CAPÍTULO 126
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(Punto de vista de Aria)
La voz de Ronan al otro lado de la línea sonaba completamente impasible.
—Damon es mi hermano —dijo—. A esa mujer no la conozco. No tengo motivos para ponerme de su parte.
No dije nada. Seguí caminando por el pasillo del hospital.
—La gente comete errores, Aria. Lo que le pasó a su padre adoptivo fue un accidente. Damon no lo planeó así.
—Un accidente —repetí.
—Está intentando arreglar las cosas —continuó Ronan—. Fue a buscarla en persona. Quiere reparar lo que rompió. ¿Por qué no puede darle una oportunidad?
Fue entonces cuando me subió la rabia.
Nació en el fondo del pecho y me fue quemando hacia arriba.
—Lo que Damon quiera es asunto suyo —dije—. Pero ni una sola vez se paró a preguntarse si Nora quiere su disculpa. Lo único que quiere es sentirse mejor consigo mismo. Eso no significa que ella le deba nada.
—Está intentando…
—¿Él quiere redimirse y por eso ella tiene que perdonarlo? —lo interrumpí—. Las cosas no funcionan así. Para Nora, lo mejor que Damon podría hacer por ella es no volver a aparecer nunca más. Eso es todo. Es lo único que ella quiere de él.
La línea se quedó en silencio.
Lo oía respirar.
Tardó mucho en decir nada.
Cuando por fin habló, sonaba más bajo. Más apagado.
—¿Eso es lo que quieres tú también? —preguntó—. ¿Que no vuelva a aparecer nunca más?
Dejé de andar.
Me quedé un segundo plantada en medio del pasillo.
—¿Tú qué crees? —dije.
Colgué.
No esperé respuesta. Fui directa al coche, arranqué el motor y me puse en marcha.
El territorio de la manada Iron estaba a treinta minutos. Lo hice en veinte.
Lucius Iron esperaba en la entrada principal cuando llegué. Debía de haberse enterado de que iba de camino. Ya estaba de pie en los escalones con esa sonrisa medida y ensayada en la cara, la que decía que era muy consciente de que me debía algo.
Después de la jugada de Penelope, intentar que me atraparan y me arrastraran hasta las tierras de su manada, Lucius había intervenido para suavizarlo todo. Lo había tomado por un hombre rígido, chapado a la antigua, con un verdadero sentido de la ley de manada.
—Señorita Ravenshade. —Bajó los escalones hacia mí—. ¿Qué la trae por aquí a estas horas?
—¿Está Damon? —pregunté.
—No ha venido a casa esta noche. —Lucius inclinó la cabeza—. ¿Ocurre algo?
No vi motivo para andarme con rodeos.
—Se presentó en el hospital de Ravenshade con un equipo —dije—. Se llevó a mi amiga de nuestro territorio. La quiero de vuelta.
La expresión de Lucius cambió al instante.
Su primera pregunta no fue sobre Nora. No fue sobre lo que había hecho Damon.
Me miró y preguntó:
—¿El señor Lawson sabe algo de esto?
Vacilé un instante.
—Esto no tiene nada que ver con Kai —dije—. No se lo he contado.
Algo cruzó el rostro de Lucius. Alivio. Nítido e inmediato, y no se molestó en disimularlo.
Y entonces lo entendí todo.
La noche de la cena de cumpleaños de Penelope.
Lucius había entrado en esa sala, había echado un solo vistazo y había dicho «Basta» con una voz que hizo que su propia hija ofreciera el cuello delante de todos, y luego se había disculpado conmigo en persona.
Yo había pensado que simplemente era ese tipo de hombre. Rígido. De principios.
No lo era.
Kai estaba justo a mi lado.
Lucius no me estaba protegiendo a mí. Se estaba protegiendo a sí mismo de todo lo que Kai representaba.
Tenía miedo de Nighthollow.
Y yo, sin saberlo, ya había usado ese miedo dos veces.
Lucius ya estaba llamando al número de Damon. Se llevó el teléfono a la oreja, esperó y luego lo bajó.
—No contesta —dijo.
Por supuesto que no. Damon tuvo que saber que vendría aquí desde el instante en que se llevó a Nora. Probablemente había apagado el teléfono antes de que yo me subiera al coche.
—Yo me encargo —dije.
Saqué el teléfono y llamé a la línea de los ejecutores de la manada. Les di la ubicación, la hora y una descripción de lo ocurrido. Presenté la denuncia allí mismo, en la entrada de la manada Iron, con Lucius a dos metros viéndome hacerlo.
Volví al coche y me marché.
(Punto de vista del autor)
Ronan estaba sentado en su habitación del hospital, con el teléfono boca abajo en la mesilla de noche.
Durante un largo rato no se movió.
Ella no le había dado una respuesta directa. Pero la había oído igual. Había sabido la respuesta antes incluso de formular la pregunta. Saberlo de antemano no había hecho que doliera menos.
Se dijo que no importaba. Iba a seguir adelante con la ceremonia de apareamiento con Vivian. Lo que Aria pensara de él, lo que quisiera de él, ya no era relevante. Si no lo perdonaba nunca, era su decisión. No afectaba en nada a su vida.
Cuanto más se lo repetía, menos se lo creía.
Se quedó allí sentado en silencio, sin moverse.
Al otro lado del territorio, Lucius se quedó largo rato bajo la luz del porche, después de que las luces traseras del coche de Aria se perdieran de vista.
Cogió el teléfono y llamó a Thane.
Se lo contó todo. Absolutamente todo. Sabía lo que pasaría si esperaba y dejaba que Thane lo descubriera por su cuenta. Había visto de sobra lo que Thane era capaz de hacer para entender que ocultárselo le costaría mucho más que confesarlo.
Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea.
Luego la llamada se cortó.
A través del vínculo mental, la voz de Thane llegó a todos sus lobos a la vez.
Buscad todos los almacenes vacíos registrados a nombre de Damon. Traed a un sanador.
En un sótano oscuro y húmedo, un cubo de agua helada le dio a Nora de lleno en la cara.
Tomó aire con un jadeo y se incorporó de golpe, con todo el cuerpo temblando de frío.
Una hoja de plata le brillaba a quince centímetros de la cara. La punta le apuntaba directamente a la nariz.
Se echó atrás con brusquedad. Las manos dieron contra el suelo mojado y resbalaron. Cayó de costado y se quedó hecha un bulto en el suelo.
Damon salió de entre las sombras.
La miró desde arriba, con los ojos inexpresivos y fríos.
—Dime dónde está Nora —dijo.
Nora mantuvo la cabeza baja. Le temblaba el cuerpo ligeramente. No dijo una sola palabra.
El miedo que sentía al mirarlo no era algo de lo que pudiera librarse razonando. Lo llevaba metido en los huesos. En el instante en que le vio la cara, todas las humillaciones que se había tragado volvieron de golpe y la llenaron hasta que no quedó sitio para nada más.
Se mantuvo en silencio.
Damon apretó la mandíbula.
Odiaba la debilidad. Algo dentro de él se retraía ante ella.
Pero esta mujer —con la cara cubierta de cicatrices de quemaduras y el olor químico y amargo de la crema en la piel, que hacía retroceder a su lobo— lo incomodaba de otra manera.
Tenía los mismos ojos que Nora. Exactamente la misma forma.
Pero mientras los de Nora siempre habían ardido con algo afilado y vivo, los de esta mujer no contenían más que apagamiento y miedo. Gastados hasta la última brasa.
Apartó la mirada.
—Haced que hable —dijo a los hombres que tenía detrás.
Los ejecutores se ajustaron los puños americanos chapados en plata.
Los golpes cayeron uno tras otro. La plata quemaba al contacto y las heridas quedaban abiertas, en carne viva, y tardaban en cerrarse. Nora no emitió ningún sonido. Ni uno. Recibió cada golpe sin gritar, sin suplicar, sin darles absolutamente nada.
Cuando por fin se detuvieron, apenas estaba consciente y sangraba por una docena de sitios.
Damon se puso en cuclillas. La agarró del pelo y le levantó la cara.
—¿Dónde está?
La sangre le corría por la comisura de la boca. Nora apretó los labios y no dijo nada.
Había algo en sus ojos. Una negativa obstinada y maltrecha a quebrarse. Le recordó, con una punzada aguda y dolorosa, la última vez que Nora lo había mirado de aquella misma manera. La noche en que había preferido morir antes que volver con él.
La mano se le abrió antes de que hubiera decidido soltarla.
Se puso de pie. Sacó un pañuelo y se limpió la mano.
—Antes del amanecer —dijo a los ejecutores, con voz del todo inexpresiva—. Si al amanecer no os ha dicho nada, cada golpe que ha recibido esta noche lo sentiréis vosotros en vuestra propia piel.
—Sí, señor.
Damon se giró para marcharse.
Miró atrás una sola vez.
Ella lo miraba fijamente. Tenía los ojos llenos de algo que ya no era miedo.
Era odio. Puro, constante y sin una gota de temor.
Le dio un vuelco en el pecho.
Salió a paso rápido y no volvió a mirar atrás.
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