CAPÍTULO 133
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(Punto de vista del autor)
Tristan localizó a Damon nada más aparcar frente al Mercy General.
Damon estaba de pie junto a la entrada, con las manos metidas en los bolsillos. Tenía un aspecto horrible. Ojeras oscuras bajo los dos ojos, el rostro tirante, como si llevara un día entero sin dormir.
Tristan se bajó del coche y lo miró de arriba abajo.
—Tienes cara de haber hecho algo de lo que no estás orgulloso.
Damon ni siquiera lo miró.
—Ve a comprar comida. Ronan tiene que cenar.
Tristan se encogió de hombros y echó a andar a su lado. Entraron en un sitio cercano, cogieron algo de comer y volvieron juntos.
El patio del hospital estaba bien cuidado. Era pleno otoño, pero el día era claro y luminoso. Unos cuantos pacientes paseaban con sus familias, despacio y sin prisa, bajo la luz de la tarde.
Tristan siguió a Damon por el patio y fue paseando la vista de un lado a otro, sin fijarse en nada.
Entonces se detuvo.
Bajo un arce rojo, una mujer con bata de hospital estaba sentada en un banco. Llevaba mascarilla, pero por encima de ella se le veían los ojos: dulces, un poco curvados en las comisuras, como si le estuviera sonriendo a la nada.
Tristan agarró a Damon del brazo.
—Oye. —Bajó la voz—. Esa mujer. Se parece a Nora.
Se había pasado dos años ayudando a Damon a buscarla. Conocía el rostro de Nora mejor que casi nadie.
Damon se giró.
La mujer tenía la barbilla un poco alzada y la vista puesta en algo lejano. A Nora se le curvaban los ojos exactamente así cuando tenía la cabeza en otra parte.
A Damon se le cerró el pecho.
Echó a andar antes de haber decidido moverse. Su lobo iba ya por delante de él, tirando con fuerza. Estaba casi seguro incluso antes de acercarse.
Esos ojos. Conocía esos ojos.
La mujer lo sintió llegar.
Se sobresaltó, se levantó del banco e intentó huir. Pero apenas había dado dos pasos cuando le fallaron las piernas. Damon se lanzó hacia delante, la sujetó por la cintura y la sostuvo antes de que diera en el suelo.
Todavía no había recuperado el aliento cuando él alzó la mano y le arrancó la mascarilla de la cara.
Durante un segundo, algo se abrió de golpe en su pecho: alivio, reconocimiento, alegría.
Luego vio las cicatrices.
Se le quedó el rostro inmóvil. Se le apagó el calor de la mirada. Era la mujer del sótano. La que estaba cubierta de marcas de los nudillos de plata. No era Nora.
La apartó de un empujón.
De por sí no se sostenía bien. Cayó con fuerza y se raspó las palmas y las rodillas contra el suelo. Las viejas heridas de los nudillos de plata se le encendieron todas a la vez. Emitió un sonido bajo, ahogado, e intentó incorporarse. Los brazos le fallaron.
Tristan se movió para ayudarla, pero los hombres de Damon se le pusieron delante.
Damon se agachó. La agarró por un puñado de pelo, la levantó de un tirón y le rodeó la garganta con la mano. Habló con voz plana y fría.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Nora?
La mujer apretaba la mandíbula con tanta fuerza que le temblaba toda la cara. No dijo una palabra.
—¿Crees que no te haré desaparecer? —Damon apretó más la mano—. No tienes manada. Nadie te echaría en falta. Te esfumarías y ya está.
Seguía sin decir nada.
—Bien. —Bajó la voz, y así resultó aún peor—. Entonces iré a buscar a tu madre adoptiva. Está enferma, ¿verdad? No debería costarme mucho.
A la mujer se le quebró el gesto.
Fue algo mínimo, apenas una grieta, pero estaba ahí.
Habló en voz baja y tensa, apenas un susurro.
—No la toques.
Damon se quedó completamente quieto.
Esa voz.
Conocía esa voz. La había oído cientos de veces, dos años atrás, en un periodo que se había repetido a sí mismo que solo él recordaba. Clara, medida, apretada por encima de algo que trataba de contener.
Volvió a mirarla. A mirarla de verdad.
Los ojos. La voz. Y por debajo del olor a antiséptico y a pomada, se abría paso algo más: tenue, pero ahí estaba. Su lobo le había estado golpeando las costillas desde el momento en que cruzó el patio. Se había dicho que se equivocaba. Se había dicho que se lo estaba imaginando.
No se había imaginado nada.
Aflojó la mano en torno al cuello de la mujer.
Se quedó allí agachado, con la boca abierta, incapaz de pronunciar una sola palabra.
(Punto de vista de Aria)
Estaba atajando por el patio, de camino a ver a Kai, cuando lo vi.
No me paré a pensar. Simplemente corrí.
Le di a Damon una patada en la cara antes de que le diera tiempo a darse cuenta de que estaba allí. Se fue de lado y dio contra el suelo.
Se quedó ahí tumbado un segundo, sin reaccionar siquiera al dolor, mirándome mientras yo me dejaba caer junto a Nora.
La rodeé con un brazo y la ayudé a sentarse. Le sacudí la tierra de las mangas y de las rodillas y la revisé a toda prisa.
—¿Te has golpeado con algo duro? —Mantuve la voz baja—. ¿Dónde te duele?
Nora no contestó de inmediato. Noté que su mano buscaba la mía y la apretaba. Se apoyó un poco en mi costado y la noté desplazarse: solo un pequeño paso atrás, lo justo para dejarme entre ella y Damon.
Me levanté y me giré.
La mantuve detrás de mí.
Había empezado a pasar tiempo con Nora porque me resultaba útil.
Era la verdad. Una sanadora hábil y sin vínculos de manada: merecía la pena conocerla.
Pero en algún momento de las últimas semanas ese cálculo había dejado de ser lo importante.
Era mi amiga. Y no iba a quedarme aquí de brazos cruzados mientras Damon Iron volvía a ponerle las manos encima.
Bajé la vista hacia él. Ya se estaba levantando del suelo.
—Te llegó la citación del Consejo Alfa —dije—. Sé que te llegó. ¿Y aun así sigues por ahí haciendo esto? —Mantuve un tono neutro—. ¿Cuántas cosas más quieres añadir a esa lista?
Damon se puso de pie. Levantó una mano hacia sus hombres y los detuvo antes de que pudieran acercarse a mí.
Su mirada me pasó de largo y se clavó en Nora. La voz le salió temblorosa. Apenas contenida.
—Nora.
Solo su nombre. Como si no fuera capaz de decir nada más.
Nora volvió a colocarse la mascarilla. Me buscó la manga con los dedos.
—Volvamos —dijo en voz baja.
Nos dimos la vuelta para marcharnos.
Damon nos alcanzó en tres zancadas largas. Su mano salió disparada hacia el brazo de Nora.
Me puse delante de ella y le di otra patada. En la misma pierna. Retrocedió a trompicones.
—Aléjate de nosotras —dije.
—Si sigues interponiéndote en mi camino —dijo, bajando la voz—, te vas a arrepentir.
—Adelante. —No me moví—. Demuéstrame de qué eres capaz.
Algo cambió en su cara. Alzó la mano a toda velocidad, apuntando a mi mejilla. Ya le asomaban las garras en las puntas de los dedos.
La muñeca se le detuvo en el aire.
Una mano se había cerrado en torno a ella: grande, relajada, sin la menor prisa.
Connor.
Sonreía como sonreía siempre, como si todo aquello no le resultara especialmente interesante.
—De donde yo vengo, a las mujeres no se les pega —dijo—. Y a esta, menos todavía. —Me miró y luego volvió a mirar a Damon—. Es de nuestro jefe.
Le retorció la muñeca con un giro seco y lo soltó. Damon trastabilló y estuvo a punto de caerse por segunda vez.
Connor paseó la mirada por los hombres de Damon. No eran muchos. No dijo nada. No hacía falta.
Damon se irguió, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos.
—Ella me pegó primero —dijo.
Connor inclinó la cabeza, sin alterarse lo más mínimo.
—Es la mujer de nuestro jefe. Si te pega, está en su derecho. ¿Quieres devolvérsela? —Abrió las manos con toda tranquilidad—. Primero tendrías que pasar por encima de todos y cada uno de nosotros.
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