Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 128
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CAPÍTULO 128

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(Punto de vista de Aria)

No pensaba malgastar ni una palabra en ellas.

Me di la vuelta y me marché.

La mano de Daisy salió disparada y me agarró del brazo.

—¿Quién te crees que eres para ignorarnos así?

Giré la cabeza despacio y miré su mano sobre mi brazo.

Luego la miré a la cara.

Dio un respingo. Los dedos se le aflojaron solos.

—La gente inteligente aprende de sus errores —dije—. ¿Cuántas veces has perdido ya conmigo? Sinceramente, no sé por qué sigues volviendo a por más.

Abrió la boca. No le salió nada.

Se acordaba. Lo vi en su cara: cada vez que había intentado algo y había acabado peor. Cada advertencia que le había hecho Ronan.

Cerró la boca.

Vivian intervino con voz suave y melosa.

—Aria, no hay por qué ser tan dura. Somos todas adultas. No hace falta que esto se ponga tan tenso.

La miré.

—¿De verdad no has oído lo que acaba de decir Daisy o solo finges que no?

Vivian parpadeó.

—Ronan no está aquí —dije—. Así que ¿para quién estás actuando exactamente?

Apretó los labios. Empezó a decir algo.

No la dejé.

Me di la vuelta y me marché.

Pasos detrás de mí.

—Si me sigues —dije sin volverme—, te tiro a ese contenedor de la esquina.

Los pasos se detuvieron.

Seguí caminando.

(Punto de vista del autor)

Daisy se quedó en la acera viendo cómo Aria desaparecía al girar la esquina.

—Cada vez está más descontrolada —murmuró entre dientes.

Vivian le puso una mano en el brazo.

—No le des importancia. Ella es así.

—¿Así? —dijo Daisy—. Me ha amenazado con tirarme a un contenedor.

—Lo sé.

Vivian la guio hacia la puerta de la pastelería.

—Venga. Recogemos el desayuno de Ronan y nos vamos.

Compraron la comida y volvieron a subir a la habitación de Ronan.

Salía del baño cuando ellas entraron, recién duchado, con los movimientos algo rígidos pero en pie.

Vivian cruzó la habitación y alargó la mano hacia su brazo.

—Cuidado. Deja que te ayude.

En el instante en que los dedos de ella lo tocaron, algo dentro de Ronan se retrajo.

Su lobo se quedó quieto, apagado. Se le tensó el brazo. Estuvo a punto de sacudírsela de encima.

No lo hizo. Se obligó a quedarse ahí y dejar que le sujetara el brazo.

Pero la sensación no se fue.

Iba a peor. Cada vez que Vivian se acercaba, algo en él se resistía. No podía explicarlo. Pero sabía lo que significaba, aunque todavía no lo hubiera dicho en voz alta.

Vivian lo ayudó a sentarse en el borde de la cama. Le cogió a Daisy un recipiente de sopa y le tendió una cuchara.

—La he traído de ese sitio de la Quinta. Todo el mundo dice que está buenísima. Toma, deja que te…

Ronan levantó la mano y le quitó el cuenco.

—Puedo solo.

Algo le cruzó la cara a Vivian un instante. Lo tapó enseguida con una pequeña sonrisa.

—Vale.

Daisy dejó el resto de la comida en la mesa y se dejó caer en la silla de enfrente.

—A que no sabes con quién nos hemos cruzado ahí fuera.

Ronan tomó una cucharada de sopa.

—¿Con quién?

—Con Aria.

Daisy se inclinó hacia delante.

—Pensé que a lo mejor venía a traerte el desayuno o algo, así que le dije una cosa y me amenazó con tirarme a un contenedor. ¿Te lo puedes creer? Está completamente…

Ronan la miró de reojo.

—¿Y tú qué le dijiste primero?

Daisy se calló.

—Te dije que no te acercaras a ella —dijo—. ¿Cuántas veces te lo he dicho?

—Yo solo…

—¿Cuántas veces, Daisy?

Ella apretó los labios y miró hacia otro lado.

Ronan dejó el cuenco.

—¿Sabes a quién venía a ver?

—¿Y yo cómo voy a saberlo? —dijo Daisy con voz inexpresiva—. No soy ella.

Ronan frunció el ceño. Cogió el teléfono.

La noche anterior, Damon le había mandado un mensaje. A la mujer —la que él tenía retenida— se la habían llevado los hombres de Kai Lawson. Damon quería que estuviera atento a cualquier movimiento.

Y ahora Aria estaba en ese hospital.

No hacía falta ser muy listo para atar los cabos.

Escribió un mensaje corto y se lo envió a Damon. Lo que Damon hiciera con esa información no era asunto suyo.

(Punto de vista de Aria)

Salí del ascensor en la planta de Kai y me detuve.

Había cuatro hombres en el pasillo. Todos corpulentos como armarios. Connor estaba apoyado en la pared más cercana a la puerta.

—¿Qué hacéis todos aquí fuera? —pregunté.

—Para que a nadie se le ocurran ideas raras mientras el jefe está fuera de combate —dijo Connor.

Se irguió y bajó la mirada de inmediato hacia la bolsa que yo llevaba en la mano.

—Eso huele muy bien.

Abrí la bolsa por arriba.

—¿Quieres?

Empezó a acercar la mano.

Y entonces se quedó completamente quieto.

Seguí la dirección de su mirada. A través del cristal de la habitación, Kai nos observaba. Tenía una expresión tranquila. No hacía nada. Solo miraba.

Connor retiró la mano como si se hubiera quemado con un fogón encendido.

Se aclaró la garganta.

—La verdad es que no soy muy de sopas. Luego pediré que me traigan otra cosa.

Lo miré.

Él miró al techo.

Empujé la puerta y entré.

Kai estaba recostado contra el cabecero. Se le veía pálido. Esa dureza que solía desprender se había apagado, sustituida por algo más lento y quieto.

Dejé la bolsa en la mesilla.

—¿Te dolió anoche?

—No mucho.

Se removió e hizo ademán de incorporarse.

Alargué el brazo, cogí la almohada que tenía detrás y la coloqué contra el cabecero para que pudiera apoyarse.

Se recostó en ella sin protestar.

Saqué los dos recipientes de sopa y la bolsa de cruasanes y lo coloqué todo encima. Me senté en la silla que había junto a la cama.

—La próxima vez que te hieran —dije—, te lo curas enseguida. Me da igual lo duro que seas. Las heridas así se infectan si las dejas estar.

Me miró. La comisura de su boca se movió. Apenas.

—¿Eso es que te preocupas por mí?

Se me paró la mano sobre el cruasán.

Volví a poner cara neutra.

—Me has sacado de más líos de los que puedo contar. Un consejo es lo mínimo que puedo darte. No le des más vueltas.

No insistió.

—¿Cuál es la que no lleva miel? —preguntó.

Lo miré.

—¿No te gustan las cosas dulces?

—No.

—Pero la última vez que desayuné en tu casa, la sopa de calabaza llevaba un montón de miel.

—Esa era la tuya —dijo sin más—. La mía nunca lleva miel.

No dije nada.

Chloe se removió en algún rincón hondo de mi pecho. Un movimiento lento, callado.

Yo no lo había pensado hasta entonces. Pero él sí. Se había fijado en lo que me gustaba y se había encargado de que lo tuviera, sin decir una sola palabra al respecto.

No lo pregonaba. Simplemente lo hacía.

Le di un mordisco al cruasán, mastiqué y tragué.

—Lo tendré en cuenta —dije—. Mañana les diré que a la tuya le quiten la miel.

—¿Vas a volver mañana?

—Hasta que te den el alta —dije—. Estás herido por mi culpa. No voy a desaparecer sin más.

Inclinó un poco la cabeza.

—Entonces quizá debería comprar este hospital. Quedarme aquí indefinidamente.

Entendí lo que insinuaba.

No entré al trapo. Aparté la mirada y cambié de tema.

—Esta estancia corre de mi cuenta. La factura la pago yo.

—No.

—Ya la he pagado.

Después de eso no dijo nada más.

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