CAPÍTULO 127
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(Punto de vista de Aria)
Movilicé a todo el que pude para buscar a Nora.
Nadie encontró nada.
Denver era demasiado grande. Ravenshade no tenía alcance suficiente para cubrirlo todo. Damon podía haberla escondido en cualquier parte.
Me sonó el teléfono. Era Kai.
No perdió tiempo.
—Damon la tiene en el Almacén Tres, distrito sur.
No le pregunté cómo lo sabía. Colgué y me puse en marcha.
Llamé a Oliver, cogí la chaqueta y me subí al coche.
Cuando llegué, ya había acabado todo.
La gente de Kai tenía a los hombres de Damon contra la pared. A todos y cada uno de ellos. Kai estaba de pie ante la puerta del almacén, con un abrigo negro, esperando.
Fui derecha hacia él.
—Nora. ¿Es grave?
—Ha perdido sangre. Mi equipo médico está con ella —dijo, y se hizo a un lado para dejarme pasar—. Dicen que está estable.
Lo aparté y entré.
Nora estaba en el suelo. Alguien había extendido una sábana blanca debajo de ella. Tres personas con uniforme sanitario estaban agachadas a su alrededor, trabajando a toda prisa.
La miré y se me cayó el alma a los pies.
Las heridas no eran limpias. Se solapaban, capa sobre capa, con zonas de piel oscurecida y los bordes retorcidos. Quemaduras de plata. Había visto suficientes para reconocerlas.
Damon le había hecho eso. Con plata. A propósito.
Uno de los sanitarios levantó la vista hacia mí.
—No corre peligro inmediato, pero necesita tiempo.
Asentí. No me fiaba de mi voz, así que no dije nada.
Kai entró detrás de mí. Oí que aflojaba el paso.
—¿Damon? —pregunté sin volverme.
—Se había ido antes de que llegáramos —dijo él—. Si quieres que lo traigamos, puedo encargarme de eso.
Negué con la cabeza.
—Lo decide Nora. Cuando despierte.
—Entendido. —Hizo una pausa—. Entonces me marcho.
Me giré para mirarlo.
Fue entonces cuando lo vi.
El lado izquierdo del abrigo. El color estaba mal: más oscuro que el resto, demasiado oscuro, tanto que la sangre lo había calado.
No dije nada. Solo alargué el brazo y le puse la mano abierta en el costado.
Se quedó completamente inmóvil. Apretó la mandíbula. No emitió ni un sonido.
Retiré la mano.
Tenía la palma manchada de sangre medio seca.
Chloe se estrelló contra el interior de mi pecho. Emitió un sonido agudo, pequeño, desesperado.
—Estás herido. —La voz me salió más alta de lo que pretendía—. ¿Cuándo ha pasado esto?
—Es una tontería. —Su expresión no cambió—. Ya está atendido.
—¿Y entonces por qué no has ido al hospital?
Se quedó callado un segundo.
—Quería esperar a que llegaras.
Se me encogió el pecho.
Le cogí la mano.
—A Nora no se la puede mover ahora mismo. A ti sí. Nos vamos al hospital. Ya.
Él bajó la vista hacia nuestras manos.
No discutió. Se dejó llevar hacia la puerta.
Mercy General era el más cercano. Llegamos en diez minutos.
El médico le dijo que se quitara el abrigo. Kai me miró de reojo. Yo le sostuve la mirada.
—No te preocupes por mí. Quítatelo.
Dudó. Luego se quitó el abrigo y la camisa.
Me obligué a mirar.
La herida del costado izquierdo era larga y profunda. La piel se había abierto y no se cerraba. Los bordes estaban oscuros, y no era un moratón. Era por algo que llevaba la hoja.
—Herida de cuchillo —dijo el médico en voz baja—. Lo que llevara esa hoja está ralentizando la curación. Hay que limpiarla a fondo.
Mantuve los ojos en la cara de Kai mientras el médico trabajaba.
Ni se inmutó. Ni una sola vez.
Dejé que la mirada le recorriera los hombros, los brazos, la espalda. Cicatrices antiguas por todas partes. Desvaídas, pero nítidas. Algunas eran del mismo tipo que la herida del costado: cicatrices de plata, esas que nunca llegan a desaparecer del todo.
Había una en el hombro. Redonda. Profunda. Como si algo lo hubiera atravesado de lado a lado.
Una vez me había contado, como de paso, que había estado una temporada en el Territorio Renegado, a las afueras de Las Vegas. Yo me lo había imaginado en la retaguardia, dirigiendo las cosas, al margen de las peleas de verdad.
Me había equivocado.
Había estado en el centro de todo.
Y esa noche estaba de pie en la puerta de aquel almacén, sangrando, esperándome, como si no fuera nada.
Porque para él, probablemente, no lo era.
El médico terminó. Kai alargó la mano hacia la camisa.
—Ya he hecho el papeleo —dije—. Te quedas.
Se detuvo.
—No es tan grave.
—Te quedas —repetí.
Me sostuvo la mirada un largo instante.
Entonces se le movió la comisura de la boca. Apenas un poco.
—Vale. Lo que tú digas.
El corazón me dio un vuelco absurdo. Mantuve la cara impasible.
Lo instalé en una habitación. Luego llamó Connor: Nora estaba despierta.
Me detuve en la puerta y me volví a mirar a Kai.
—Mañana por la mañana traigo el desayuno. Más te vale seguir aquí.
—Aquí estaré —dijo él—. Te esperaré.
Me marché antes de que mi cara hiciera algo bochornoso.
(Punto de vista del autor)
Cuando Aria se fue, Connor entró con dos sanadores de Nighthollow.
Retiraron el vendaje que había puesto el médico del hospital y empezaron de cero.
El corte impregnado de plata no se cerraba. La sanadora trabajaba en silencio y lo limpiaba capa por capa, con el ceño fruncido.
—En casa tienes una cama estupenda —dijo Connor.
Sostenía el rollo de gasa y observaba trabajar a la sanadora.
—Mejor material. Mejores sanadores. ¿Por qué lo hacemos aquí?
Thane no respondió de inmediato.
Giró la cabeza hacia la ventana. El cristal estaba oscuro y le devolvía el reflejo de la luz amarilla de la habitación; detrás, una media luna asomaba tras una nube.
—Alguien me dijo que la esperara —contestó.
Connor lo miró.
La cara de Thane era la misma de siempre: dura, cerrada, sin revelar nada.
Salvo por algo mínimo en torno a los ojos que Connor no había visto nunca.
Connor cerró la boca y volvió a sostener la gasa.
Dentro del pecho de Thane, Logan se tendió cuan largo era, callado y quieto.
Su cola barrió el suelo una sola vez.
«Quédate».
(Punto de vista de Aria)
Nora estaba en el edificio de enfrente del que ocupaba Kai.
Cuando llegué, ya estaba despierta. Pálida, cubierta de vendas, pero despierta. Alzó la vista hacia mí y sonrió. Fue una sonrisa pequeña y cansada, pero auténtica.
—¿Cómo te sientes? —pregunté.
—Me han dado algo para el dolor. Estoy bien.
Me senté junto a su cama.
—¿Qué quieres hacer con Damon?
Se quedó callada un momento.
—Quiero llamar a un abogado —dijo con voz tranquila—. Voy a presentar una demanda ante el Consejo Alfa.
Esperé.
—Llevo años huyendo —continuó—. Creía que podría seguir huyendo sin más. Pero hoy me he dado cuenta de que, mientras Damon no se rinda, nunca estaré a salvo. La única forma de acabar con esto es acabarlo yo misma.
—Un solo cargo de secuestro quizá no baste para encerrarlo —dije.
—Sé cosas —respondió—. Cosas que ha hecho. Las pruebas no van a ser el problema. —Hizo una pausa—. No lo hice antes porque una parte de mí… no sé. Quedaba algo. Algo pequeño. —Miró al techo—. Ya no queda nada.
—Lo que necesites —dije—. Solo tienes que pedirlo.
Volví a casa en coche y dormí unas horas.
Por la mañana paré en un sitio cerca del hospital. Recordaba que Kai era muy goloso: la última vez que había desayunado en su casa, la crema de calabaza llevaba miel. Pedí dos cremas de calabaza con miel y una bolsa de cruasanes de mantequilla.
Pagué y me di la vuelta.
Daisy y Vivian venían directas hacia mí, una al lado de la otra.
Iban riéndose de algo. Entonces me vieron. Las dos se detuvieron.
A Daisy se le afiló la mirada. Habló primero.
—¿Has venido a ver a Ronan?
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