero tú no vas a parar. Así que dejo de huir.

—Exhaló despacio—. Aunque me cueste todo, llevaré esto hasta el final.

Vas a pasar el resto de tu vida pagando por lo que hiciste.

Damon la miró desde abajo.

Por un instante, algo le relampagueó en los ojos. Desconcierto. Como si sus palabras no acabaran de tener sentido para él.

—Yo te lo di todo. —La voz le salió tensa—. La casa más grande. Lo mejor de todo. Cuidé de ti. Nadie te ha tratado nunca mejor que yo.

Nora se rio. Fue una risa corta y fría.

Levantó una mano y se señaló la cara. Luego el cuello.

—¿Esto lo hiciste tú o no?

A Damon se le tensó la mandíbula.

—No sabía que eras tú. No quería hacerte daño. Yo nunca...

—¿Y mi padre adoptivo? —Su voz cortó en seco la de él—. ¿Y mi vida?

Él no respondió.

—Me encerraste en el ático de tu finca junto al río.

—La voz le salía plana. Controlada. Como si lo hubiera ensayado mil veces a solas—.

Barrotes de plata en todas las ventanas.

Para castigarme. —Lo miró sin pestañear—.

El ático se incendió. La puerta no se abría.

La única salida era por esos barrotes, mientras ardían.

—Hizo una pausa—. De ahí vienen estas. Me escurrí entre ellos y salté al río.

Es la única razón por la que estoy aquí de pie.

Damon no dijo nada.

—Antes de ti, era la sanadora más joven de esta región con un nombre que significaba algo. Tenía un padre adoptivo que me quería. Tenía a alguien con quien iba a casarme. Tenía un futuro. —No le tembló la voz—. Ya no queda nada de eso.

Damon alzó la vista hacia ella. La expresión se le quebró: algo desesperado, algo en carne viva, pugnaba por asomar.

—Sé que te hice daño. —Se le había puesto la voz ronca—. Lo sé. Pero si vuelves, emplearé todo lo que tengo en arreglarlo. Lo que quieras. Solo vuelve.

Nora lo miró desde arriba.

Su rostro estaba completamente inmóvil. Una calma que nada tenía que ver con la paz.

Yo había visto antes esa mirada. En gente que había pasado por algo tan horrible que, simplemente, había dejado de sentir.

Ya no estaba furiosa. Ya no tenía miedo.

Simplemente, había terminado.

—Lo tengo todo. —Hablaba en voz baja—. Todas las pruebas. Todo lo que hiciste. Esta vez no importa a quién sobornes ni a quién amenaces. —Le sostuvo la mirada—. Voy a llevar esto hasta el final.

Damon se abalanzó hacia delante y alargó la mano hacia la muñeca de ella.

Yo ya me había puesto en movimiento.

Agarré a Nora, tiré de ella con fuerza hacia atrás y me puse entre los dos. La mano de Damon se cerró en el vacío. El impulso y el dolor de sus heridas lo desequilibraron y volvió a caer al suelo con un golpe sordo.

Tristan se acercó, le pasó una mano por debajo del brazo y lo puso en pie.

Se quedó allí un buen rato sin hablar. Por la cara le pasaron varias cosas que no habría sabido nombrar.

Después miró a Damon y habló con voz baja y cansada.

—Todo esto te lo has buscado tú solo. Lo que sientas ahora mismo no es ni una fracción de lo que ella lleva cargando.

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